Vida

Como te veo te tratometropolitanicamente hablando

Acerca de restaurantes de comida rápida.

Cuando uno era pequeño y ganaba las clases en la escuela, lo premiaban con llevarlo a cualquiera de los pocos Pollo Campero que había (si se tenía el dinero).

O si se iba de excursión, le metían entre la lonchera una pechuga de la misma marca. Llegaba el pollo atolondrado, frío y triste entre su caja, y al salir era metido entre dos rodajas de pan.

Hace más de 20 años, las familias celebraban, un domingo cualquiera, comiendo ese pollo. Era todo un ?lujo?. Eramos unos bebés (jeje), nos ponían delante un par de piernas (fritas) y se nos metía una papa entre la trompita.

Actualmente, ya no es tan jugoso ni tan crujiente, ya no hace crunch, crunch, cuando se le finca el diente, el olor ha cambiado y es una solución rápida para aquel que anda haciendo ?un su mandado?.

Es, además, una de las opciones para el burócrata término medio, ése que gana mal y lo obligan a usar corbata todo el día; o es para el que no quiere comer ?Shucos? frente a la iglesia de San Francisco, pero que no puede ir A Fuego Lento (asuntos de tiempo, usted sabe). De manera que elige entre Wendy’s, Mc Donald’s, Pollo Campero, Burger King, Pizza Hut u otros.

Mác’s de comida

En sus inicios en Guatemala (1974), Mc Donald’s era punto de encuentro para estudiantes de colegio. Comerse un Big Mac era masticar como los gringos y los patojos se sentían parte de una ?élite?. Sin embargo, mientras en Guatemala los Mc Donald’s eran sitios bien cuidados, en Estados Unidos ya tenían el aspecto que tienen aquí Los Pollos, con sus bancas y mesas gastados. En un Mac gringo uno sentía ese choque diferencial.

Quienes trabajan en restaurantes de comida rápida ofrecen buena atención al cliente, pero establezcamos diferencias físicas, de lugar.

Así como te veo te trato

Mientras que el Mc Donald’s de avenida Las Américas tiene Nintendo para niños que padecen de tal vicio, el que está frente al Mercado Central tiene moscas, un guardia atento como paranoide y los muebles están gastados.

Un Campero muy lastimado es el del Trébol Aguilar Batres. Uno se figura que de pronto van a poner las ollas con el pollo encima del mostrador.

Es un Campero con sillas como de metal, duras, con el espejo del baño, rayado. Es un sitio en el cual no cerrarían tratos para franquicias de Pollo, porque hasta hay constante choque de sillas, y no por líos sino por lo reducido del espacio.

(Recuerdo ahora el espectáculo que Joaquín Cortés dio en Guatemala.

Durante la primera función trató de no cansarse tanto para estar bien en la segunda, el mismo día, y ofreció un espectáculo bueno, pero de tercera categoría. Si no lo cree, pregúntese: ¿aceptarían ese espectáculo, exactamente el mismo, en Nueva York? Créame que no, allí los críticos hacen pedazos a cualquiera que se entregue con relativa pasión al escenario. ¡Con qué poco nos conformamos!).

Pero volviendo al pollo, mientras en el pequeño Campero de la Bolívar quienes hacen cola para comprar son caballeros pilotos de autobuses extraurbanos, también atentas señoras que tienen negocios itinerantes en los alrededores, y uno que otro transeúnte que anda de franco, a los de la zona 9 llegan jóvenes familias.

Wendy’s mantiene su sabor, pero en el de la zona 1, a medio día, se hace una humazón insoportable. Como en los saunas: la entrada es ardorosa, pero ya adentro la gente se aclimata y no se da cuenta de que volverá a la oficina con olor a carne y papas. Esto no pasa en el Wendy’s de la zona 13.

Todo huérfano de comida casera y caliente, tarde o temprano va a morir a las comidas rápidas.

Son sitios que, después de todo, merecen que les demos la oportunidad de atendernos bien, en cualquier zona.

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