Rincón de Petul
El presidente que no escuchó refranes
El que a muchos quiere enfrentar, termina acorralado.
Suena a consejo de abuelita, de esos cargados de experiencia: Si te vas a pelear, no lo hagás contra todos. Y menos te peleés contra todos al mismo tiempo. Un consejo que, llevado a la sabiduría popular, se resume en un principio consagrado: Escoge tus peleas. Un consejo que nunca recibió el inquilino de la Casa Blanca, que acumula enemigos como quien colecciona incendios por diversión.
Si algo dejó claro Trump desde el principio, es que no vino con ánimos de persuadir a opositores, de negociar ni de buscar puntos medios. Lo suyo es la polarización y la coacción. La amenaza —la explícita y sin tapujos— es su herramienta favorita. Pero al examinar su historial confrontativo se nota una evidente debilidad. La explica nuevamente un refrán: “El que a muchos quiere enfrentar, termina acorralado”. Cierto. No es de malinterpretar. Estar bajo la mira de la oficina más poderosa de Occidente no es poca cosa. Pero termina, al fin, emergiendo también aquello de que “el que mucho abarca, poco aprieta”.
Trump tomó posesión hace menos de año y medio. En ese tiempo, logró crearse frentes (casi a muerte, todos) contra un colectivo de entes y personas que no termina de crecer y dentro de los cuales hay rencillas esperadas, y otras, francamente, absurdas. Nombrarlas todas en un artículo de opinión ya es cosa imposible. Aquí veamos, entonces, solo las que se vienen rápidamente a mente.
Trump posiblemente lanza esta medida buscando mejorar su decaída imagen usando el recurso de la migración que antes le fue efectivo.
Amenazó a los bufetes importantes de Washington, acorraló a las universidades top, desafió el poder de los jueces y giró una artillería completa contra la prensa. Se intentó apropiar de Groenlandia, desafió así a Dinamarca; jugó con la idea de absorber a Canadá y lanzó misiles verbales hacia territorio mexicano. Humilló en persona al de Ucrania, sembró dudas sobre el fin de la OTAN. Perdió a sus aliados naturales de Europa e impuso aranceles contra prácticamente el mundo entero. Puso en sitio ciudades como Mineápolis y movilizó tropa a California. Luego vino Venezuela, a la que terminó invadiendo. Después, Irán, y con él, sus inquietantes aliados. No se había terminado de cuajar este último cuando ya iba contra Cuba. En el camino, logró que la Casa Blanca pareciera metida en una pelea callejera con el papa. Genuinamente, a este paso, si Gandhi estuviera vivo, también habría terminado en la lista de frentes abiertos.
Esta semana, la Casa Blanca emitió una orden ejecutiva de máxima preocupación para países que dependen de remesas. Guatemala es el cuarto más dependiente de nuestro hemisferio. Trump ordenó elevar el escrutinio sobre mecanismos usados por migrantes, en una industria que hasta ahora había sido libre. Los afectados evidentes son los países receptores. Unos ejemplos: India, México y China reciben, entre los tres, US$238 mil millones anuales. Latinoamérica, en conjunto, más de US$150 mil millones. Pero otro frente es más subyacente: el mercado de remesas. Una industria que se acerca al billón de dólares anuales que evaluará activamente esta medida.
Trump posiblemente lanza esta medida buscando mejorar su decaída imagen usando el recurso de la migración que antes le fue efectivo. Se vienen litigios, ataques y contrataques. Pero quizás el mayor obstáculo para concretarlo estará en que este solo vino a sumarse a un licuado de confrontaciones desperdigadas por doquier.
Esto es tan preocupante que hasta Fundesa salió a batear, haciendo un llamado para que la Cancillería intermedie. La gran tónica lleva la sabiduría de las abuelas. Hay un punto cuando quien tiene la razón pasa a plano secundario. Cuando las manos ya no alcanzan para puñetear a todo el mundo, menos alcanzarán para defenderse de todos al mismo tiempo.