Imagen es percepción

Ochenta años de la República italiana

Ocho décadas después, la República que nació de las cenizas de la guerra y la división es hoy una de las democracias más influyentes del mundo.

El 2 de junio de 1946, los italianos decidieron en las urnas que no querían un rey. Querían una república. Era una decisión que iba mucho más allá de la forma de gobierno; era un veredicto moral sobre 20 años de fascismo, sobre una guerra que había dejado medio país en escombros y sobre una clase dirigente que había conducido a la nación al abismo. Aquella jornada, con las mujeres votando por primera vez en la historia italiana, fue el punto cero de una refundación que pocos países han tenido que acometer con semejante urgencia y con semejante claridad sobre el pasado que debían dejar atrás.

La tercera economía de la eurozona, cofundadora de la Unión Europea, referente cultural del planeta

Ochenta años después, conviene hacer el recuento sin retórica. Italia salió destrozada de la guerra. Pero lo que construyó sobre esas ruinas es una de las grandes historias de transformación política del siglo XX, todavía insuficientemente estudiada y todavía más insuficientemente admirada. En menos de 10 años, el país redactó una constitución que sigue siendo un modelo de ingeniería democrática, se convirtió en uno de los seis fundadores de lo que hoy es la Unión Europea, entró en la Alianza Atlántica y puso en marcha el despegue industrial que lo convertiría, en los años 60, en la séptima economía del mundo. No fue un milagro. Fue trabajo, decisión política y la ventaja de un pueblo que, cuando toca fondo, sabe exactamente de qué está hecho.

El llamado milagro económico de los 50 y 60 merece un párrafo propio, porque suele reducirse a una imagen de prosperidad cuando fue, en realidad, una mutación civilizatoria. Italia pasó en dos décadas de ser un país predominantemente agrario, con millones de emigrantes en busca de trabajo en el norte de Europa y en las Américas, a producir automóviles, máquinas de escribir, neumáticos y moda que el mundo entero consumía con admiración. Fiat, Olivetti, Pirelli, Ferragamo, marcas que no vendían solo productos, sino una idea de modernidad con forma y con gusto. En paralelo, Fellini, Visconti y Antonioni reinventaban el lenguaje del cine. La cocina italiana se convertía en el idioma gastronómico universal. Italia entendió antes que nadie que la identidad de una nación se construye también con belleza, y esa convicción le ha dado una influencia cultural que ningún índice de poder duro sabe medir del todo.

Nada de esto significa que Italia haya sido una república sin turbulencias. Los años de plomo, el terrorismo de las Brigadas Rojas, la corrupción sistémica que destapó Mani Pulite en los 90, una deuda pública que sigue siendo una de las más altas del mundo, más de 60 gobiernos en 80 años. El expediente de las crisis italianas es abultado. Y, sin embargo, el país ha sobrevivido a cada una de ellas sin romper el hilo constitucional, sin perder su lugar en el concierto europeo y sin dejar de producir excelencia industrial, científica y cultural con una regularidad que desafía cualquier pronóstico pesimista. Esa paradoja, entre la fragilidad política aparente y la solidez estructural profunda, es lo más difícil de explicar de Italia y lo más instructivo para el resto del mundo.

Hoy, a 80 años de aquel referéndum, Italia es la tercera economía de la zona euro, miembro del G7 y pieza clave de la Otán en el flanco sur mediterráneo. Sus problemas son reales, la natalidad cae, los jóvenes cualificados emigran y la política atraviesa una fragmentación que a veces roza el espectáculo. Pero una república que a los 80 años mantiene intactas sus instituciones, su peso internacional y su capacidad de asombrar al mundo merece algo más que condescendencia o nostalgia. Porque Italia no es solo historia. Es, todavía, una pregunta abierta sobre lo que puede hacer la democracia.

ESCRITO POR:

Brenda Sanchinelli

MSc. en Relaciones Internacionales e Imagen Pública. Periodista, experta en Etiqueta. Dama de la Estrella de Italia. Foodie, apasionada por la buena mesa, compartiendo mis experiencias en las redes.