SENTIDO COMUNLa desgracia de América Latina
No importa cuán grande es el fracaso económico del conjunto de políticos llamados ?gobierno?, se les sigue encargando el destino y fortuna de los habitantes.
No importa cuán grande es su demostrada incapacidad en asuntos económicos, ?el gobierno? conserva su aura de un ser superior, bondadoso, informado, caritativo, profesional y todo lo que no es. La imagen persiste neciamente aunque la realidad es todo lo contrario.
La desgracia inmerecida de los pueblos de América Latina se debe a que entregamos nuestro destino a los políticos que nos quieren manejar como marionetas, como si fuésemos sus juguetes o sus inmaduros hijitos, a quienes mandan y controlan.
La culpa es nuestra, de los ciudadanos que seguimos poniendo nuestras esperanzas en el conjunto de políticos que llamamos ?gobernantes? y que, a pesar de toda la historia de sus fracasos y saqueos públicos, seguimos creyendo que ?los gobiernos? deben resolver los problemas, es decir, manejar y controlar el comercio y la producción, dar salud, educación y cuanto más es deseable disfrutar.
La pregunta es ¿por qué la gente es tan proclive a ceder su libertad y ponerse en manos de quienes ya han demostrado hasta la saciedad que simplemente y por muchas razones no pueden producir esa prosperidad que prometen?
¿Por qué la gente tiene tanto más confianza en el conjunto de políticos llamados ?gobierno? que en ellos mismos? Acaso no nos debería dar más confianza en nosotros mismos el ejemplo de la comida de todos los días, que se siembra, transporta y distribuye sin que el gobierno diga quién, dónde, cuándo y cómo?
Todo ese delicadísimo proceso de proveernos de alimentos está fuera de las manos del gobierno.
¿Acaso nos morimos de hambre? ¿Acaso hay algo más complicado y a la vez urgente que todos comamos a diario? Sin embargo, no le pedimos al gobierno que meta las manos en el asunto, porque ya sabemos que terminaríamos con largas colas, burócratas dando permisos y licencias, corrupción y por último, hambre.
Claro está que el gobierno sí debe encargarse de mantener el orden, el respeto a los contratos, a la propiedad y a la libertad respetuosa y pacífica de los ciudadanos, para que la colaboración social sea fructífera.
Eso es a lo que despectivamente, algunos en son de burla llaman un ?estado gendarme?. Otro gallo cantaría en América Latina si los gobiernos a eso se hubieran dedicado y no hubiesen arruinado sus economías con inflaciones, excesivos préstamos, grandes robos, e infinidad de desatinos con el patrimonio de los ciudadanos.
¿Qué pasaría si tampoco el gobierno metiera las manos en el comercio internacional y dejara que los ciudadanos hagan sus intercambios con gentes de otros países pacíficamente sin su costosísima intervención?
¿Acaso es posible que se dé por sí sola una balanza de pagos en desequilibrio? (ello significaría que alguien o algunos no exigen pago por lo que venden, cosa que es absurda).
¿Acaso si el gobierno no le prometiera y le quitara el dinero para educar a sus hijos, Ud. ya no se preocuparía porque se eduquen con el dinero que ya no le quitó el gobierno?
¿Acaso, en realidad el gobierno los está educando bien? ¿Acaso no solamente los está adoctrinando, alienándolos?
La extensa economía informal demuestra que la economía funciona sin el gobierno, y la economía formal demuestra que con el gobierno no funciona.
La gente recurre a la economía informal como último recurso, pues allí funcionan las cosas porque el gobierno no mete las manos, no porque no quisiera, sino porque no puede.
Claro, la economía informal es un recurso de desesperación ineficiente porque las relaciones comerciales no tienen la protección de un régimen de derecho, y por tanto no conduce a hacer contratos a largo plazo y otras ventajas de poder recurrir a la ley. Pero que funciona, funciona.