Meta humanos
Reconocer el poder ciudadano
La educación es el primer territorio donde una sociedad decide qué tipo de ciudadanos quiere formar.
Guatemala no está perdiendo únicamente una institución. Está perdiendo una oportunidad. Cada vez que dejamos que la educación pública se debilite, que las aulas pierdan su propósito o que los jóvenes dejen de creer que su voz importa, estamos permitiendo que alguien más decida por nosotros qué país vamos a construir.
Necesitamos menos espectadores y más protagonistas. Menos silencio y más participación. Menos resignación y más construcción.
Y el futuro de Guatemala no puede quedar en manos de quienes han aprendido a administrar la crisis. El futuro debe volver a las manos de quienes todavía tienen la capacidad de imaginar, cuestionar y transformar. La educación es el primer territorio donde una sociedad decide qué tipo de ciudadanos quiere formar. En las aulas no solo se entregan conocimientos; se construyen principios, pensamiento crítico y liderazgos. Ahí nace la capacidad de cuestionar al poder, de defender la democracia y de entender que una ciudadanía activa es la única garantía para que las instituciones funcionen.
Por eso, defender la educación pública no es una discusión secundaria. Es una de las decisiones más importantes que Guatemala debe tomar. Porque la educación no pertenece a unos cuantos. No pertenece a intereses particulares. No pertenece a quienes quieren convertir las instituciones en espacios de control. La educación pública les pertenece a quienes incluso no han nacido.
La Universidad de San Carlos de Guatemala representa mucho más que un espacio académico. Es una oportunidad para miles de jóvenes que buscan transformar sus vidas y las de sus comunidades. Es un lugar donde deben nacer las ideas que construyan soluciones para el país. Pero, para que eso ocurra, necesitamos recuperar su propósito: una universidad al servicio de la sociedad, del conocimiento y del futuro. No podemos normalizar que nuestras instituciones pierdan legitimidad. No podemos acostumbrarnos a pensar que nada puede cambiar. Esa es precisamente la narrativa que debemos romper.
El poder ciudadano no está únicamente en elegir cada cierto tiempo a quienes ocupan cargos públicos. El poder ciudadano está en exigir, participar, organizarse y defender aquello que pertenece a todos. Está en comprender que una democracia no se construye solo con votos, sino con ciudadanos preparados para ejercer su libertad.
Y ahí está el papel de nuestra juventud. No somos una generación que debe esperar su turno. Somos una generación que tiene la responsabilidad de actuar. Necesitamos menos espectadores y más protagonistas. Menos silencio y más participación. Menos resignación y más construcción. Nadie puede limitar nuestras voces cuando entendemos el valor que tienen. Nadie puede decirnos que el cambio es imposible cuando somos capaces de organizarnos para construirlo.
Guatemala necesita recuperar sus aulas porque necesita recuperar su esperanza. Necesita formar liderazgos con integridad, jóvenes con herramientas y ciudadanos capaces de defender lo que es suyo. El país que soñamos no llegará porque alguien más decida construirlo. Llegará cuando una generación entienda que las instituciones también son su responsabilidad.
Hoy tenemos una decisión frente a nosotros: seguir viendo cómo otros definen nuestro futuro o asumir el compromiso de recuperarlo. Porque una sociedad que defiende sus aulas defiende su democracia. Y una generación que recupera su educación tiene la capacidad de recuperar su país.
¿Queremos arrepentirnos o enorgullecernos? ¿Ser “víctimas” o protagonistas de una sociedad diferente? Hace tiempo que estas preguntas me habitan. Hoy te las dejo a ti, con la esperanza de que les hagas espacio en tu mente y en tu corazón.