LA BUENA NOTICIAEl mandamiento más grande
En la visión judia de la vida y de la religión, las tablas de la Ley constituirán el lugar sacrosanto donde la voluntad de Dios para con el pueblo de Israel quedó grabada en piedra. Será ahí donde queden escritos los mandamientos de la Ley que todo judío aprenderá desde pequeño y memorizará para toda la vida.
Será también práctica judía el discutir y preguntar constantemente sobre distintas interpretaciones de la Ley, en cada uno de sus versículos. Los diálogos y diatribas que aparecen continuamente en el evangelio reflejarán tanto esta costumbre judía como confirmarán la idiosincrasia judía de Jesús y de la gran mayoría de sus interlocutores. El pasaje del evangelio leído hoy se ubica en este marco.
Se acercan algunos del grupo de los fariseos para dialogar con Jesús y lo hacen precisamente porque saben que Jesús ha dejado callados a los de otro grupo: el de los saduceos. El evangelio nos subrayará que es uno, fariseo y doctor de la Ley, el que le hará la pregunta fundamental a Jesús: ¿cuál es el mandamiento más grandes de la ley? En la pregunta había sin duda un interés genuino por conocer el pensamiento de Jesús pero, sobre todo, un deseo de medir cuánto sabía Jesús de la Ley.
La respuesta de Jesús es la que de verdad importa. Más allá de lo que en ese momento se pensara sobre Jesús entre los fariseos, la respuesta de éste cruza los tiempos y marca, en muy pocas palabras, el corazón de su mensaje y de su exigencia para quienes somos sus seguidores.
Amar al Señor, tu Dios, será como comienza la respuesta de Jesús indicándonos la primacía del amor a Dios en la vida creyente. Amar a Dios es reconocerlo Creador y Providente, Señor y Padre, es afirmarlo como lo máximo en nuestras vidas.
Amarlo con todo el corazón y con toda la mente nos habla de un Dios al que accedemos -sólo así puede ser en un horizonte cristiano- de manera integral. Con toda la mente quiere decir que nuestro acceso a Dios no es irracional pero con todo el corazón quiere decir que es con nuestra vida entera y no sólo con nuestro raciocinio como accedemos, más que a la idea de Dios, a la experiencia misma de Dios.
El amor a Dios encuentra un canon de interpretación en la segunda parte de la frase de Jesús. Será en el amor al prójimo donde se verifique la autenticidad de nuestra fe y lo genuino de nuestro amor a Dios.
Y al prójimo se nos pide lo amemos como a nosotros mismos. Es un amor en cruz, que se abre horizontalmente a los hermanos para abarcarlos y para servirles y que se abre verticalmente en profundidad y en altura para llegar a Dios mismo que se nos revela en la grandeza cuando lo sabemos descubrirlo en la pequeñez.