Nota bene
Hermano Mayor te vigila
¿Deberíamos valorar más nuestra privacidad?
El 8 de junio de 1949, hace 77 años, el autor inglés George Orwell publicó su novela distópica 1984. Allí advierte sobre los peligros del totalitarismo inminente. Recién había concluido la II Guerra Mundial. José Stalin había tomado control de la Unión Soviética. Algunos especulan que, dado que terminó de escribir el texto en 1948, simplemente invirtió los dos dígitos finales de 1948, a 1984. El título elegido por Orwell implica que su visión podría hacerse realidad en menos de 35 años, pues los gobiernos de su época ya ensayaban con la censura, la propaganda y la manipulación del lenguaje.
Se hizo realidad la distopía orwelliana.
Han transcurrido cuatro décadas desde 1984, y aún no se perfila un gobierno mundial totalitario que controle el pensamiento, como ocurre en la Oceanía ficcional. Sin embargo, el Estado de vigilancia es un hecho y el concepto de privacidad se ha erosionado como Orwell previó.
El Gobierno de China, por ejemplo, implementa programas de vigilancia masiva a través de videos y tecnologías para el reconocimiento facial. Monitorea conversaciones telefónicas y recoge información del ADN de sus ciudadanos. Las leyes chinas permiten encarcelar a sujetos que se conectan a redes no autorizadas, o que riegan “rumores” contra el régimen en línea.
Los gobiernos de los países desarrollados y las compañías Big Tech también nos vigilan. En 2013, Edward Snowden reveló que los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña habían creado programas de vigilancia de las masas; pese a ser un denunciante y no espía, Snowden enfrenta cargos criminales por espionaje en Estados Unidos.
Las autoridades modernas cuentan con tecnología que supera por mucho las telepantallas descritas por Orwell. Gracias a la inteligencia artificial (IA), los gobiernos pueden analizar gigantescas bases de datos y las filmaciones realizadas. Pueden identificar a individuos con 99% de certeza y construir perfiles completos cruzando información recabada del internet, dispositivos para la salud, transacciones financieras y más.
Orwell anticipó que nos acostumbraríamos a ser monitoreados. Hoy, muchas personas valoran poco su privacidad. Nos hemos vuelto un tanto exhibicionistas. Compartimos lo que comemos y hacemos cada día, y nos deleitamos cuando las redes nos anuncian todo tipo de bicicletas porque nos escucharon decirle a un amigo que deseábamos comprar una. El celular de un joven muestra anuncios de juegos y bebidas energéticas, el de una persona mayor anuncia el taichí para bajar de peso.
En la distopía orwelliana, la privacidad se logra en la oscuridad y el silencio, pero hoy es sumamente difícil obtener la privacidad digital. Requeriría un verdadero esfuerzo que empieza por deshacernos del teléfono inteligente y reducir nuestra huella en el ciberespacio. Nuestra libertad, autonomía y dignidad se conectan con retener el control sobre lo que otros saben y no saben de nosotros.
Quizás hay que fijar límites digitales claros al Estado, a fin de salvaguardar las garantías a nuestra libertad y privacidad. Un peligro real es la secretividad con la cual agencias privadas y públicas acumulan datos sobre nuestras vidas privadas. Los gobiernos no deberían poder coaccionar o discriminar a los vigilados, ni tampoco perseguir o chantajear a sus críticos u opositores políticos.
Orwell comprendió que una vez instalados en posiciones de poder, los gobernantes estarían tentados a abusar del mismo, por mucho que reiteren que sirven el interés general. Los ciudadanos distraídos, acomodados o confiados tendemos a ceder a las autoridades rodajitas de nuestra libertad personal, una por una, e inadvertidamente facilitamos una gradual dominación de nuestras vidas.