Vida

El retorno frustrado

¿Cómo explicar mi cansancio? ¿Serán los años?

No lo creo, porque nada ha cambiado, que yo sepa, en mi condición de nadadora infatigable y apasionada tragamillas viajando. Pero sí se trata de cierta metamorfosis mental propia de una mujer madura, que para su gran asombro se encuentra desfigurada cuando mira fotos de su juventud. Por muy irresistible que sea el magnetismo del pasado, no conviene aferrarse a la imagen de un mundo de ayer. Conviene entrar en contacto con la áspera realidad a la luz de la experiencia y de un enfoque más adecuado de lo que es el mundo ahora para uno mismo y los otros.

Dejémonos de precisar fechas, pero el mundo de antes y de ahora son dos mundos diferentes. Cada vez que he tratado de volver a mi ?ayer?, cansada ya de tanto caminar sin rumbo aparente, he encontrado todo cambiado en mi viejo mundo con excepción a los árboles. En cambio mis amigas -viudas en vísperas de segundas nupcias- ataviadas de minifaldas y con operaciones plásticas para restaurar su belleza de antaño, se miraban diferentes. Los ?cambios? han sido de muy variada índole.

Las calles tranquilas dejaron de ser apacibles. Las casas de los amigos me parecieron un tanto venido a menos.

Algunos de sus moradores viejos se habían muerto y los herederos habían repartido en varios apartamentos la mansión diseñada para alojar a una sola familia. El tren de vida de antes ya no era posible con los precios de ahora. No quedó ni la reminiscencia de la elegancia de antes, de la caballerosidad y de la generosidad de antaño.

Mi ilusión de volver había sustituido el aburrimiento, la modorra, el fastidio de un par de pies cansados de andar y andar sin llegar, como una de las pesadillas mitológicas de los trabajos de Sísifo. Mi mirada errabunda no encontraba ya ninguna cara familiar ni los viejos cafés a donde íbamos en las tardes de verano con mesitas puestas en las terrazas. Ahora eran bares, discotecas o locales de streep-tease.

Todo era una nueva sensación que se prestaba a un sondeo sicológico. El sentimentalismo romántico sólo se conservaba intacto en los versos de los poetas inéditos. Como no soy poeta, nada de raro tiene que me siento como un viejo gato que, vuelto a la casa tras una larga ausencia, no encuentra la estufa, ni su refugio detrás de la estufa, ni el calor, que le invitaba al ronroneo.

De qué sirve una mayor sabiduría sobre lo esencial de la vida, cuando la vida misma se acorta por complicaciones y enfermedades de la vejez, y curarse de una repentina gripe ya es una bendición del cielo. Fuimos amigos la vida entera. Hoy nos vemos tarde o nunca. El tiempo inclemente ayuda a entender que la vida es sueño, si se vuelven incomunicables, porque a nadie interesan, como fotos de familias ajenas. Hora es de saber descender peldaños sombríamente. El tiempo cuando pasa no vuelve.

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