Rincón de Petul
El embajador improbable
Detrás de esos avances suele encontrarse algo más que solo el buen sabor.
Poco tiempo tomó para que Kerry pasara de los calamares a los shucos chapines. Por allá, en 2024, se miran sus primeros vídeos en Instagram, cuando comenzó a filmarse mientras probaba comidas nuevas, en vivo. Al principio iba a Walmart y compraba productos que no le eran comunes, como el caviar y los calamares enlatados. Pero luego encontró un nicho que nos concierne y que nos toca el corazón. Descubrió los productos y platillos hispanos, y sus redes reventaron. Empezó con tacos de lengua, sopes y productos comerciales, sobre todo mexicanos. Kerry, de piel blanca y cabello rojizo, es la quintaesencia del hombre sureño. Cuando en una ocasión dijo que vivía en Rome, Georgia, supe de inmediato lo que tenía que venir. Yo conozco esa ciudad. Supe que más temprano que tarde vendrían los tamales, el pepián, la cerveza Gallo y cuanto producto guatemalteco puede encontrarse en las tiendas a la vuelta de su esquina.
Que la comida acerque los mundos que la política se empeña en tensar.
Rome pertenece a esa categoría de EE.UU. a la que llaman Small Town America, y que ha atraído a muchos hispanos. En algunas de ellas -Rome incluido- se escucha una fórmula que se repite entre la gente local. Dicen “la mitad de los hispanos aquí son mexicanos y la otra, guatemaltecos”. Y eso se nota en sus vecindarios, en las escuelas públicas -donde huehuetecos, marquenses y demás- llenan las aulas, y en las varias tiendas chapinas que comparten Shorter Avenue, su vía principal, con íconos del consumo estadounidense como Sam’s Club, Staples o Big Lots!. Se ve también en las iglesias, con servicios en inglés por la mañana y en español por la tarde, cuando las bancas se llenan de feligreses con fisonomía maya. En Rome se confirma, además, una regla empírica que encontré decenas de veces en aquella ruralidad: donde hay plantas procesadoras de pollo cerca, suele haber también un pueblo lleno de trabajadores guatemaltecos.
Durante mucho tiempo vi con lamento que, a pesar de los millones de guatemaltecos que viven en aquel país, nuestras comidas y productos no lograban abrirse paso en el gusto popular como sí lo han hecho los vietnamitas, los tailandeses, los peruanos y tantos otros. Detrás de esos avances suele encontrarse algo más que solo el buen sabor. Hay también una forma de proyección cultural que hoy se conoce como la diplomacia suave; es decir, la capacidad de un país de influir internacionalmente por medio de su cultura. Guatemala ha tenido esa oportunidad servida en la mesa por años. Kerry vino a ocupar, sin saberlo, ese espacio improbable. Es el que prueba, celebra y vuelve visibles nuestras comidas y productos mientras miles lo miran. Una gran oportunidad para lo culinario y lo comercial. Pero una quizás más honda, en el campo de acercar culturas que ya conviven en los mismos espacios en un tiempo de incertidumbre.
Tuvo buen tino Harris Whitbeck al invitar esta semana a Kerry a visitar Guatemala. En su misión de posicionar al país como destino turístico, imagino que vio la oportunidad de exponer ese viaje ante audiencias en EE.UU. y Latinoamérica. Si las empresas de productos locales lo comprenden, también se sumarán al esfuerzo. Pero el alcance de esas escenas puede llegar tanto más lejos. Kerry viene precisamente de los condados que votaron ampliamente por las políticas antimigratorias actuales. Las mismas que han producido, además, odio entre unos y zozobra entre otros. Él mismo ha sido confrontado por ello. Su respuesta, sin embargo, ha sido un mensaje de amor. Y en ese detalle hay algo valioso. La posibilidad de que, por una vía más simple, menos ideológica, la comida siga haciendo el trabajo silencioso de acercar los mundos que la política se empeña en tensar. Bienvenido a Guatemala, buen hombre. Pinky up!