Florescencia
Deportado, dos veces; rendido, nunca
Conocí a Abel en un viaje al interior del país; me mostró que algunos sueños no cruzan fronteras: regresan para construir esperanza.
Conocí a Abel (abeljuarez.com) en un viaje al interior del país que te reconecta con lo mejor de Guatemala. Íbamos por una carretera de terracería, de esas que no salen en los mapas turísticos, cuando empezó a contarme su historia sin adornos, como quien ya no necesita justificarse. Sus cicatrices se habían secado, pero su perseverancia había forjado en él el carácter de un guerrero. En ese momento entendí que estaba frente a un joven que no solo cruzó fronteras, sino que hoy es fuente de esperanza para Guatemala.
Abel no dejó la escuela por falta de ganas; la escuela simplemente se acabó.
Me contó que intentó migrar siendo casi un niño: 17 años. En su comunidad solo pudo estudiar hasta sexto grado, el nivel más alto que existía. No dejó la escuela por falta de ganas; la escuela simplemente se acabó. Como tantos guatemaltecos, salió con miedo, con esperanza y con una deuda que ya venía cargando desde antes de cruzar la frontera. Mientras lo escuchaba, el corazón se me apretó y la vista se me nubló de lágrimas.
Me decía que en su primer intento lo secuestraron en el camino. Vivió una experiencia traumática y él mismo decidió regresar a Guatemala; ya no quiso seguir. Volvió con dolor, vergüenza y frustración. Pero, al regresar, la deuda seguía ahí, intacta, y no tuvo otra opción que volver a intentarlo. El segundo regreso fue más duro: ya en el país de destino lo detuvieron y lo deportaron. Más deuda, más silencio, más señalamientos. El país lo botó dos veces, pero él se volvió a levantar.
Regresó con esa etiqueta injusta que el sistema pone rápido: “migrante”, ¿fracasado? Pero lo que pocos veían es que Abel traía algo más. Tenía una cámara vieja, un teléfono y un ojo entrenado por la vida. Así empezó, tomando fotos a amigos, a eventos pequeños, a personas que nunca se habían visto bien retratadas.
Las redes sociales se convirtieron en su vitrina. Instagram y Facebook no le pidieron títulos ni papeles, solo creatividad. Poco a poco llegaron clientes, primero locales, luego de otros departamentos y de otros países. Incluso del país al que un día quiso irse. Aprendió solo a editar, a cobrar, a entregar, a tratar con personas. Se volvió freelancer, sin saber que esa palabra existía.
Con su trabajo empezó a pagar deudas. Con fotos bien hechas y clientes satisfechos. Aprendió también a hacer y editar videos, utilizando herramientas más avanzadas de las que incluso enseñan en las universidades más prestigiosas. Hoy vive de trabajo artístico digital desde Guatemala, sin volver a migrar. No porque sea fácil, sino porque convirtió el regreso en su mayor inversión.
Mientras viajábamos, entendí su siguiente paso. Abel conoce Guatemala como la palma de su mano. Ha caminado veredas, subido cerros, volado ciudades, cruzado ríos. Se mueve en moto, en camionetas, por aire o como se necesite. Y ahora, con todo lo que vio, quiere que otros también lo vean.
Su sueño hoy es ser guía de turismo sostenible. No para explotar el país, sino para cuidarlo. Quiere mostrar los rincones de Guatemala que solo quienes caminan de verdad llegan a conocer, con respeto por los territorios y la gente. Una visión que nos invita a sumarnos, a acompañar y a creer en un turismo que protege la tierra, cuida la cultura y deja huella positiva en las comunidades
Abel es una crítica viva a un sistema que expulsa talento y luego no sabe qué hacer cuando ese talento regresa. Nadie lo preparó, nadie lo esperó. Aun así, creó, trabajó y siguió. De esa conversación salí más inspirado, convencido de que la migración forzada puede cesar cuando los pilares de la esperanza son jóvenes como Abel.
Su historia no es excepción. El sueño no cruza. Se queda. Y se vuelve futuro.