LA BUENA NOTICIA¡Dichoso tú, Simón!

GONZALO DE VILLA

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El pasaje de hoy es uno de los más centrales en el evangelio. Se trata del reconocimiento de la identidad de Jesús, realizado por Pedro y de la misión encomendada entonces a Pedro por Jesús. Sin duda la figura de Pedro será la más destacada entre los apóstoles de Jesús en el evangelio. Es el apóstol que más veces aparece identificado en la escena y es de quien mejor podemos conocer su personalidad. Cercano a Jesús, entregado a El, con un cariño apasionado por su maestro pero también un hombre que va a ir creciendo en la comprensión de lo que Jesús espera de El. A veces se equivocará y Jesús lo tratará, en medio de la amistad y cercanía que se tenían, con cierta dureza. Lo veremos en las negaciones de Pedro y también en sus ocasionales deseos de manejar a Jesús.

Pienso que su figura puede servirnos como ejemplo paradigmático para examinar nuestra propia relación como cristianos con Jesús. En el caso de Pedro es sin duda una relación cercana, familiar y entrañable. Creo que son estos tres vocablos desde los que examinar nuestra relación con el Señor. La cercanía a Jesús, la familiaridad en el trato y el amor entrañable son tres ingredientes fundamentales en toda vocación cristiana. Ese otro San Pedro que tenemos ahora en Guatemala, el santo hermano Pedro, será también en una mayor cercanía histórica alguien en donde confirmamos esas tres características en su relación con Jesús.

En Pedro vemos también al hombre clarividente pero a veces manipulador. Pienso que un examen de nuestras relaciones con el Señor debiera conducirnos tanto a contestarnos sobre nuestras respuestas ante lo que el Señor nos pide -en nuestras acciones, decisiones y convicciones- como a los criterios con que a veces nos queremos adelantar ante aquello que nos pide el Señor. Estar cerca del Señor es deseable sin duda, pero la tentación entonces puede llegarnos fácilmente para querer manipular o justificar en esa cercanía decisiones que, en la terminología de San Ignacio, no son del Buen Espíritu.

En Pedro encontramos también al hombre impulsivo y apasionado que ante las cosas de Jesús no se lo piensa dos veces. Esa pasión por el Señor, sus causas y sus preferidos se constituye también en un test sobre nuestra disponibilidad y sobre el sentido más hondo de cómo de hecho reaccionamos y cómo a veces quisiéramos reaccionar ante llamados, misiones y tareas que nos llegan.

En Pedro vemos a alguien que ha encontrado al Señor, que se ha dejado seducir por su atracción y que es capaz, con ayuda del Espíritu, de reconocerlo y profesarlo públicamente. Ello también nos marca un horizonte en el cual desenvolvernos. Si algo significa ser cristiano es saberse pecadores pero llamados, tras un encuentro personal con el Señor Jesús, a seguir su camino. Cuando Pedro se quiere adelantar al Señor por su impulsividad o por su cobardía, humanamente entendible, es cuando Pedro yerra el camino. Es esa otra lección que recibimos de su figura.

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