Rincó de Petul
500 columnas
Al oficio de articulista le viene poco lo de profeta y más lo de testigo.
Hace unos días me puse a actualizar una lista de Excel donde apunto cada columna que envío para publicación en Prensa Libre. Me sorprendí cuando noté que el 19 de abril, sin darme cuenta, había llegado a la número 500. Quinientos artículos a partir del primero, que salió en diciembre de 2014. Doce años; cinco presidencias; dos crisis institucionales que casi quiebran el modelo democrático, y una pandemia, entre las cosas que nos marcaron. Revisarlas me llevó a una reflexión: poco tiene el oficio de articulista que ver con predecir el futuro. Y mucho más con intentar interpretar el presente que no deja de sorprender.
Cuando en 2014 salió aquel primer artículo, anticipábamos que nos acercábamos a una presidencia ya fuera de Sinibaldi o de aquel a quien, según la publicidad masiva, “le tocaba”. Poco sabíamos que meses después tendríamos a un presidente detrás de rejas. Que un comediante de reparto llegaría a convertir la política nacional en circo; que quienes apresaron a aquel gobernante saldrían expulsados de un país blindado “a lo majunche”; y de esa historia surgiría, entre tanta otra consecuencia, una estampida de exiliados.
Quién podría haber pronosticado lo que se venía desde el Norte. Que Donald Trump irrumpiría con su impacto a nivel global. Que esquemas que parecían escritos en piedra se romperían y que la república y la democracia se pondrían entre comillas. Qué sabíamos de la deshumanización que se venía. De la velocidad con la que, sobre los nuestros, se legalizaría una etiqueta racista y de cómo eso —el ser racista— terminaría colándose como una agenda de Estado.
Y menos aún, después en Guatemala, tras comediantes y energúmenos, tras cancelaciones arbitrarias de candidatos, que ganaría un partido como Semilla. Que habría caravanas de tuctucs que impedirían el golpe de facto. Que habría un respiro. Quién pudo anticipar ahora estar analizando una presidencia de Semilla. Con sus bemoles, con nuestros reclamos. Pero algo tan alejado de lo que el régimen de corrupción institucionalizado le apostó.
A esa persona, que me ha aguantado ya 507 entregas, más de 300 mil palabras, y cerca de dos millones de caracteres, mi gratitud total.
Y aún, después de cada acontecimiento, la historia gira en formas que a veces son caprichosas. Porque con la pandemia dolorosa terminó no habiendo un final apocalipsis. Porque aún después de dos Donald Trump, las remesas no son menos, sino más. Y con un nuevo presidente Arévalo el país no tuvo una segunda revolución. Lo único constante es que los pronósticos son volátiles y lo que etiquetamos de previsible termina dándonos bofetadas de realidad.
Durante estos años he escrito desde aeropuertos, hoteles, salas de espera, vehículos en marcha y mi escritorio personal. Ha sido escrita principalmente en Guatemala. Pero también en aquella ubicada en el norte, a la que nos referimos con frecuencia. Algunas se escribieron con mayor facilidad y otras exigieron pastillas de acetaminofén. Unas generaron amistades y otras las engavetaron. Pero todas buscaron merecer unos minutos de la atención de la persona que las recibiría.
Queda claro que al oficio de articulista le viene poco lo de profeta y más lo de testigo. Que se nos debe exigir, en el mejor de los casos, ser observadores privilegiados. Que nos corresponde observar y enviar ideas al juicio de los lectores, negando fafa e interés particular. Comprender lo que significa colarnos en una sala para acompañar una taza caliente. Ojalá, incluso, motivar una conversación. Apreciar que del otro lado hay alguien que todavía cree en el valor del medio; en una profesión centenaria y en la palabra escrita y firmada. A esa persona, que me ha aguantado ya 507 entregas, más de 300 mil palabras, y cerca de dos millones de caracteres, mi gratitud total.