PLUMA INVITADA

Olor a primavera

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El conflicto armado entraba a su último lustro cuando en 1991 ingresé a estudiar a la Landívar. En esa época, la nuestra, la de Derecho, era por mucho la facultad más activa en movimientos estudiantiles. Año con año elegíamos representantes y hasta teníamos agrupaciones a las que llamábamos partidos políticos. Sin embargo, sobre política nadie hablaba, nadie aportaba y a pocos interesaba. El partido más bien era un lugar de buena reunión y convivencia.

Empezando el tercer año de la carrera nos tocó vivir el llamado a la gesta cívica, cuando el recién estrenado aparato democrático hubo de probarse ante el fallido ególatra autogolpe de Serrano. Al final, la institucionalidad prevaleció, pero ni siquiera ese momento patriótico logró avivar en el estudiantado un cambio hacia el involucramiento.

Pertenezco a una generación que tiene por madre a la guerra. En nuestra etapa de mayor llamado al idealismo, las ideas pintaban a peligro; el silencio, más bien, era recomendable. Escuché hace poco a un profesor decir cómo en su primer día de universidad su madre le recomendó lo que muchos de mi época escucharon: “No te vayás a meter en problemas; vos andá sólo a estudiar”. El pasado sangriento y los amores de madres se encargaron, en sólida coalición, de que las alas políticas de una generación fueran cortadas. Crecimos en tiempos de adulación al estereotipo y fueron esos estereotipos los que nos atrincheraron en un modelo que no aprendió a debatir. Hoy, entre mis contemporáneos que una vez fueron apáticos, abunda quien se mira desubicado y sin conocimiento, no solo de lo que sucede en el país, sino de lo que, en sí, un país está llamado a ser. La participación política se limita a difundir memes en redes sociales, lo que evidencia que la hija de la guerra es una generación que camina a ciegas.

Se explica que esa castración intelectual fue resultado de una estrategia que intencionalmente mató al pensamiento. Pero, ¿debemos seguir escudándonos detrás de esa razón? Rechazar el conformismo ante un sistema infuncional es parte inherente de la esencia de quien se dice joven. A esa edad la sangre está caliente, las hormonas aún rebotan y en el despertar de una vida uno exige ser escuchado. Esa es la actitud que ha llevado a jóvenes a provocar grandes cambios estructurales en el mundo, incluyendo en nuestra patria, donde la primavera democrática fue dirigida en los años 40 por universitarios.

Es ahí donde radica el inmenso valor de los universitarios de hoy en Guatemala, ya que están cuestionando los estereotipos heredados y, más que aceptar un pasado antagónico, buscan coincidir en anhelos comunes. Los lazos tendidos entre sancarlistas y estudiantes de las universidades privadas dieron como fruto la fusión de las columnas que, abrazadas bajo la lluvia, emocionaron a más de alguno, en un ejemplo cívico que tiene luz suficiente para iluminar el mundo.

Analista en Migraciones
ppsolares@gmail.com

ESCRITO POR:

Pedro Pablo Solares

Especialista en migración de guatemaltecos en Estados Unidos. Creador de redes de contacto con comunidades migrantes, asesor para proyectos de aplicación pública y privada. Abogado de formación.

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