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¿Qué celebran realmente los estadounidenses?

La república de pesos y contrapesos sigue siendo el mejor freno inventado contra el abuso del poder.

Este sábado, Estados Unidos cumple 250 años de haber firmado su Declaración de Independencia. La celebración —bautizada America250— encuentra a una nación orgullosa, pero también dividida. En medio del ruido, conviene preguntarse: ¿qué es exactamente lo que celebran?

La libertad no se conserva sola; se defiende, generación tras generación, contra quienes prometen resolverlo todo a cambio de un poco más de poder.

La mayoría respondería que celebran su democracia. Se equivocan. Lo que los padres fundadores construyeron no fue una democracia, sino una república constitucional. Una democracia pura es el gobierno de la mayoría sin límites; una república somete incluso a la mayoría al imperio de la ley. James Madison lo advirtió en El Federalista: las democracias directas han sido siempre espectáculos de turbulencia y disputa, incompatibles con la seguridad de los derechos individuales.

El genio del sistema estadounidense está en sus pesos y contrapesos. No uno, sino varios niveles superpuestos de freno al poder —federal, estatal y local— que dividen la autoridad para que ninguna facción la concentre. A ello se suma la separación entre las tres ramas del gobierno y una Constitución que, por encima de todos, fija los límites del juego. Es esa arquitectura la que ha permitido a la nación sobrevivir a una guerra civil, a muchas guerras, a depresiones económicas y a más de un funcionario tentado por el abuso del poder.

Los políticos no son ángeles al servicio del bien común, sino individuos que persiguen su propio interés, igual que cualquiera —lo que la experiencia guatemalteca confirma a diario—. De allí que no se pueda confiar en elegir gobernantes virtuosos, sino en atarles las manos con reglas. Los padres fundadores de Estados Unidos no confiaron en la bondad de los hombres; desconfiaron de ellos y diseñaron un sistema para contenerlos.

Pero hubo algo más, anterior incluso a la Constitución. La Declaración de Independencia proclamó que todos los hombres poseen derechos inalienables: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad —fórmula que resguardaba también la propiedad—. Al colocar esos derechos antes que el Estado, y no como una concesión suya, los estadounidenses invirtieron la lógica del poder. El individuo dejó de ser súbdito y el gobierno pasó a ser su sirviente. Sobre ese cimiento —y no sobre decretos ni planes centrales— floreció la mayor prosperidad que ha visto la humanidad.

Deirdre McCloskey nos recuerda que el enriquecimiento moderno provino de la dignidad y la libertad que permitieron que florecieran el comercio y la innovación, no del aparato burocrático. La riqueza estadounidense no salió de un plan central. Surgió de millones de personas que pudieron ahorrar, invertir, equivocarse, corregir y volver a intentar. Cuando el Estado intenta controlarlos, la máquina se atasca. Los estadounidenses tampoco escapan de esa tentación. Sería ingenuo idealizar. Ni la libertad fue nunca perfecta ni el poder dejó de crecer. El propio gasto federal y la expansión regulatoria de las últimas décadas muestran que ni la mejor Constitución detiene por sí sola la ambición estatal.

Y sin embargo, 250 años después, el rumbo trazado por los fundadores sigue en pie. Ninguna otra nación ha ofrecido a tantos la posibilidad de prosperar por mérito propio. Guatemala haría bien en mirar ese espejo para entender por qué funcionan las repúblicas que limitan el poder.

Celebremos, pues, lo que de verdad merece celebrarse: no la democracia entendida como voluntad ilimitada de las mayorías, sino la república que las contiene; no la fuerza del Estado, sino los derechos que lo preceden. Este aniversario debería recordarnos que la libertad no se conserva sola. Se defiende, generación tras generación, contra quienes prometen resolverlo todo a cambio de un poco más de poder. Si los ciudadanos ignoran el valor de la libertad individual, abrirán las puertas al populismo que destruye la riqueza acumulada. Esa es la verdadera lección de 250 años.

ESCRITO POR:

Jorge Jacobs

Empresario. Conductor de programas de opinión en Libertópolis. Analista del servicio Analyze. Fue director ejecutivo del Centro de Estudios Económico-Sociales (CEES).

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