Meta humanos
Donde una madre lucha, nace la esperanza ciudadana
El poder de incomodarse y movilizarse colectivamente parece casi sobrenatural en las mujeres.
Las luchas individuales de una madre y sus luchas colectivas hablan de la fe con la que enfrenta la vida. Y esa fe nace del amor que lleva dentro. Sus esfuerzos reflejan la convicción de que nosotros, sus hijos, llevamos tesoros incalculables y metas alcanzables.
Guatemala necesita dejar de pensar a corto plazo.
Recuerdo muchos de los sacrificios que mi madre hizo por mí y por mi hermana. ¡Cuánta dedicación y compromiso! Y también sus luchas; todas orientadas a buscar el bienestar y el futuro de la familia. Eso activa algo poderoso en cualquier niño o niña: el poder de creer en el futuro, el poder de cambiar las cosas, el poder del amor.
Vi a mi madre buscar de todo para que yo tuviera un desarrollo pleno e integral. Desde cosas grandes, como becas y educación, hasta lo pequeño pero esencial: nutrición, seguridad, agua limpia y tiempo disponible.
Esa pasión lleva a muchas madres a involucrarse también en luchas colectivas. En su gran mayoría son luchas silenciosas, pero representan la empatía más profunda que probablemente veremos en nuestras vidas.
Recuerdo ver a mi madre involucrarse con nuestra comunidad allá en zona 21, cuando los primeros efectos del desarrollo desordenado comenzaron a reflejarse en la escasez de agua. Muchas madres se reunían en las plazas del complejo habitacional para discutir acciones y soluciones.
Hacían cartas, informaban, compartían lo poco que tenían. En tiempos de escasez, reunían mangueras y cubetas para acarrear agua. Incluso iban de puerta en puerta, avisando que había agua disponible por unos minutos.
Esas acciones reflejan un amor y una empatía que los niños absorben como esponjas. Y ahí nace la clave de una ciudadanía consciente, activa y visionaria.
El poder de incomodarse y movilizarse colectivamente parece casi sobrenatural en las mujeres. Y tanta entrega solo vale la pena para ellas porque aman con toda el alma a sus hijos y a su familia. Allí vive su esperanza por un futuro mejor. Y tal vez ahí reside uno de los poderes más grandes que existen; la capacidad de amar tanto a alguien, que una persona sea capaz de movilizar comunidades enteras para construir un mañana mejor.
Quizá la forma de aprender a planificar nuestro futuro, como individuos, como ciudades y como país, es viendo hacia adelante como ven las madres; a largo plazo. Un día toman a ese bebé en sus brazos, lo ven a los ojos y observan cientos de futuros posibles. “¿Llegará a ser un profesional? ¿Será un gran deportista? ¿Un músico, un médico? ¡Quiero que sea libre y viva plenamente! Pero también anhelo que traiga a nuestro país mucho bienestar”, pensarán millones de madres.
Mi madre tenía claro que yo venía a un entorno con muchas complicaciones, peligros y desafíos. Pero nunca dejó de creer que yo también podría ser una pieza en un enorme rompecabezas donde todos aportamos algo para mostrarnos al mundo, en conjunto como una gran obra de arte. Por ello, las madres no deben olvidar que son una fuerza poderosa. Muchos grandes hombres y mujeres descansan hoy en sus brazos. No solo traen vida al mundo; traen esperanza.
Quizá las madres sean los seres que mejor entienden la planificación a largo plazo en el mundo. Se niegan muchas cosas hoy por el mañana de sus hijos. No dejan de pensar varias décadas más adelante. Y quizá por eso las madres representan una de las reservas morales más grandes de una sociedad. Porque, mientras muchos piensan en el presente inmediato, ellas piensan en décadas; mientras otros se resignan, ellas organizan, cuidan, proyectan. Tenemos mucho que agradecer a nuestras madres, por el simple hecho de pensar a largo plazo. Y debemos imitarlas, Guatemala necesita dejar de pensar a corto plazo. Sólo el amor puede hacerte libre para soñar e imaginar.