Semana Santa

Anécdotas: de todo puede pasar en un cortejo procesional

Enjambres de vendedores, cucuruchos con tenis, peleas entre mujeres. Todo puede suceder alrededor de un cortejo procesional.

Las celebraciones de Cuaresma y Semana Santa están llenas de contrastes. (Foto: Hemeroteca PL)

Las celebraciones de Cuaresma y Semana Santa están llenas de contrastes. (Foto: Hemeroteca PL)

Amén de la reverencia, fe o penitencia, muchos vamos a las procesiones de Semana Santa para aprender de la cultura, el arte… o de la demás gente. ¡Qué irreverencia!, pero cultura es también todo lo que pasa alrededor de un rito.

Y es que en las procesiones confluye todo tipo de gente, y uno se coloca a la par de quién sabe qué fulano o fulana. Si le va bien, entabla plática sobre cosas sin trascendencia, como el Sol, la Luna, los nubarrones grises o los patojitos que venden chupetes. Caso contrario, uno se queda como quieto, observando a los que comen elotes o algodón, uno que otro minusválido en silla de ruedas, y algún cucurucho que abraza a la novia.

El Sol quema como brasa, mientras algunos abren sombrillas de colores. Otros menos afortunados se tapan con sombreros de papel o simplemente soportan los rayos inclementes.

La procesión de las ventas encabeza los cortejos cada Semana Santa. (Foto: Hemeroteca PL)

La primera procesión que se ve es el enjambre de comerciantes, hombres, mujeres y niños que anteceden el paso de nazarenos, dolorosas o cristos yacentes.

Cada año se suman negocios nuevos, porque como decimos en Guatemala: “Dios da para todos, sin arrebatar”.

Así, adelante, y ocupando cuadras de cuadras, se presencia el paso de máquinas de hacer algodón, mujeres que empujan carromatos con fábricas ambulantes de poporopos, las cuales han modernizado colocándoles plantas generadoras de electricidad y reflectores; también se incluye a pequeños empresarios que comercializan velas con formas de cucuruchos antigüeños, vendedores de trigo, de empanadas asoleadas, refrescos enlatados, hielo, agua pura, y todo un supermercado de cosas para hacer más placentera la estadía en las banquetas.

Hace algunos años, ni soñar con los vendedores de pizza. Hoy, es usual comprarla, además de otras golosinas, en las procesiones.

Ni qué decir de los vendedores de granizadas. Raspar y raspar el hielo ya pasó a la historia, porque los graniceros se han modernizado. Ahora, se pueden adquirir granizadas de leche condensada, de jugo de tomate con sabor a ostras o cebiche, por mencionar algunos.

Vivencias, vivencias

Unidas a estos almacenes y mercados rodantes corren parejo las anécdotas deliciosas, entretenidas o picantes vividas en estos hermosos cortejos. De ese inventario rescato algunas, y aunque no menciono fechas exactas, sí protagonistas y lugares. Solo haría falta un mapa, pero lo dejo a la imaginación de los lectores.

Todas estas vivencias son ciertas, y ocurrieron hace unos 20 años.

Comentarios…

Nunca falta quien haga comentarios mordaces y críticas afiladas en las procesiones. No faltan los inconformes con los que dejan su vehículo parqueado en calles donde hay rótulos de “Prohibido estacionar, paso procesional”. Hace algunos años se agregaba la sentencia “Se usará grúa”, pero el servicio se puso demasiado caro.

Los vehículos parqueados en vías procesionales han causado dolor de cabeza en varias ocasiones a las hermandades. (Foto: Hemeroteca PL)

A falta de una máquina de ésas, son los cargadores los que utilizan su fuerza muscular para mover, levantar y poner de lado, en las aceras, muchos automóviles. ¡Imagine el coraje de los propietarios, cuando al volver encuentran sus vehículos casi empotrados en las paredes de las casas!

¿Coches en la procesión?

“A quién se le ocurre poner coches en la procesión”? —dijo enfadada una señora, cuando lo primero que vio al asomarse las andas de Jesús del Consuelo, aquel Sábado de Ramos, fue la figura de papel mashé de un enorme cerdo café. Claro, era parte de la alegoría de las andas, sobre “el hijo pródigo”, cuya representación fue colocada más atrás. Era una figura joven enlodada, en alusión al estado de pecado de aquel ingrato al que se le hacía “agua la boca” al ver a los cerdos comerse las bellotas.

El uso de plexiglás en los adornos fue una tendencia durante algunos años. En la foto el Santo Entiero de la Recolección, viernes santo 1992. (Foto: Hemeroteca PL)

¿Y cómo olvidar cuando se puso de moda el plexiglás? Un año antes de esa Semana Santa había llovido a cántaros, y dos yacentes que iban totalmente descubiertos se mojaron. Al año siguiente, el Señor Sepultado del Calvario iba encerrado en un cajón de este grotesco material. Era mejor prevenir, y soportar los tijeretazos de la censura.

Lentes, celulares, horquillas….

En las cartulinas de los turnos se lee con letra clara y gruesa: “Prohibido cargar con lentes oscuros, colas de macho, tenis o pelo largo”. Suena bonito, pero como los chapines somos tan impredecibles, dados a llevar la contraria, y por demás exhibicionistas, violamos esa sagrada disposición.

En las filas de cucuruchos no falta quienes calcen los tenis Nike o Reebok —blancos, para terminar de ajustar el cuadro—, los lentes muy grandes y oscuros, y los celulares. Y es que se dispensan las túnicas que llegan a la rodilla, las arrugas o los remiendos, pero vaya usted por allá con las llamadas telefónicas o los aretes en las orejas de los cargadores.

Los lentes oscuros, una moda extendida entre los cucuruchos. (Foto: Hemeroteca PL)

A pesar de muchas advertencias, siempre habrá más de uno que desentona, como un “devoto” cargador que quiso llevarse de recuerdo una de las horquillas, pero los directivos no lo dejaron (la compra del turno no tiene horquilla incluida).

Un amigo mío recolectaba anécdotas de Semana Santa, y las relataba con mucha hilaridad. Me contó que un Viernes Santo él vio cómo las andas del Sepultado de Santo Domingo se orillaban peligrosamente, sin que el timonel pudiese hacer algo. Él pensó “¡esta procesión va a encallar!” Su sorpresa fue que los que cargaban ese turno tenían la vista al cielo… pero viendo la ropa interior de tres turistas que estaban en el balcón del segundo piso de un hotel.

Líos, pleitos y prepotencia

Imagine que se dirige con todo fervor a presenciar las procesiones. Cada espacio que ocupan los pies en las aceras, bordillos y cruce de calles “tiene dueño”. Recuerdo cuando un Viernes Santo se pelearon dos señoras en la 20 calle de la zona 1, todo por el “derecho de piso de plaza”. Una alegaba haber llegado antes al lugar, y que la otra era “invasora”. La segunda no soportó el insulto y se le lanzó con uñas y todo. La primera, ni lenta ni perezosa, le estrelló un banquito de madera en la cara… ¡Cómo le habrá dolido! Pero más le dolió el orgullo.

¿Cómo olvidar los que parecían eternos líos entre hermandades? Sobre todo el Viernes Santo, cuando los de Santo Domingo pedían “por derecho de antigüedad” el paso por la 6a. calle y 5a. avenida. Hubo un año en que los de la Reco casi se lidian a golpes con los cuatricentenarios de Santo Domingo. Aquello era un barullo, hasta que alguien pensó con lógica, y cambiaron el recorrido de ambos cortejos procesionales.

Y para hablar de prepotencia, recuerdo también que en un año los de Candelaria casi condenan a la hoguera a cargadores que vestían pantalón de lona debajo de la túnica. Al mejor estilo de los inquisidores, iban levantándole la túnica a los varones, para confirmar si llevaban pantalones de color oscuro.

Aunque parecieran que visten igual, los trajes de los cucuruchos siempre tienen diferencias. (Foto: Hemeroteca PL)

Haciendo gala de autoridad, un adolescente regordete amenazaba a los incautos cargadores “enlonados” con que al año siguiente ya no cargarían. Para intimidar más, hacía garabatos en una hoja colocada en una tabla de Shannon. “¡Vaya!, pensé, este se parece a los agentes de Emetra. Solo le faltó ponerles cepo en los pantalones. ¡Es que estás en la procesión de Candelaria!, alegaba un amigo mío, fiel defensor de las sagradas normas.

¿Y qué hay de los enojos familiares, cuando la esposa que carga un bebé en brazos no se da prisa? El marido casi la arrastra con todo y la mochila de las pachas. Con lo difícil que es salir de casa con toda la familia, para luego soportar torpezas. Y el esposo podría enojarse más si a los patojos se les antojan chucherías.

Después del enfado, vienen las lágrimas. El más chico llora porque le ampollan los zapatos o le asustan los penitentes y los romanos. La mujer solloza porque ha recibido la reprimenda del marido. La suegra se queja del maltrato y amenaza con no salir más con el “mal hombre”. En fin, mientras uno espera el paso procesional escucha todo tipo de discursos.

Una procesión peculiar

¿Alguien recuerda la procesión de Viernes Santo del padre Chemita? ¿Dónde él conseguía a la gente que cargara a Jesús y la Virgen desde el barrio de La Palmita hasta el Centro Histórico? Durante muchos Viernes Santos, Chemita trajo a Jesús de la Esperanza hasta la Catedral, y va de vuelta.

La procesión del padre Chemita con sus romanos a caballo. Viernes Santo 1983. (Foto: Hemeroteca PL)

Recuerdo bien que los soldados del Mariscal Zavala le echaban una mano, y cuadras de cuadras de turnos. “Es que ellos sí aguantan”, decía mi hermana. ¡Claro, si todos los cucuruchos se volcaban a cargar a Jesús de La Merced, y esta procesión de barrio pasaba a segundo plano.
Ahora, los vecinos de la zona 5 mejor procesionan a Jesús Nazareno de la Esperanza en las calles de La Palmita.

De lluvia torrencial, fuego y sabotajes

No es extraño que llueva en Semana Santa, en especial el Viernes Santo, como tampoco se descarta que haya Luna llena. Lo que no es usual es un chaparrón el Sábado de Ramos (bautizado después por los recoletos como “Sábado del Consuelo”).

Ni Jesús del Consuelo se libró de los torrentes aquel sábado de abril del 2003. Recuerdo que las andas representaban la octava estación del vía crucis. De las mujeres, las azucenas de papel y el musgo, solo quedaron vestigios y destrozos causados por el viento y el granizo. La lluvia hizo añicos el adorno, y los focos estallaron al contacto del agua. No hubo tales de seguir el orden del recorrido. Jesús y sus acompañantes corrieron empapados de regreso a La Recolección. Ni las partituras de los músicos se libraron del chubasco.

Las alfombras quedaron reducidas a puñados de aserrín descolorido, y corrían ríos de “añelina”. Aquel día, quienes no se habían bañado recibieron una ducha gratuita. Lo más lamentable fue que la hermandad de Jesús se inculpaba por no haber “cargado el nailon para cubrir la imagen”.

La lluvia ha sorprendido en numerosas ocasiones a las procesiones. (Foto: Hemeroteca PL)

El Soberano Señor de los Milagros, del templo de San José, tampoco se ha librado del clima. Aquel adorno hermoso con nubes y ángeles anunciando el reino casi queda reducido a cenizas un Domingo de Ramos. Una inmensa cúpula vaticana quedó averiada por las llamas. ¿La causa? Una chispa desprendida de los cables de alta tensión en el Parque Colón.

Ese día, las capas de los romanos sirvieron de extintores, y las coronas de difunto y las flores de Funerales Mancilla suplantaron las elaboradas nubes de algodón y tarlatana.

No han faltado los sabotajes, venidos —decían— de sectas empeñadas en evitar los cortejos procesionales. Pelar cables no es una expresión tan metafórica un Viernes Santo, cuando los jinetes del Apocalipsis de las andas del Señor Sepultado de Santo Domingo se quedaron a oscuras. Alguien había cruzado y pelado los cables de la iluminación, para que al encenderse ¡ffaff! ocasionaran un cortocircuito.

Como buen país de rumores, se corrió “la bola” de que los culpables habían sido los protestantes. Hasta ahora, ningún grupo, secta, iglesia, o lo que sea, se adjudicó el atentado. Puros chismes.

Y seguimos con Viernes Santo. ¿Y qué hay del incidente de la custodia de Santo Tomás? Por mera pompa, la Hermandad de Santo Domingo colocó en las andas del Cristo del Amor este valioso relicario utilizado en los jubileos de octubre. Lo lamentable fue que al primer movimiento de los cargadores… ¡cataplum! se vino al suelo el inmenso sol de la custodia, y solo quedó Santo Tomás con los brazos al aire, en ademán de buscar algo en el vacío. Imaginen el bochorno… y la rabia del prior de Santo Domingo.

Igual suerte corrió un copón repleto de hostias que los encargados del adorno de Candelaria colocaron un Jueves Santo. De tanto levantón y movimiento de andas, al final el ornamento casi se desmonta.

Incidentes han sucedido en varios cortejos, lo cual ha brindado estampas inéditas. (Foto Prensa Libre: AP)

Lo que sí se desarmó fue un arco triunfal que colocaron en la procesión de Viernes Santo los directivos de La Merced. Además de los estragos de la lluvia, la armazón casi le cae encima a Jesús. El remedio fue asegurarla con alambre de amarre.

¿Y cuando el Yacente del Calvario pasaba por la Sexta Avenida, entre un mar de vallas publicitarias, rótulos luminosos y cables? Varias veces el pavimento le hizo de cargador de andas, porque los adornos eran tan altos que topaban con los anuncios de los almacenes. Y ahora que la municipalidad mandó quitar esos adefesios, la procesión ya no pasa por esa arteria; así es la vida.

Por donde sí pasan las “procesiones mayores” de la Semana Santa es frente a Catedral, donde la municipalidad coloca graderíos de madera para tener una mejor vista. Por donde ya no pasan es en la 5a. avenida, a un costado del Parque Centenario, porque la inteligencia edil mandó sembrar arbolitos y fundir unos “totopostes” de cemento.

…Y será para siempre

Y seguiría con el anecdotario, cuajado de historietas, adornos caídos, aguaceros insoportables, atrasos en recorridos, fuego, líos de hermandades y de mortales comunes, muchachitos quemados por el fuego de incensarios, aprovechados que se roban las frutas de las alfombras, y un larguísimo etcétera.

Semana Santa con su corozo, incienso ardiendo en sartenes de señoras del Centro Histórico, romanos con anteojos, palestinos pintorescos de Capuchinas, canastos de ramos “bendecidos”, tráfico infernal con sus respectivos insultos, marchas fúnebres añejas y otras nuevas no tan bellas.

En fin, es la parte picante, oculta y vivencial de esta riquísima Semana Santa, única en el mundo —con el perdón de Zamora, Valladolid o Sevilla—.