Pluma invitada
De la Europa central
Los países centroeuropeos han sufrido catástrofes inenarrables por sucesos geopolíticos.
El Nobel de Literatura 2025 ha sido otorgado a un autor de esa región. László Krasnahorkai, segundo húngaro en ser premiado, ya que Imre Kertész lo recibió en el 2002. Para un lector empedernido, novicio en las letras, fue una sorpresa total. Acabo de terminar su libro de 500 páginas El barón Wenckheim vuelve a casa, que algunos califican su obra maestra. El barón ha pasado buena parte de su vida en Argentina, dilapidando su fortuna en los casinos. La familia, dueña de un imperio cervecero, lo rescata y lo envía a la ciudad de su tierra natal. Una ciudad en el sureste de Hungría cercana a las fronteras, en las llanuras al borde del río Koros. El Comité Nobel ha expresado: “Su trabajo se identifica con la tradición centroeuropea, caracterizada por lo absurdo y lo grotesco, destacando el pesimismo, pero también el humor y la inconsistencia. Su prosa, lenguaje fluido de largas oraciones, omite puntos, haciéndola difícil de leer, pero permite un flujo constante de la exposición”. Por mi parte, la he encontrado apocalíptica y trágica a la vez, llena de un humor negro, en la cual participa una serie de personajes peculiares, muchas veces sin ton ni son.
Ahora bien, también he leído libros de algunos premiados anteriormente de esa región europea. Hertha Müller, rumana-alemana, Nobel 2009; Olga Tokarczuk, polaca, Nobel 2018, y Peter Handke, austriaco, Nobel 2019. Hertha Müller nació en la región oeste de Rumania, poblada por ciudadanos alemanes. Su libro Todo lo que tengo lo llevo conmigo —The Hunger Angel en inglés, Hungerengel en alemán— relata la persecución y deportación de los alemanes por el régimen estalinista a campos de trabajo. Se inspira en las experiencias sufridas por su madre y el poeta Oskar Pastior. El título lo inventó el poeta para describir el hambre aterradora sufrida en su cautiverio, y que a la vez, fue su ángel protector que lo mantuvo vivo. Es una conmovedora historia, de enorme sensibilidad y una lírica concisa y plena. Olga Tokarczuk es considerada entre las mejores y celebradas escritoras polacas actuales, su libro Los errantes —Flights en inglés, Bieguni en polaco, título que se refiere a los viejos creyentes de la Iglesia ortodoxa y sus rituales, que para burlar al diablo tenían que estar en constante movimiento—. El libro recibió el premio Man Booker Internacional. La novela consta de 116 historias, narradas en tercera persona, considerada por críticos como inquieta e inquietante, frecuentemente perturbadora. Me llamaron la atención la variedad de temas con cierta coherencia y la exposición rara, insólita. A Peter Handke se le considera uno de los escritores en idioma alemán de más influencia en los últimos tiempos. Su libro Noche del Morawa —Die Morawische Nacht, título original— narra a un escritor que no ha vuelto a escribir nada por mucho tiempo e invita a unos amigos a su embarcación, anclada en el río Morawa. Durante la larga velada que se prolonga hasta el amanecer, el anfitrión relata su periplo como un caminante en un viaje circular por varios países europeos, de una manera hechizante en la que se entrelazan la realidad con la ficción. La obra me resultó pesada desde un principio; leí por pausas, ora hoy, ora el próximo mes. Llena de nostalgia de tiempos pasados, soledad, el abrumador peso de la realidad; sin embargo, en raros momentos, se encuentra un destello de humor, escondido, pero es humor. Por ejemplo, cuando el caminante, en los alrededores rurales de Viena, cercanos al Danubio, llega a un albergue, donde personas de diferentes nacionalidades participaban en el evento anual de birimbao. Pura ficción.
Me he entretenido y gozado de las lecturas anteriormente enumeradas, vivido en lo narrado y reflexionado sobre su contenido.
Me he preguntado el porqué de estas novelas y el sentir de un caminante en ellas. Los países centroeuropeos han sufrido catástrofes inenarrables por sucesos geopolíticos en los últimos siglos, culpa de guerras y dictaduras, indiscutiblemente afectando la vida y el desplazamiento geográfico de sus habitantes. ¿Podría ser esta una de las causas? Bien podría ser. Cuán diferentes han sido las novelas de países muy cercanos, por ejemplo, Günter Grass, alemán, Nobel 1999, autor del Tambor de hojalata, Oskar Mazerath, personaje inolvidable en el relato; Orhan Pamuk, turco, Nobel 2006 y su exquisita novela Me llamo Rojo; Svetlana Alexsievich, bielorrusa, Nobel 2015, su asombrosa novela El último de los soviéticos. No digamos de aquellos premiados netamente occidentales José Saramago, Nobel 1998, portugués, su novela El año de la muerte de Ricardo Reis es una lectura obligada; Jean-Marie Gustave LeClézio y Patrick Mondiano, dúo armonioso francés, Nobel 2008 y 2014, respectivamente, novelas como Desierto y Trilogía de la ocupación.
Siempre me ha impresionado la ardua e ingrata tarea del Comité de la Academia en seleccionar al ganador entre candidatos también merecedores de honores. Me he entretenido y gozado de las lecturas anteriormente enumeradas, vivido en lo narrado y reflexionado sobre su contenido.