Para ellos no existen más que los cuerpos, cuerpos que producen hijos. Hijos de la audacia masculina, que no tienen demasiada conciencia de la responsabilidad. La mujer se ?entrega? y el hombre no tiene seguridad de que un hijo es suyo. La mujer que esperaba encontrar cariño al dar un hijo al ?hombre de su vida? y que casi pierde su vida en el trance del nacimiento termina pidiéndole dinero para criar al nene, diciendo que se sentiría satisfecha con una suma pequeña. El se negó y ella se fue a vivir con otro. El nene crecía y le perdió totalmente el respeto a su nana.
Era tan sólo la querida de otro hombre, que era un borracho, y ella no era más que una puta y el hijo no era más que un pelele. Caminaba por las calles de la ciudad o se paraba en las plazuelas y un día encontró una novia. Algunas tardes se metían en un cine para ver películas de sexo con las manos entrelazadas. Luego, más entrelazados aún, la noviecita quedó embarazada y el novio, fiel al ejemplo de su padre, desapareció, y ella se convirtió en una de las muchas madres solteras, orgullosas (a la fuerza) de serlo.
Y allá estaba ella, sola y abandonada, amargada y en la miseria, mientras el mozalbete jugaba partidos de fútbol entre la mafia del barrio e imponía a otras hembras su autoridad con groseras palabras. Lo peor del caso es que hay una epidemia de sida en el país. De sexo en sexo se consigue el sida y los sidosos se mueren.
La fatalidad quiso que ya haya muchos niños hijos de padres con sida, y mujeres víctimas de sus esposos parranderos. El caso requiere atención pues en algunos años esta enfermedad inutilizará un 40 por ciento de la población de 15 a 35 años, y así ya ha parado el progreso en otros países, aniquilando a esta población aludida.
Es muy conveniente e higiénico tener este terrible riesgo en la mente antes de perder la cabeza con algún ?intachable? varón. Los aficionados al sexo tienen sus horas contadas. El sida campea no sólo en el ambiente de tipos anónimos, homosexuales, prostíbulos, bares, tabernas de suburbios, casas sospechosas, barrios del proletariado y mujeres de moral despreocupada. También las doncellas puras y las esposas fieles, católicas, caen víctimas de esta enfermedad incurable, contagiadas por sus esposos despreocupados.
Este tema del mundo burgués, por el quebranto de los valores morales, es un tabú. Nadie se atreve a escribir o hablar del tema. Pero si los literatos se ocupan hasta de la esfera de la subconciencia, ¿cómo callar, ocultar el crimen atroz de los que contagian a otros con el sida, despreocupadamente?
Gente débil y deficiente, portadora de la muerte a corto plazo finalmente agotada. Es triste observar esta decadencia. Niños inocentes del sencillo pueblo aldeano y de la gran ciudad, contagiados, son una realidad alarmante.