ColaboraciónLas nieves del Tajumulco
Quizá por ser el más alto de Guatemala y también de Centroamérica, el volcán Tajumulco atrae a los excursionistas y atletas que prefieren los deportes de aventura, impelidos por el reto que implica escalarlo.
Por su elevación, de 4,220 metros de altura sobre el nivel del mar, no es extraño encontrar a principios y a finales del año escarcha en la cumbre. A veces es tanta, que en ocasiones el paisaje parece nevado y se puede hacer una guerra con bolas de nieve.
Acampar en la base del cono significa soportar el frío de la noche a una temperatura media de cero grados centígrados.
A pesar de este inconveniente, qué rico y cálido se siente el cuerpo si uno no se ha olvidado en casa una botella de tequila, aunque, mucho mejor aún, si la botella es de cogñac.
Cuando uno mira alrededor el paisaje más parece de una región de los Alpes suizos. Las aldeas cercanas son pintorescas, las ovejas son lanudas y las cabras se muestran tímidas y obedientes a los pastores que las conducen a golpe de látigo, para acelerar el paso.
Los pobladores son amigables y cuentan muchas historias de su gente, en especial las que se refieren a aquellos que cruzan la frontera a pie, entre las montañas, para ir a trabajar a las fincas de Chiapas, México.
Algunos cuentan que con motivo del cumpleaños del presidente Jorge Ubico, desde la cima de este volcán daba comienzo un maratón de 300 kilómetros hasta la ciudad de Guatemala.
Los competidores eran indígenas provenientes de San Marcos, a quienes daban nombres como Caballero Tigre y Caballero Quetzal, y en los primeros años los atletas cubrían la distancia en tres días. Sin embargo, refieren que hacia el final de las celebraciones de esta justa, ésta se cubría en tan sólo dos jornadas.
El maratón se realizó sin interrupción de 1939 a 1943, y posteriormente fue suspendido.
Finalmente, hay que madrugar para subir la última parte del volcán y ver el amanecer desde la cumbre.
Entre las nubes sobresalen los conos de los otros volcanes: el Tacaná, el Santa María, el Atitlán, y hasta el Acatenango, el de Fuego y el de Agua.
Enfrente el océano Pacífico; detrás, se puede ver al vecino México. Algunos sufren mareos por la altura, es el típico mal de montaña; por ello, antes de atreverse a escalarlo, se necesita un poco de entrenamiento físico.
Los friolentos prefieren no acampar, por lo que suben y descienden el mismo día.
Para este tipo de actividades al aire libre Guatemala tiene mucho que ofrecer, sobre todo en el 2002, declarado Año Internacional del Ecoturismo.
Pero no hay que esperar grandes flujos de vacacionistas que traerán mucho dinero para el desarrollo, porque según datos de las Naciones Unidas, en el mundo sólo de 3 a 5 por ciento de las personas que vacacionan anualmente lo hacen con planes ecoturísticos, es decir, que tienen una mentalidad de cuidar los recursos naturales y respetar los aspectos culturales del país.
Eso significa que sólo entre dos mil y tres mil ecoturistas visitan Guatemala.
El volcán Tajumulco aún está bastante limpio de basura, quizá porque todavía no lo visitan muchas personas.
No obstante, el flujo de turistas aumentará, porque la carretera ya está asfaltada hasta su base.
Muy diferente es la contaminación con desechos que hay en otros volcanes, como el Acatenango y Fuego.
Recientemente, unos amigos acamparon entre estos dos volcanes y observaron tanta basura plástica que tienen ganas de efectuar una expedición sólo para limpiarla.
Son pocos los extranjeros que suben esos dos volcanes, por lo que la contaminación la dejan en su mayor parte los turistas nacionales.
Ciertamente, el Inguat tiene el reto de promover el ecoturismo en el 2002, pero quizá tanto o más importante es conseguir que los turistas nacionales cuiden los recursos naturales y culturales.
Sugiero al Inguat promover ese cambio de mentalidad en los guatemaltecos como uno de sus principales metas en el Año Internacional del Ecoturismo.