Vida

Un derroche de simpleza

Los monólogos de la vagina

Entre otras historias, una masajista de vaginas cuenta que ha satisfecho a las mujeres acariciándoles el clítoris.

?Los monólogos de la vagina? ofrece historias como éstas, que la autora, la estadounidense Eve Ensler, supuestamente ha recogido al entrevistar a varias mujeres por todo el mundo. Es obvio que una puesta en escena varía de un país a otro y según las actrices y la dirección. Y es posible que estos monólogos hayan sido un éxito en el Madison Square Garden donde, según dicen, fue presenciado por 20 mil espectadores.

El presentado en Teatro de Cámara el sábado 23 de febrero, posee una escenografía de lo más simple: Dos mantas formando una letra ?V? (de vagina); luces tenues; tres mujeres vestidas de negro, cada una con su folleto en mano para relatarle al público las historias de sus personajes, sentadas las tres sobre una silla que hacen girar para marcar escenas.

Y luego nada, absolutamente nada más que un micrófono para cada una. Se trata de una lectura interpretativa, esto significa que ellas leen sus parlamentos. Pero aun cuando existe un intento de las actrices por dar un aporte, es evidente que su directora, Pamela López Calderón, ha restringido la presentación a una mera lectura de salón.

En resumen, el aporte actancial y el hecho estético son prácticamente nulos. Tita Mendoza tiene la habilidad de hacer reír al público, pero tanto así que el público ríe hasta cuando ella habla en serio; Susana Campins tiene una muy mala dicción (hasta se da el lujo de arrastrar la ?r?); y es quizá María del Rosario Furlán la única que intenta salirse del esquema impuesto.

En cuanto al contenido, es un teatro de mensaje lésbico, de horror al pene y de impotencia sexual femenina. Está bien, ya sé que esto disgustará a quienes creen que un hombre no debería opinar acerca de ciertos esfuerzos de mujeres. Y puede que disguste aún más a las organizadoras, quienes tienen que ver más con organización de mujeres que con el hecho artístico teatral. Pero sería deshonesto disfrazar la cobardía de tolerancia. De manera que mejor digamos: ?Si se lanzan con agresividad a las tablas, pues que aguanten?.

No importaría si se tratara de un teatro decididamente lésbico; tampoco importaría llevar a escena un teatro de homosexuales; o de gallinas o de machos rancheros, lo bueno sería que de escena saliera ese gratificante hecho estético actancial que limpia, lustra y da esplendor a los espectadores.

Y hablamos de una obra promocionada con trompetas y tambores, que reúne a grandes actrices repartidas en tres elencos para distintas funciones: Celia Recinos, María Teresa Martínez, Mercedes Arce, Odeth Alvarado, Bitty Herrera, Gloria Marina, y las tres que hoy comentamos.

La representación nos dice que, sexualmente hablando, solamente una mujer puede hacer feliz a otra mujer. La obra intenta mostrar que hay cierta ?liberación? en ello, pero con un texto de lo más corriente y fácil. Todo cobraría el más estricto respeto si estuviera orientada hacia la denuncia, como pretende darlo a conocer el folleto de mano en donde se habla de las mutilaciones y del abuso contra las mujeres en Jordania, París, Estados Unidos, Afganistán, Kenia, pero… ¿Qué tiene que ver esta obra con todo eso? Nada, absolutamente nada.

La representación oscila entre el chiste de la comedia, el sentido didáctico de los autos sacramentales y la bandera lila, pero muy mal ondeada.

ESCRITO POR:

'; $xhtml .= '