Rincón de Petul
Jugar con fuego
¿En qué momento lo que ocurre en nuestras instituciones deja de ser únicamente nuestro?
En Guatemala, la reacción no se hizo esperar. Un comunicado publicado por la embajada de Estados Unidos, señalando la incursión del crimen organizado en las comisiones de postulación fue leído con asombro. Y causó repudio entre algunos sectores que hoy denuncian una intromisión inaceptable en asuntos que nos deberían ser internos. Ahora, nuevamente escuchamos a quienes apelan a la soberanía, al respeto entre Estados, a la Convención de Viena, y a la idea —válida en principio— de que ningún país debe inmiscuirse en decisiones sobre la vida interna de otro. Pero, en medio de esa indignación, queda una pregunta mucho más incómoda que el propio comunicado. ¿En qué momento lo que ocurre en nuestras instituciones deja de ser un asunto únicamente nuestro?
Esa respuesta, sin embargo, no es jurídica, ni recae solo sobre la teoría de los tratados. Una condición impuesta por la realidad es que los problemas se mantienen internos mientras sus consecuencias también lo sean. Pero cuando la institucionalidad infiltrada da cabida a efectos que trascienden fronteras —migración masiva e incontrolable, redes ilícitas, canales clandestinos y economías paralelas— el carácter del problema integral también cambia. Desde el país, admiramos y estamos agradecidos con la fuerza laboral que exportamos; pero difícil es negar que, con ella, exportamos también las consecuencias de nuestro desorden. A eso se suma Estados Unidos, que reacciona también desde su propia realidad. Muchas de sus posturas actuales son, en el fondo, el resultado de haber postergado asuntos, permitiéndolos convertirse en crisis que ahora cayeron vulnerables frente al populismo. El costo, para su electorado, explotó; por ello, el tono se endurece y la paciencia da la apariencia de terminar.
Las represalias y ofensivas contra redes criminales clavadas en las estructuras públicas están cayendo en nuestras cercanías como las gotas de una lluvia.
Quisiéramos que estas fueran hipótesis teóricas o ejemplos lejanos. Pero el solo acceso a noticias básicas nos indica que ya no lo son. Las represalias y ofensivas contra redes criminales clavadas en las estructuras públicas están cayendo en nuestras cercanías como las gotas de una lluvia. Los países con estas debilidades tenemos como ejemplo lo sucedido hace unas semanas en Venezuela. Y luego, en México, cuyo horror alcanzó a la población común. A gente como usted y como yo y nuestras familias. Carreteras tomadas por vehículos en llamas; explosiones y torres de humo sobre el panorama de las ciudades. Tiendas incendiadas… y muertos. Un terror que no se le desea a nadie. Lo que pasa en el mundo es recordatorio de lo que sucede cuando problemas inaceptables se relegan por décadas, hasta que no hay salida limpia posible. Y es ahí, en ese contexto, que aparece esta Casa Blanca iracunda y sin cautela. Echa fuego, con sus propias limitaciones, y que cada país vea luego cómo apaga su infierno.
En las elecciones desde 2023, Guatemala ha dado muestras claras de que busca quitar oxígeno a las redes criminales que se incrustaron en la institucionalidad nacional. Pero no hay que engañarse. Estas no mueren, tienen recursos y con ellos compran tiempo; abren otras puertas. La próxima en juego es nada menos que la rectoría de la Usac. Y son ahora los profesionales egresados quienes cargan una decisión que es, en esencia, un ejercicio de soberanía. No de protestar contra comunicados considerados incursiones extranjeras, sino de retomar la Universidad, y que esta le sirva a la gente. A no jugar con fuego. El que representan los poderes paralelos, lo clandestino y lo criminal. ¡Que viva, independiente, la tricentenaria Universidad de San Carlos!