Reflexiones sobre el deber ser
El castigo es el proceso
El encausado se da por vencido y se deja matar.
Franz Kafka, en su novela de ficción El Proceso, en torno a la infamia, la tragedia y el absurdo, narra los infortunios de un individuo que es arrestado a raíz de una sospecha con matices calumniosos. Al detenido no se le informa sobre quién lo denuncia ni sobre el motivo de su arresto, tampoco sobre la supuesta infracción legal o cargos que se le imputan.
Aunque al sindicado se le deja en libertad provisional, debe enfrentar un impredecible proceso penal, secreto e invisible, que se sustancia antojadizamente ante una deshumanizada y arbitraria burocracia judicial, prácticamente bajo una condición de indefensión y desinformación, así como en el contexto de una imposible presunción de culpabilidad, que lo obliga a demostrar inútilmente su inocencia, al mejor estilo de un régimen inquisitorial, bajo el cual el acusado es culpable hasta que no demuestre su inocencia, dentro de un sistema de procedimientos laberínticos, opacos, caóticos e interminables, que le impide ver la luz al final del túnel.
Por lo tanto, el criminalizado cae en un estado psicológico de angustia, impotencia, aislamiento y desesperación, que lo consume y aniquila, condición anímica que es aprovechada por el régimen opresivo que lo juzga, al que le son ajenas la imparcialidad y la búsqueda de la verdad, que lo humilla y despoja de su dignidad humana, con el propósito de desmoralizarlo, desesperarlo y demoler su resistencia. El desenlace es previsible: El encausado se da por vencido y se deja matar.
El mayor flagelo para la población es la falta de acceso a la justicia.
Como podrá advertirse, esta novela distópica, escrita por Kafka en 1915-6 y publicada en 1925, nos ilustra sobre la injusticia de la justicia oficial, sobre los entresijos de un ajusticiamiento institucional, premeditado e implacable, sin respetar el derecho de presunción de inocencia, que sostiene que toda persona es inocente hasta que no se demuestre lo contrario en un juicio justo, así como del derecho a acceder a una justicia legítima y eficaz.
Sin duda, lo más impactante de esta narración no es el desenlace de la tragedia personal del acusado, sino el juzgamiento lento, cínico y cruel al que se le somete. El sufrimiento del criminalizado durante el proceso judicial se convierte en una parte importante del castigo por la supuesta comisión del delito, que concluye con su ajusticiamiento, que para él es una suerte de liberación. De esa cuenta, el proceso en sí mismo deviene en buena parte en el castigo violento del infeliz, en otras palabras, la flagelación antes del sacrificio de la víctima.
En los seudoprocesos como este también se atenta contra los principios de presunción de inocencia y debido proceso, entre otros, a través del retardo malicioso de la impartición de justicia, la prisión provisional indefinida, la inadmisión o infravaloración de las pruebas de descargo, la acusación que no se orienta hacia la averiguación de la verdad, las audiencias que se reprograman con base en la agenda del juzgador, así como de la inobservancia de los modos anormales de terminación del proceso.
Por otro lado, el mayor flagelo para la población es la falta de acceso a la justicia, que ocurre cuando no se garantiza a todos la posibilidad de dirimir controversias y proteger sus derechos fundamentales, por la vía judicial o extrajudicial.
Asimismo, la denegación de justicia ocurre cuando no se lleva a cabo el interrogatorio del detenido dentro del plazo previsto, lo que da pie a la prórroga de facto del plazo de su detención, se impide a las partes el acceso a las actuaciones, así como cuando se prolonga indefinidamente la investigación de los hechos denunciados.