Llegué a la escuela y me avisaron que tenía una llamada telefónica. Al tomarla y presentarse el interlocutor, tardé varios segundos en reaccionar. En la oficina del establecimiento, como en muchos más de Estados Unidos, cuelga una foto de quien me hablaba. Era Arne Duncan, ministro de Educación del país y me notificaba que figuraría entre los cuatro maestros que por su trayectoria ese año el Gobierno iba a reconocer durante la semana dedicada al docente, en mayo del 2012. La llamada duró 12 minutos. No tenía idea de tremenda sorpresa. Duncan me preguntó por la escuela y los estudiantes, también me felicitó y agradeció por el trabajo que hacía en la comunidad de East Palo Alto, en California.
¿Qué sucedió luego de esa mención nacional?
Fueron casi tres meses de locura. Estamos acostumbrados a recibir la visita de pedagogos interesados en los métodos de enseñanza que usamos. Uno de ellos lo diseñé yo y se emplea para acompañar a los padres de familia durante la educación de sus hijos. Lo voy adaptando de acuerdo con las necesidades de la comunidad. Pero los meses inmediatos al premio fueron de varias menciones en la radio, periódicos, videos y fotos en medios locales y en la Universidad Stanford, a la cual pertenece la escuela donde trabajo. A las visitas ya no le presentaban a la maestra Mirla Barco, sino a la laureada por el ministro de Educación. Fue como ser una estrella de rock. Es un bello reconocimiento y causalidad, cuando se toma en cuenta que en la academia todos los maestros trabajamos con la misma pasión por nuestros alumnos.
¿En qué consiste ese trabajo con la comunidad?
Es básicamente un acercamiento con los padres de familia. El alumnado de nuestra escuela está integrado en un 80 por ciento por latinos, 10 por afroamericanos y el resto procede de islas del Pacífico, como Tonga, Samoa y Fiji. Algunos patrones de sus países de origen se replican, como dar por satisfecho que sus hijos completen el High School —similar al grado de diversificado— y así obtener un empleo y aportar a la economía familiar. No se trata tanto de que valoren la educación, pues muchos reconocen su importancia, sino de su continuidad y formación en la universidad. Nuestra comunidad, como otras, está expuesta a violencia, pobreza o pandillas, por lo cual es importante que los hijos tengan éxito en sus estudios, lo cual se logra involucrando a sus padres.
¿Cómo se consigue esa participación?
Tratando de eliminar todas las barreras posibles. Si a los padres, por razones de transporte u otro factor, se les dificulta llegar a la escuela, entonces el maestro va a sus casas y allí se imparten los talleres que ayuden a comprender que son piezas claves para el éxito estudiantil de sus hijos. También se les proporcionan herramientas para que puedan monitorear el rendimiento de sus hijos, a través de los recursos en línea de la escuela. En muchos casos se les enseña a abrir una cuenta de correo electrónico y a utilizar internet. La información es también poder y, por cuestión generacional, los hijos suelen aventajar a los padres en este tema. Se da entonces una inversión de papeles y son los papás los que aprenden de sus hijos. El escenario se aprecia también en la comprensión del inglés. De las ocho promociones que he visto graduarse, ya hay abogados, arquitectos, enfermeras y maestras.
Le apasiona la docencia, ¿la ejercía antes de dejar Guatemala?
No. Llegué a Estados Unidos en enero de 1982. En Guatemala no trabajé de maestra. Al morir mi padre, cuando tenía 12 años, los hermanos mayores de la familia comenzamos a trabajar para ayudar a mi madre y sostener el hogar. Yo soy la octava de 15 hijos. Mi último empleo fue en uno de los restaurantes Rosti Pollo Chapín, el que quedaba en la zona 9, por el monumento a Tecún Umán. No notaba que la situación en la casa cambiara mucho aunque trabajara, incluso más de 12 horas diarias. La visita de una conocida fue decisiva. Ella me contó que laboraba limpiando casas en Estados Unidos y ganaba de $30 a $40 por día. Al partir, intercambiamos direcciones postales y ella, por amabilidad, me invitó a visitarla. No olvido su expresión cuando me vio en la puerta de su casa. Pasé casi seis meses sopesando la idea de dejar el país. En todo ese tiempo en mi cabeza hice números y en medio de la violencia de aquella década, opté por viajar. Pedí en la empresa la liquidación y con ese dinero contraté a un coyote que me condujo hasta Baja California.
¿Cómo fue el proceso de incorporarse a un nuevo país?
La primera semana me hospedó mi conocida y me ayudó a buscar empleo. Una mañana, al leer el diario, me dijo que en una casa se buscaba una empleada para ocuparse de los quehaceres y un requisito fundamental era que hablara español. “Soy la indicada”, pensé. La señora que me entrevistó fue muy amable. A los tres días me confirmaron en el trabajo, en el que limpié y también cuidé niños. En 1986 se me metió la espinita por seguir estudiando. Siempre he sido muy curiosa. La familia con la que trabajaba y con la que aún vivo, me motivó mucho. Consideraba que no era la típica empleada y me permitieron combinar el horario de trabajo con mis estudios. Así fue como terminé el High School, al dejar Guatemala tenía solo el sexto grado de primaria. Mi promedio de notas me ayudó a conseguir becas y así fue como completé estudios superiores en la St. Joseph State University: una licenciatura en Psicología Clínica y dos maestrías: una en Español y Literatura; la otra en Pedagogía. Además, cuento con estudios de posgrado en la Universidad de Stanford.
¿Cuál fue el primer empleo en su campo profesional?
Me independicé en 1994, luego de mi licenciatura. Trabajé cinco años en una clínica de niños con problemas de aprendizaje. Después, por un chiripón, tomé la entrevista laboral que una amiga descartó para una escuela que estaba por inaugurarse. Hablé con el director y a las tres horas me confirmó en la East Palo Alto Academy, fundada por la Universidad Stanford. Es en este centro donde he laborado los últimos 11 años. Cuenta con 275 estudiantes. Doy clases de español pero también imparto diversos cursos, la mayoría ligados a Humanidades. Empleamos un método que apuesta por la educación cooperativa e integrando la tecnología, el arte, la música, el baile, el teatro y un constante movimiento en los objetivos pedagógicos del día. Son los alumnos los que hablan, discuten, analizan y crean. Yo no me veo como la maestra impositiva del siglo pasado, soy una facilitadora. La escuela no es para mí un trabajo, me encanta. Es mi casa y siento una gran pasión por lo que hago.
Y también le encanta la literatura, en particular la guatemalteca contemporánea.
Soy profesora invitada cada trimestre en la Universidad Stanford, y por dos o tres días doy clases. Como me interesa mucho el arte y literatura guatemalteca contemporánea, incorporo libros de autores guatemaltecos en mis cursos. La antología Ni hermosa ni maldita (Alfaguara) es un texto del programa de la universidad. El próximo libro que leerán es El Elegido, de Rafael Romero (Alas de Barrilete). También he contado con autores invitados: Juan Pensamiento Velasco y Eduardo Villalobos. Cuando se presenta la oportunidad, ya que son muy pocos los casos, soy mentora de estudiantes de magisterio de español que acuden a la escuela para sus prácticas.
El premio nacional que en el 2012 recibió Misla en Estados Unidos, trascendió por ser la única latina de los cuatro maestros reconocidos. “Son contadas las veces que a nivel nacional se da ese reconocimiento a una maestro de español, y más a una que enseña el idioma a los hispanohablantes”, indica la guatemalteca.
La Universidad Stanford, en septiembre del mismo año, también la reconoció por su trayectoria junto a otros cuatro docentes de los diferentes planteles a su cargo.
“Esa noche es de las más especiales de mi vida. En el estadio donde fue el acto había 45 mil personas y fue grato saber que allí estaba mi familia, mis estudiantes y colegas, mi gente. Fue muy especial. Este tipo de reconocimientos sin duda motivan a seguir en la lucha”, asegura.
El próximo 10 de julio, Misla visitará Guatemala en compañía de sociólogos de la Universidad Nacional Autónoma de México, elaborarán un documental acerca de la pedagogía que se utiliza en el centro educativo Los Patojos, en Pastores, Sacatepéquez.
“Con Juan Pablo Romero, el fundador, compartimos la misma filosofía por la educación y creemos en la equidad. Los expertos mexicanos están interesados en conocer su metodología y ver qué pueden adaptar de ella”, agrega Barco.
PERFIL
Llegó en 1982 a Estados Unidos, a los 21 años y con 6o. primaria. Cuatro años después retomó sus estudios. Ahora tiene dos maestrías.
Está en contacto con la literatura contemporánea de Guatemala.
Fue premiada por su proyección comunitaria y docente.