Alfred Kaltschmitt

Licenciado en Periodismo, Ph.D. en Investigación Social. Ha sido columnista de Prensa Libre por 28 años. Ha dirigido varios medios radiales y televisivos. Decano fundador de la Universidad Panamericana.

NOTAS DE Alfred Kaltschmitt

Lo veo desde arriba, arrojando humo, lodo y cenizas calientes sobre humanos y animales. Diminutas figuras con la sorpresa de la muerte súbita todavía en sus labios. De este su volcán, con el que convivían y se comunicaban, entendiendo sus retumbos, sus bocanadas de humo eructado y sus silencios de sueño dormido que de repente, se volvió loco “lanzándonos su furia como si fuésemos extraños y ajenos a su vecindario…”
Impacta el caso del niño Molina Theissen. Representa los muchos menores inocentes que murieron durante el conflicto armado interno en medio de indescriptibles sufrimientos y atrocidades.
Abiertamente señalado por los Estados Unidos como una narco dictadura, con un rechazo lapidario de 8 de cada 10 venezolanos, una hiperinflación de 13,800 por ciento; el nivel de producción petrolera más baja en 30 años; con muchos de sus ciudadanos comiendo de basureros; los hospitales en crisis, sin medicinas y en una situación tan caótica que ha generado la llamada  “gran diáspora bolivariana” calculada en el éxodo  4 millones de venezolanos, Nicolás Maduro se reelige con un anticipado “no reconocimiento” de la mayoría internacional.
Entre tuitazos, feisbucazos, editoriales, columnas, talk shows de radio, televisión y conferencias de prensa, nos movemos. Una masa ideológica amorfa en constante movimiento, tirándose a la yugular con argumentos ajenos a la centralidad de la cuestión o a la problemática de fondo.
En los próximos días el traslado de la Embajada de  Estados Unidos a Jerusalén, programado para el 12 de este mes, culmina una operación cuidadosamente planificada para darle al presidente Donald Trump importantes armas diplomáticas para la salida anticipada de los Estados Unidos del Acuerdo Nuclear de Irán.
Destacaré que al final de la vida para un político hay un balance que cuenta: el favor y el amor del pueblo. Álvaro Arzú murió admirado y con honores. El balance de su vida dentro de la actual coyuntura deja un vacío en el tablero político. Sostuvo a la patria en los momentos difíciles de su historia, incluyendo la encrucijada en la que nos encontramos hoy.
En Guatemala nadie está libre de pecado. Desde oenegeros mercenarios a empresarios mercantilistas, a sociedad civil falsaria, a politiqueros rentistas, a periodistas faferos, a burócratas corruptos, a exguerrilleros mafiosos —a jueces, magistrados, fiscales y abogados torcidos— y hasta una Cicig cuestionada con lunares feos después de 11 años. ¿Quién tira la primera piedra?
No se puede soslayar que la elección de fiscal general de la Nación en Guatemala no solo es un proceso de evaluación de competencias y capacidades, sino un evento político en el que intervienen intereses y posturas ideológicas.
Charles Dunlap, Jr., miembro del Centro Carr de Harvard, definió lawfare  como “el uso de la ley como un arma de guerra”. Suena patéticamente cierto en estos días cuando los más connotados juristas constitucionalistas de Guatemala se han pronunciado sobre el deterioro del sistema judicial, en especial, la Corte de Constitucionalidad, donde se evidencia el mal uso de la ley para empujar agendas politiqueras o apoyar causas espurias.
Con el último ladrillo sellando su tumba, Efraín Ríos Montt derrotó el domingo pasado, por última vez, a sus enemigos. Los enemigos de la paz, la guerrilla guatemalteca, que amparándose detrás del marxismo leninismo y tratando de emular a especímenes tan totalitarios y fracasados como Fidel Castro y otros ejemplares de la zoopolítica internacional revolucionaria quisieron imponer una dictadura del proletariado. De aquellas que dejaron “un legado de miseria y degradación física y moral de dimensiones nunca vistas en la historia de la humanidad”.