Atrévase, profe, ya no les diga solo que Asturias era un gran escritor que se murió: invítelos a pensar por qué su legado está vivo.
Tampoco les diga que es un clásico, porque esas son las obras de las que todo mundo habla, que figuran en las viejas y bien talladas libreras, pero que nadie lee.
¡Oiga, maestra, una pregunta! ¿Por qué en lugar de dejarnos esa investigación de los ríos de África no nos deja leer una de esas novelas que nos dirán algo de las raíces, de las ramas y de los troncos de este país?
Reedición
La Biblioteca Miguel Ángel Asturias, editada por F&G, será presentada en julio próximo en la Feria Internacional del Libro. “La Agencia Literaria Carmen Balcels, que administra la obra de Asturias, nos preguntó si estábamos interesados en publicar su obra y por supuesto que dijimos que sí. La idea básicamente es tener ediciones dignas, a la altura del autor, y por otra parte realizar un trabajo permanente de promoción de su obra. A pesar de ser nuestro Nobel de Literatura, en el país su obra sigue siendo prácticamente desconocida. Esperamos llegar a los guatemaltecos interesados en la literatura nacional. A un precio bastante accesible, esperamos cubrir en primera instancia la limitada demanda escolar. Pero no tienen los limitados cuestionarios que suelen tener las “ediciones escolares”, que más bien limitan la lectura de la obra asturiana”, dice Raúl Figueroa, director de la editorial.
Hombres de maíz
“La nana, madre de los Tecún, parecía salir de muchos años y trabajos. De años sucios de chilate de maíz amarillo, de años blancos de atol blanco con granos de elote, uñas de niños de maíz tiernito, de años empapados en los horrores rojos de los puliques, de años tiznados de humo de leña, de años destilando sudor y dolor de nuca, de pelo de frente que se arruga y bolsa bajo el peso del canasto cargado en la cabeza. Encima, arriba, el peso.
Años y trabajos pesan en la cabeza de los viejos, hundidos de los hombros, vencidos hacia adelante, con un medio doblez de las rodillas que los mantiene como si fueran a caer arrodillados ante las cosas de su fervor.
La nana, madre de los Tecún, la vieja Yaca que andaba con la mano color de palo quemado sobre el estómago, desde el embrujo del grillo que le dio aquel hipo mortal, choco los ojos chiquitos de culebra contra la sombra húmeda del aire, al asomar con la otra mano el hachón de ocote encendido para mirar quién o quienes llegaban de madrugada”. (Comienzo del capítulo IX)
El señor presidente
El auditor de Guerra acabó de tomar su chocolate de arroz con una doble empinada de pocillo, para beberse hasta el asiento; luego se limpió el bigote color de ala de mosca con la manga de la camisa y, acercándose a la luz de la lámpara, metió los ojos en el recipiente para ver si se lo había bebido todo. Entre sus papelotes y sus códigos mugrientos, silencioso y feo, miope y glotón, no se podía decir, cuando se quitaba el cuello, si era hombre o mujer aquel Licenciado en Derecho, aquel árbol de papel sellado cuyas raíces nutríanse de todas las clases sociales, hasta de las más humildes y miserables. Nunca, sin duda, vieran las generaciones un hambre tal de papel sellado. Al sacar los ojos del pocillo, que examinó con el dedo para ver si no había dejado nada, vio asomar por la única puerta de su escritorio a la sirvienta, espectro que arrastraba los pies como si los zapatos le quedaran grandes, poco a poco, uno tras otro, uno tras otro.
¡Ya te bebiste el chocolate, dirés!
¡Sí, Dios te lo pague, estaba muy sabroso! A mí me gusta cuando por el tragadero le pasa a uno el pusunque”. (Capítulo XIX)
Leyendas de Guatemala
“Dos montañas movían los párpados a un paso del río: La que llamaban Cabrakán, montaña capacitada para tronchar una selva entre sus brazos y levantar una ciudad sobre sus hombros, escupió saliva de fuego hasta encender la tierra. Y la incendió.
La que llamaban Hurakán, montaña de nubes, subió al volcán a pelar el cráter con las uñas. El cielo repentinamente nublado, detenido el día sin sol, amilanadas las aves que escapaban por cientos de canastos.
En las tinieblas huían los monos, quedando de su fuga el eco perdido entre las ramas. Como exhalaciones pasaban los venados. En grandes remolinos se enredaban los coches de monte, torpes, con las pupilas cenicientas. Huían los coyotes, desnudando los dientes en la sombra al rozarse unos con otros, ¡qué largo escalofrío…! Huían los camaleones, cambiando de colores por el miedo; los tacuazines, las iguanas, los tepescuintles, los conejos, los murciélagos, los sapos, los cangrejos, los cutetes, las taltuzas, los pizotes, los chinchintores, cuya sombra mata. Huían los cantiles, seguidos de las víboras de cascabel.
Mulata de tal
Yumí volvió a casa con dos atados de leña, pujido va y pujido viene, y tan pronto como estuvo en el rancho y vio que Niniloj lo miraba descargar, deshízose en peores quejas, abriendo y cerrando la boca como si no alcanzara aire y al mismo tiempo como queriendo eructar un eructo seco que no le salía, que solo aumentaba, por los esfuerzos para desprenderse de él, el dolor de cabeza, de las sienes que le saltaban en pedazos, todo fingido, pero tan bien fingido que al final casi sintió los dolores, la basca, la salivosidad, los retortijones y los sesos que se desprendían con todo y los huesos del cráneo.
Niniloj, habilidosa como pocas en eso de curas de empacho, corrió a buscar aceite de la lámpara del Santísimo para sobarlo, bien apenas puso sus trigueños dedos en el vientre de su marido, Yumí lo endureció y dio de gritos, igual que si lo tocara con fuego.
—¡Todo lo que hay en la casa es tuyo, pero corré por el alguacil, un soldado y el compadre! (Capítulo II)