Nota bene

¿Cómo se despolitiza el ámbito universitario?

La radicalización de la universidad es un fenómeno generalizado.

Alrededor del mundo, se lamenta la politización de las universidades.  Más del 60% de los catedráticos estadounidenses encuestados se identificaron como progresistas, socialistas o marxistas.  El porcentaje es mayor entre los catedráticos de humanidades y ciencias sociales en Nueva Zelanda.  Otras encuestas muestran que la generación Y es más progresista que las generaciones pasadas; en parte, debido a la educación radicalizada que recibió.  Por lo menos desde 1968, cuando se desataron protestas violentas en París y otras ciudades del mundo, el activismo universitario es normal.  En Guatemala, dos sucesos recientes que nos recordaron la politización de las casas de estudio fueron la elección del rector de la Universidad de San Carlos y la participación de académicos en las comisiones de postulación.

Debemos buscar la verdad en libertad.

Es más difícil medir los costos sociales de la radicalización del claustro y los estudiantes, de la desviación de recursos hacia activismo político, de la indoctrinación y de la siembra del odio, resentimiento y envidia, de las clases perdidas, de la obstaculización de la vida cotidiana por bloqueos, de la conflictividad, de la destrucción de bienes ajenos, etc.  Quizás este sería un buen tema para una tesis de graduación.

Hablar de despolitización implica que antes las universidades no eran políticas, o tan políticas.  Fueron creadas con otro fin: educar la inteligencia, como insistió San John Henry Newman (1801-1890), quien fue rector y profesor en Oxford.  Idealmente, en la universidad se prepara al estudiante para los mercados laborales.  Se cultiva el conocimiento, el pensamiento crítico, la creatividad, la investigación y la innovación. Las universidades deben contribuir al crecimiento económico.  Sus egresados deben ser ciudadanos de bien.

La pregunta del millón es: ¿cómo se despolitizan las universidades?  Se requiere un cambio de mentalidad.  1) Se debe hacer énfasis en el estudiante, principal beneficiario del servicio.  Se debe potenciar a cada persona, dotada de razón y libertad, transmitiendo los conocimientos y herramientas que le permitan forjarse un mejor futuro.  Es inmoral hacerle perder su tiempo y concebirlo como un instrumento-engranaje sacrificable en la lucha de clases. Los incentivos en las universidades públicas que reciben transferencias gubernamentales podrían mejorar al subsidiar la demanda (al estudiante) y no la oferta (la institución), por ejemplo.

2) Incluir a empresarios y profesionales competentes en los cuerpos de gobernanza, además de los académicos de carrera, sería beneficioso, puesto que ellos pueden administrar los bienes universitarios eficientemente y mejorar las estructuras administrativas del plantel.  Además, conocen de primera mano dónde están las principales oportunidades de empleo para los jóvenes egresados, y pueden sugerir materias y destrezas, para que los egresados ocupen las mejores plazas de trabajo en el mercado.

3) Conviene librar a las universidades de los buscadores de rentas que han encontrado en ellas una cómoda forma de vida.  Pesadas burocracias recargan a muchas casas de estudios.  El desempeño de estos burócratas es mediocre y encarece la educación del estudiante.

4) El conocimiento se cultiva únicamente en un ambiente que busca la verdad desde la humildad intelectual.  Es hora de trascender el relativismo y el escepticismo posmodernista para retomar la búsqueda, detección y comunicación de la verdad.

5) La excelencia académica establece estándares rigurosos y desapasionados que nos alejan de la ingeniería social y de la política partidista.  El mérito prospera en un entorno de libertad.

ESCRITO POR:

Carroll Ríos de Rodríguez

Miembro del Consejo Directivo del Centro de Estudios Económico-Sociales (CEES). Presidente del Instituto Fe y Libertad (IFYL). Catedrática de la Universidad Francisco Marroquín (UFM).

'; $xhtml .= '