Xokomil¿Y dónde está Dios?

DINA FERNÁNDEZ

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El dedo acusador, el que siempre sale a relucir en las tragedias, ha apuntado en estos días a toda una galería de personajes de dudosa, o quizá debería decir certificada calaña, desde Osama Bin Laden y los Talibanes, hasta la CIA.

Y como suele suceder también cuando el dolor o la indignación nos impide encontrar respuestas, el dedo de muchos apunta también hacia el cielo. ¿Dónde está Dios cuando más lo necesitamos?

En la lista de correo electrónico compartida con mis compañeros de universidad, muchos de ellos neoyorquinos, la discusión en torno al ataque terrorista y sus consecuencias ha desembocado en el tema religioso.

La vieja pregunta que se han hecho antes personas mucho más sabias que nosotros ha vuelto a surgir: si hay un Dios, y ese Dios es bueno, ¿por qué permite que el mal ocurra en el mundo, por qué hay hambre, injusticia, dolor?

Por los rudimentos de filosofía que alguna vez aprendí, sé que de esa pregunta se desprende toda una discusión sobre la libertad y una serie de argumentos a favor o en contra de la existencia de Dios.

Yo no tengo los antecedentes ni el conocimiento para ponerme a la par de los filósofos, pero quiero contarles lo que un teólogo dijo, pues creo que sus razones reconfortan en tiempos tan difíciles como estos.

Reconocía este señor que no había faltado quién le hiciera exactamente esa pregunta. Para todos ellos había tenido la misma respuesta: Dios es siempre el primero en llegar cuando hay tragedias.

En el caso del ataque a las Torres Gemelas, Dios estaba en los bomberos que entraron corriendo al edificio para salvar a las personas atrapadas; Dios estaba en el capellán de los socorristas que murió dándole los santos óleos a las víctimas; Dios estaba en ese señor alto, cubierto de ceniza, que gritó ¿quién necesita ayuda?, segundos después del derrumbe; Dios estaba en todas las personas que hicieron cola para donar su sangre a los heridos; Dios estaba en todos los que se ayudaron los unos a los otros.

Desde que escuché estas palabras, no he podido dejar de pensar en cuán ingratos somos a veces y en lo mucho que la emoción nos impide poner las cosas en perspectiva. Hemos estado hablando durante días de los 18 locos que secuestraron los cuatro aviones -como si fueran las estrellas- y no nos detenemos a pensar que hubo casi 300 bomberos que dieron su vida por salvar la de otros.

Igual nos sucede en Guatemala. Nos vivimos quejando del puñado de malhechores que lucra atentando contra la paz, la seguridad y los derechos elementales de los guatemaltecos y nos olvidamos de todas las personas anónimas que luchan para que prevalezcan los principios del bien.

Es cierto que hay impunidad, que los mafiosos se salen muchas veces con la suya y que algunos hasta nos gobiernan. Pero a pesar de ello, de sus armas y su influencia, ahí están un montón de personas que corren riesgos para enfrentarlos. ¿Cómo medir el heroísmo de todos esos ciudadanos, de todas esas mujeres, incluso niños, que han puesto en peligro su vida con tal de que secuestradores, asesinos y asaltabancos no impongan sobre otras familias los sufrimientos que ellos padecieron? ¿Cómo describir el coraje de un señor que vino el otro día, a ponernos a la vista una serie de facturas que descubrían otro saqueo millonario de las arcas públicas?

En Camotán y Jocotán han muerto siete niños de hambre, pero, ¿cuántos más serían si no estuvieran ahí los padres belgas, las misioneras del dispensario Bethania, los médicos y voluntarios que las ayudan?

En el mundo están sonando los tambores de guerra y seguramente nos esperan tiempos difíciles. En Guatemala sigue el ilustre desgobierno eferregista dando bandazos y el contexto internacional no va a ayudar en nada a la economía.

Podemos abandonarnos a la psicosis apocalíptica o pasar horas discutiendo sobre las consecuencias de una guerra en Asia central, como si fuéramos el consejo de seguridad de la ONU. Pero por graves que sean las circunstancias actuales y las que están por venir, hay que mantener la esperanza.

A principios de año, con mis compañeros hicimos un especial sobre el terremoto de 1976. Uno de los bomberos que ayudó en las tareas de rescate contó que en medio de aquella tragedia vio a muchos guatemaltecos viviendo como habría que vivir toda la vida: ayudando al otro, compartiendo y dando gracias por el día. Una lección que bien podríamos poner en práctica ahora.

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