Muchos personajes han probado ese poder y los obsesiona. Se vician y ciegan. “El poder tiende a corromper. El poder absoluto corrompe absolutamente”, decía Lord Acton, historiador inglés.
El rey francés Luis XIV hizo famosa la frase “el Estado soy yo”, con la cual dejó claro hasta dónde alcanzaba su autoridad; de hecho, lo consideraba un derecho divino. Por eso, el poder es peligroso.
La lista de tiranos es larga y podrían escribirse cientos de páginas de cada uno de ellos. Como ejemplo se encuentran Polícrates —tirano de Samos— y Alejandro Magno, conquistador de Asia Menor, Egipto y Babilonia. Hacía asesinar a sus enemigos y, en cierta ocasión, solo por capricho, ordenó destruir la ciudad de Persépolis.
Este oscuro catálogo se engrosa con los emperadores romanos Julio César, Augusto o Nerón; en Asia han actuado Atila, último caudillo de los hunos, y Gengis Khan, fundador del imperio mongol. En América, los españoles Pedro de Alvarado y Hernán Cortés fueron de los que encabezaron la liquidación de poblaciones enteras. También es escalofriante el proceder del emperador francés Napoleón Bonaparte, conquistador de Italia, Prusia, Austria y la península Ibérica. Aunque su trato podía ser amable y encantador, era impío con sus enemigos. Por no poder alimentar a tres mil prisioneros turcos en Jaffa, prefirió ejecutarlos. Además, tenía nulas consideraciones con sus propios hombres cuando caían heridos.
En el siglo XX aparecieron muchos más: Joseph Stalin, Benito Mussolini, Francisco Franco, Mao Zedong, Nicolae Ceaucescu, Robert Mugabe, Pol Pot, Idi Amin Dada, Hosni Mubarak, Than Shwe, Zine El Abidine Ben Ali, Sadam Hussein, Slobodan Milosevic y Muamar al Gadafi. Todos ellos mandaron asesinar a miles de personas porque se oponían a sus regímenes o por su odio hacia etnias específicas. De los crímenes por cuestiones raciales, por supuesto, figuran los alemanes nazis liderados por Adolf Hitler.
Corea del Norte, desde 1948, ha sido gobernada por una tríade dinástica comunista: Kim Il-sung, Kim Jong-il y Kim Jong-un. En Latinoamérica también los ha habido. El horror se ha presentado mediante las figuras de Augusto Pinochet (Chile), Anastasio Somoza (Nicaragua), Rafael Videla (Argentina) y Fidel Castro (Cuba). En Guatemala se ha sufrido por la tiranía de Manuel Estrada Cabrera, Jorge Ubico y Efraín Ríos Montt.
Nicolás Maquiavelo (1469-1527), autor de El príncipe y Del arte de la guerra, decía: “Solo un Estado fuerte, gobernado por un príncipe astuto y sin escrúpulos morales, puede garantizar un orden social justo que frene la violencia humana”. Por tales resoluciones maquiavélicas —de su nombre se originó esa palabra—, muchos historiadores lo consideran el autor intelectual de la dictadura y el totalitarismo, conceptos que, cuando se han llevado a la práctica, han horrorizado al mundo.
Nerón, el maldito
El último emperador de la dinastía Julio-Claudia, Nerón, ha pasado a la historia como un ser depravado y violento. Gobernó entre el 54 y el 68 d. C. Diversas fuentes lo califican de ególatra, tirano, monstruo o “la escoria del populacho”. Se le relaciona con el envenenamiento de Claudio, su padre adoptivo. Se cree que tuvo relaciones incestuosas con Agripina, su madre, cuya muerte se piensa que él la ordenó.
Asesinó a su hermanastro Británico; a su primera esposa, Octavia, hija de Claudio, y en un ataque de furia, pateó hasta la muerte a su segunda mujer, Popea, que se encontraba en avanzado estado de gestación. Al final de su reinado, se unió con el joven liberto (esclavo liberado) Esporo, al que castró.
Desencadenó, asimismo, la primera persecución contra los cristianos y disolvió varias conspiraciones del Senado con venganzas de sangre; en esos hechos murieron el poeta Lucano y el filósofo, político y escritor Séneca.
Fue acusado del incendio que asoló Roma en el año 64, supuestamente para llevar a cabo un ambicioso plan urbanístico. Nerón, además, acusó a los cristianos, cuyos integrantes fueron condenados a ser devorados por las fieras, crucificados y quemados vivos.
En la tradición hebrea, Nerón aparece como el impío instigador de la revuelta judía que se saldó con la destrucción del Templo de Jerusalén en tiempos de Vespasiano, emperador entre el 69 y el 79.
Las primeras fuentes clásicas sobre Nerón son los escritos de los historiadores Tácito y Dión Casio, así como la obra del biógrafo Suetonio, Vidas de los doce césares. Sin embargo, ninguno de ellos fue testigo de los acontecimientos y quizás suprimieron información que podría poner al emperador en situación más favorable, pues dieron por realidades cuestiones que tal vez solo eran conjeturas.
El precio de la verdad
La Iglesia Católica ha tenido capítulos oscuros con tal de conseguir el poder. Muchos pontífices tomaron terribles decisiones, incluso criminales, en nombre de la fe. Ahí está el ejemplo de la Santa Inquisición. “Durante la Edad Media se celebraban los ‘Juicios de Dios’ para determinar la culpabilidad de un acusado. Bajo la premisa ‘Dios conoce la verdad y defenderá a quien esté de su parte’, se torturaba al acusado. Si era inocente, Dios lo ayudaría, y el acusado podría resistir el tormento. Pero si era culpable, no tendría ayuda divina y acabaría desfalleciendo y confesando”, escribió el historiador Alec Mellor en su libro La tortura. Estos eran los procedimientos aplicados por la Santa Inquisición, que tuvo varias etapas, desde 1184 hasta su abolición, a principios del siglo XIX.
Voltaire, en 1765, calculó que el cristianismo había dejado hasta entonces 12 millones de muertos en guerras de religión, cruzadas contra infieles y caza de herejes y de brujas. En el 2000, el papa Juan Pablo II pidió perdón en nombre de la Iglesia Católica por los abusos cometidos durante esa dolorosa etapa.
La instauración de dogmas también ha sido controversial. Un ejemplo es el de la infalibilidad papal; es decir, que Su Santidad nunca se equivoca. El teólogo suizo Hans Kung, antiguo catedrático universitario de Joseph Ratzinger —el papa emérito Benedicto XVI—, escribió acerca de ello en su libro ¿Infalible?, el cual le valió la censura del Vaticano. Otro libro se llama Cómo el papa llegó a ser infalible: fuerza y debilidad de un dogma, del también teólogo August Bernhard. Tal cuestión se originó en el Concilio Vaticano I, cuando Pío IX era el jerarca de la Iglesia (1846-1878). Pese a ello, esa infalibilidad no siempre fue vista con buenos ojos por los mismos pontífices. En 1324, el papa Juan XXII, mediante la publicación de una bula, calificó tal dogma como “doctrina del diablo”.
Otro caso eclesiástico que ilustra la búsqueda del poder es el de Gregorio VII, quien emitió el texto Dictatus papae (1075), en el cual decía que “únicamente del Papa besan los pies todos los príncipes”, que solo a él le compete deponer emperadores y que sus sentencias no deben ser reformadas por nadie, excepto por él.
En cuanto a la infamia pontificia se cita el caso de Esteban VI, papa entre el 896 y el 897. Poco después de su ascensión, ordenó desenterrar el cadáver de su predecesor, el papa Formoso, que llevaba nueve meses bajo tierra. Al sacarlo lo ataviaron con lujosos trajes imperiales y lo sentaron en un pequeño trono para someterlo a juicio; se le acusaba de “haber aceptado ser papa” cuando fue elegido para ello.
Esteban VI sentía odio porque Formoso lo había nombrado obispo de una diócesis alejada de Roma, situación que lo excluía de la siguiente elección, según las normas de entonces.
Así, pues, el cuerpo en descomposición fue declarado culpable. Le amputaron los tres dedos de la mano derecha, los cuales, en vida, utilizaba para firmar y dar bendiciones. Lo despojaron de sus ropas —solo le dejaron el cilicio— y lo arrojaron al río Tíber. La venganza de Esteban VI había sido consumada.
Este hecho se conoce como el “Concilio cadavérico” o el “Sínodo del cadáver”.
La vida de Esteban VI terminó mal: fue encarcelado y estrangulado. Teodoro II, uno de sus sucesores, rehabilitó a Formoso, recuperó el cuerpo del río y le concedió un solemne entierro.
Colón, el tirano
El 12 de octubre de 1492, el navegante Cristóbal Colón desembarcó en América y se le atribuyó su descubrimiento. En los años venideros se erigieron monumentos en su honor en todo el mundo. Incluso, en Guatemala hay uno en la Avenida de las Américas —entre 1930 y 1943 estuvo en el Parque Central—. En las instituciones educativas de este país, asimismo, se le pinta como un héroe. Colón, en realidad, era un tirano que toleró e impulsó crímenes de lesa humanidad. Aquellos primeros españoles en América emplearon métodos de extrema violencia con los nativos, como cortarles las manos, arrojar a los recién nacidos a los perros, y organizar competencias con el fin de descubrir quién de ellos tenía mayor habilidad para seccionar en dos partes el cuerpo de un individuo de un solo sablazo. Estos hechos están compilados en el libro Pox: Genius Madness and the Mysteries of Syphilis, de la estadounidense Deborah Hayden.
Los tiranos han actuado con total desfachatez a lo largo de la historia. Lo que mantiene ocupados a muchos sociólogos y antropólogos es encontrarle respuesta a este problema: si estos personajes son tan insensatos y crueles, ¿cómo es que las sociedades los dejan llegar al poder?
Tiranos guatemaltecos
Así son considerados muchos exgobernantes del país. Aunque son admirados por algunos; otros los tachan de inescrupulosos. En esa lista están Rafael Carrera, Justo Rufino Barrios, Miguel García Granados y Lucas García.
Uno de los más famosos es Manuel Estrada Cabrera, nacido en Quetzaltenango el 21 de noviembre de 1857. La misma noche en que asesinaron a José María Reyna Barrios, su predecesor, se presentó en el Palacio de Gobierno y dijo: “Señores, háganme favor de firmar este decreto. Como primer designado, me corresponde la Presidencia”. Así se hizo. No se fue del poder hasta 1920, cuando fue declarado mentalmente incapaz para ejercer el cargo. Los guatemaltecos lo soportaron por 22 años.
Jorge Ubico es otro ejemplo de gobierno dictatorial. Nació el 10 de noviembre de 1878. Llegó a la presidencia en 1931. Simpatizaba con el fascismo italiano, el nacionalsocialismo alemán y por la tiranía del general español Francisco Franco.
Declaró la Ley Contra la Vagancia. Esta hacía que todos los guatemaltecos contaran con un documento de identificación, autorizado por el patrono, el cual hacía constar que tenía trabajo. Si no era así, podía ser obligado a efectuar trabajos forzosos en dependencias estatales.
Ubico cayó en 1944 y le dejó el poder a Federico Ponce Vaides, un aprendiz de dictador, quien apenas tardó en sus funciones. En ese entonces, nació la Revolución de Octubre.
Otro caso de tiranía es el del general José Efraín Ríos Montt, quien ha sido calificado como uno de los máximos criminales latinoamericanos. Ahora enfrenta juicio por 17 masacres perpetradas en el área ixil, en Quiché, durante su mandato (del 23 de marzo de 1982 al 8 de agosto de 1983).
Catástrofe de la Alemania nazi
El mundo moderno se manchó de sangre durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Algunas fuentes calculan que hubo hasta 60 millones de muertos.
Esta catástrofe la inició la Alemania nazi liderada por Adolf Hitler, uno de los más terribles tiranos recordados en la historia. Hitler sostenía un programa racista y expansivo: “El judío es y sigue siendo el enemigo del mundo”, escribió en 1927 en la publicación Völkischer Beobachter. En su discurso, asimismo, expresó los resentimientos que abundaban en la Alemania de Weimar, construyó un partido de matones y conquistó el poder absoluto. La violencia rodeaba su política. “Lo que importa no es la virtud, sino la victoria. Actúen brutalmente”, dijo días antes de empezar la contienda.
En el entorno del Führer había gente igualmente cruel: Heinrich Himmler, jefe de los escuadrones de las SS (Schutzstaffel, el ejército personal de Hitler), más tarde ministro del Interior y máximo gestor de la llamada “Solución Final al problema judío”; Adolf Eichmann, responsable del exterminio de judíos en Polonia y del transporte de detenidos a los campos de concentración; Josef Mengele, conocido por sus experimentos médicos entre los internos de esos campos, entre ellos intentar cambiar el color de los ojos de los niños inyectándoles productos químicos, o coser a dos gemelos para convertirlos en siameses; Joseph Goebbels, ministro de Propaganda y después ministro plenipotenciario para la Guerra Total; Reinhard Heydrich, jefe de la Gestapo —Policía Secreta—; Ernst Röhm, jefe de la Sturmabteilung (SA), un violento grupo paramilitar. Pocos jerarcas nazis se sentaron en el banquillo de los acusados, pues muchos murieron durante la guerra, se escondieron en otros países o se suicidaron.