Rincón de Petul

Columnas pasadas pero vigentes

Hoy, Trump es la nueva cara de una bestia histórica que persigue a personas, por ser quienes son.

Era 2016, y el pueblo estadounidense estaba a punto de elegir a Donald Trump como presidente. En ese entonces no lo sabíamos y, de hecho, las encuestas no le daban ventaja. Ese momento de espera coincidió con un acto un tanto insólito desde el otro lado del Atlántico. Dylan, el cantante, fue honrado con el Nobel de literatura. Su lírica contra la guerra me motivó a publicar en aquel entonces una columna que, más menos unas palabras, decía algo que aún suena vigente.

La humanidad que buscamos y que, espero, no perecerá.

El Poeta y la bestia

Corrían los años sesenta y en el Norte, las fuerzas del poder, correlacionadas como siempre, empujaban sus agendas. Particularmente defendían dos atrocidades que la historia luego se encargaría de evidenciar: la guerra innecesaria y la segregación racial. La primera, una intervención en el otro lado del planeta; la segunda, la infamia de que el humano blanco merecía, por ley, privilegios sobre el humano negro. En contra del sistema se alzó una ciudadanía ilustrada, aquellos avergonzados ante el mundo por los excesos del poder. Fue allí donde, en contra de la villanía, surgió Dylan, veinteañero y solitario, con una pluma y su guitarra, cantando, gritando poesía contra los muros del poder.

El jueves despertamos sorprendidos, porque desde Suecia se otorgó el Nóbel de Literatura a Bob Dylan por su “aporte de nuevas expresiones de poesía en la tradición de la canción estadounidense”. Las reacciones fueron variadas e inmediatas, y causó asombro el laurel para alguien a quien círculos culturales ni siquiera consideran literato.

Pero ajeno a esa controversia, es exaltable lo que de esto puede tomar un pueblo estadounidense que hoy está tan cerca de la posibilidad de elegir a Donald Trump. Ese hombre que ha mostrado el lado pobre del espíritu humano, para imponerse políticamente al mundo. Y, aunque las encuestas ahora le son desfavorables, no ignoramos que si acaso llegara a perder la elección, habrá sido más por las torpezas de su propia campaña y no tanto porque sus mensajes bélicos y segregacionistas no hayan encontrado eco en sectores del electorado.

Hoy, Trump es la nueva cara de una bestia histórica que persigue a personas, por ser quienes son. Y eso es lo que no se logra entender. Que haya gente, incluso en Guatemala, que no logra identificarse con el temor de una familia compatriota en las calles que hoy le son hostiles. O perseguidos, ante la mirada prejuiciosa, clavada y mezquina. La vileza galopea descampada y, aún, hay quienes lo vitorean.

El Nóbel honra contribuciones sobresalientes a la humanidad, y específicamente el de Literatura, se otorga a quien produjera la obra más destacada “en una dirección ideal”. Y aunque no puedo decir si este premio llevó mensaje político ulterior, bien vale que los norteamericanos prestos a votar, incluso los que viven en nuestro país, recuerden lo que el joven Dylan representa y que tomen conciencia de cómo ellos influyen, como ninguna otra nación, en los destinos del mundo. Y cómo la desmedida obstinación por su interés propio —que suele ser de corto plazo— puede dejar dolor e injusticia en tierras ajenas.

Hoy, Dylan y su lírica se hacen necesarios como nunca. Un héroe urbano que desde la sinceridad de su trinchera, sin más recurso que su talento, encarna y abraza lo mejor de nuestra especie. Fue columna en la revolución de una generación pacifista, cuya inspiración continúa vigente. Instaló una crítica que derribó lo obsoleto. Y al empujar por la paz, se convirtió él mismo en un monumento a ella, a la paz. Cantó contra la guerra, le cantó a la libertad, la igualdad y el amor. Sus poemas contienen la esencia de la humanidad que buscamos y que, espero, no perecerá.

ESCRITO POR:

Pedro Pablo Solares

Especialista en migración de guatemaltecos en Estados Unidos. Creador de redes de contacto con comunidades migrantes, asesor para proyectos de aplicación pública y privada. Abogado de formación.