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La Ley según Jesús y el Cartel de las Togas

Jesús ofrece una clave para leer la crisis del sistema de justicia en Guatemala: la ley puede cumplirse formalmente y, aun así, traicionar su razón de ser.

Jesús es explícito: no vino a abolir la Ley, sino a darle plenitud (Mt 5,17). Pero esa plenitud no consiste en el dominio técnico de las normas ni en su aplicación literal, sino en una coherencia ética que vincula ley y verdad, justicia y reparación.


Por eso su confrontación no se dirige a delincuentes comunes, sino a los escribas y fariseos: expertos legales que conocen la ley, la aplican con rigor formal y, sin embargo, la vacían de su sentido más profundo. Entonces el problema no es la ausencia de ley, sino su aplicación desigual: severa para los débiles y complaciente con quienes concentran poder político y económico.


El Evangelio no cuestiona la existencia de la ley; cuestiona su perversión. Jesús denuncia una legalidad que protege el orden injusto mientras ignora la vida, que cumple el rito mientras legitima la exclusión. “Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino”, advierte. No es una sentencia religiosa, sino un juicio ético contra toda ley manipulada para sostener privilegios.


Esta perspectiva converge con la preocupación expresada recientemente por los obispos guatemaltecos al concluir su Asamblea Plenaria. Ellos advirtieron que el país atraviesa una crisis profunda de institucionalidad, marcada por la desconfianza ciudadana, la instrumentalización de la justicia y el debilitamiento del Estado de derecho. No se trata solo de una falla técnica, sino de una fractura moral que afecta la convivencia social.


El llamado Cartel de las Togas encarna esa fractura. No es una exageración retórica, sino la descripción de una estructura de poder criminal que ha capturado el sistema de justicia para garantizar impunidad. Magistrados, jueces y fiscales actúan dentro del marco legal, pero de espaldas al espíritu de la ley, convirtiendo la justicia en un servicio selectivo de criminalización.

Cuando la legalidad se separa de la justicia, deja de proteger a la sociedad y se convierte en instrumento perverso del poder.


Jesús va al fondo del problema. No basta con no matar; también es violencia humillar y excluir. No basta con no jurar en falso; también es corrupción vivir de la mentira institucionalizada. Cuando la ley se reduce a tecnicismos que encubren injusticias, pierde legitimidad moral, aunque conserve apariencia legal.


Los obispos han insistido en esta misma clave ética: una sociedad no se sostiene solo sobre normas, sino sobre la verdad y la justicia, la dignificación de las víctimas y la responsabilidad pública. Cuando las instituciones se ponen al servicio de intereses perversos, la ley deja de ser garantía de derechos y se transforma en mecanismo de control y miedo.


El Cartel de las Togas ha perfeccionado esa lógica. Utiliza resoluciones, amparos y dilaciones procesales para proteger redes corruptas y garantizar prescripciones favorables. Al mismo tiempo, activa la persecución penal contra jueces independientes, fiscales anticorrupción, periodistas y defensores de derechos humanos. Todo ocurre bajo procedimientos legales, pero en abierta contradicción con la justicia.


Jesús es contundente: la reconciliación con el hermano es más urgente que la ofrenda en el templo. No hay legalidad válida cuando se sostiene sobre víctimas silenciadas. Trasladado al contexto guatemalteco, esto interpela a un sistema judicial que presume institucionalidad mientras expulsa al exilio a operadores de justicia honestos y normaliza la impunidad estructural.


Los escribas y fariseos de Guatemala no llevan filacterias, sino toga. Su falta no es ignorar la ley, sino utilizarla para proteger corruptos y criminales. Exactamente lo que Jesús denuncia y lo que los obispos han advertido como una amenaza directa a la democracia y a la paz social.


Guatemala enfrenta una disyuntiva histórica. Puede seguir normalizando una legalidad vaciada de ética o recuperar la ley como límite al poder. El Evangelio de mañana y la voz pastoral de la Iglesia coinciden en lo esencial: toda ley que no defiende la verdad, la dignidad y la vida se convierte en simulacro.

ESCRITO POR:

Víctor Manuel Ruano

Presbítero de la Diócesis de Jutiapa. Licenciado en Sociología por la Pontificia Universidad Gregoriana, Roma. Fue rector y profesor del Seminario Nacional de la Asunción, Guatemala, y vicerrector académico Cebitepal, Colombia.