De mis notas

Crónica desde China

Este viaje ha estado marcado por esos encuentros que revelan una China más cercana, más humana, pero también profundamente organizada.

Conocer China es, inevitablemente, conocer la historia. Es un país tan antiguo que el pasado no termina de irse nunca; permanece, se filtra, respira en cada rincón. Es una historia entretejida entre generaciones, una filigrana donde los tiempos antiguos aún comparten sus genes en la vida cotidiana.

Deja de ser una abstracción geopolítica para convertirse en una realidad tangible.

Desde las dinastías imperiales hasta los episodios coloniales —la presencia británica, algunos enclaves alemanes de finales del siglo XIX bajo el emperador Guillermo II, y los vestigios de la ocupación japonesa—, China carga una memoria compleja, a veces dolorosa, que sigue latente. También está presente la revolución de Mao, pero sobre todo la transformación posterior impulsada en 1978, cuando el país decidió permitir el mercado capitalista sin ceder el control político, organizando una competencia entre gobiernos locales para atraer inversión, desarrollar industria y sostener el crecimiento.

Ese modelo, que en el papel puede parecer contradictorio, adquiere sentido cuando se observa sobre el terreno. Basta adentrarse en la China interior para entender la eficiencia del sistema y su capacidad de ejecución.

Tuve la oportunidad de visitar Houshigou, en el distrito de Tieshan, en Qingdao: una pequeña aldea de apenas 70 familias que fueron trasladadas debido a la construcción de una presa. Lo que pudo ser un simple reasentamiento se transformó, con el tiempo, en un proyecto cuidadosamente diseñado. Los trabajos, que tomaron años, convirtieron al pueblito en una atractiva zona turística.

Iniciaron con la reconstrucción de una casa tradicional china, con amplios patios y un diseño abierto, utilizada en la filmación de una famosa telenovela. A partir de ahí desarrollaron una casa de té, un restaurante, senderos alrededor del lago y espacios para caminar y disfrutar del paisaje. Todo integrado con una lógica funcional, casi meticulosa.

Pero más que la infraestructura, lo que sorprende es la organización. Al enterarse de que había un extranjero, el dueño del restaurante nos invitó con una amabilidad espontánea a compartir su mesa. “Usted es el primer extranjero que viene a este restaurante”, dijo con orgullo mientras levantaba su copa de té.

Poco después nos presentó a la señora Liu Fang, representante del Partido y máxima autoridad de la aldea, quien casualmente almorzaba en el salón contiguo. Con generosidad nos ofreció un recorrido detallado. Señalaba cada espacio con precisión: el centro de salud, el centro comunal donde se imparten cursos y las áreas comunes. “Aquí, todas las personas mayores de 60 años comen gratuitamente todos los días”, explicó.

Esa mezcla de planificación, ejecución y cercanía humana parece ser la norma. Es reflejo de un modelo que privilegia resultados concretos, donde la coordinación entre  las autoridades, comunidad y recursos fluye sin los bloqueos que caracterizan a los sistemas políticos de Occidente. Pienso inevitablemente  en Guatemala,

China, vista desde esta escala, deja de ser una abstracción geopolítica para convertirse en una realidad tangible. Sin embargo, ese mismo modelo que permite eficiencia también concentra poder, limita el disenso y despierta recelos en buena parte del mundo, especialmente en su relación con Estados Unidos.

Comenté luego con mi amigo y anfitrión, Don Shu-Yun, empresario del sector industrial, lo agradecido que me sentía por poder convivir con familias y funcionarios chinos de forma tan espontánea. No había protocolo rígido ni distancia; había, más bien, una naturalidad amena.

Este viaje ha estado marcado por esos encuentros que revelan una China más cercana, más humana, pero también profundamente organizada. Escribo estas líneas desde Shanghái. En la próxima entrega compartiré mis impresiones de esta enorme metrópoli, donde conviven historia y modernidad con una intensidad difícil de replicar.

ESCRITO POR:

Alfred Kaltschmitt

Licenciado en Periodismo, Ph.D. en Investigación Social. Ha sido columnista de Prensa Libre por 28 años. Ha dirigido varios medios radiales y televisivos. Decano fundador de la Universidad Panamericana.