Alfred Kaltschmitt

Licenciado en Periodismo, Ph.D. en Investigación Social. Ha sido columnista de Prensa Libre por 28 años. Ha dirigido varios medios radiales y televisivos. Decano fundador de la Universidad Panamericana.

NOTAS DE Alfred Kaltschmitt

Estamos dentro del túnel y aún no vemos la luz. Nos quedamos varados, en la parálisis generada por el movimiento anticorrupción mientras el país se desmorona política y económicamente, que es lo que nos da de comer, gracias a las inversiones que generan empleo y mantiene con nuestros impuestos al Gobierno.
El reportaje de Agencia EFE/Guatemala, del 7 de octubre pasado, publicado en Prensa Libre bajo el título: “Las Cárceles de Guatemala están fuera de control”, transmite con fidelidad la cruda y espantosa realidad de un sistema penitenciario que contradice cualquier significado del término “justicia”.
Compartía con mis colegas en una reunión académica el evidente cansancio que a todo nivel está causando la crisis política que vivimos. La polarización ciudadana es de las más altas que yo he experimentado en décadas. La tracción mediática constante generada por los titulares, reportajes, notas y opiniones en los  medios de comunicación y redes, es porcentualmente mayor que cualquier otro tema.
La historia nos ilustra para entender el presente. Me encontré con una columna, de las tantas que he escrito a lo largo de varias décadas sobre la falta de voluntad de la clase política para cerrar los agujeros legales que permiten la corrupción.  Un extracto de una columna titulada Circo Politiquero, del 18 agosto 2015,  me asombra: Circo politiquero: “A dos semanas de las elecciones, las bancadas mayoritarias de los señores diputados —cuya extinción del dominio legislativo fenece el 14 a las 14 de enero 2016— seguirán embarrando de más excremento las paredes del hemiciclo. Es un proyecto en el que han venido trabajando con absoluta dedicación para defecar sobre todos los manuales del republicanismo. Su desempeño para amordazar la democracia con un clientelismo politiquero fétido es lineal, directo y macabramente efectivo.
Uno trata de comprender lo que pasa en esta nuestra patria con amagues de golpes de Estado, autoharakiris de 107 diputados con retractaciones pusilánimes; un presidente tratando de mantenerse a flote mientras Raymundo y medio mundo le apuntan a la cabeza; un pueblo harto hasta la coronilla, no solo por corrupción, sino del descalabro del Estado como tal: Constantes bloqueos y manifestantes en vías de comunicación, Infraestructura y carreteras colapsadas, ingobernabilidad; balaceras y fugas de mareros en hospitales públicos;  invasiones de fincas donde la Policía Nacional Civil no puede actuar porque tiene órdenes; hostilidad legal y política a las inversiones internacionales, como Mina San Rafael, —ahora con permiso para seguir operando, pero sitiada por los oenegeros mercenarios, incluido el cura del lugar, que desde el púlpito predica sus ilustraciones anti- minería mientras por el otro recibe donativos en euros— y  el proceso de  Oxec I y II, aún pendientes de resolver en forma definitiva. Esa es la situación. Un panorama turbio como el fresco de chan.
El informe circunstanciado de la Comisión Pesquisidora según los expertos juristas que he consultado, me indican que es un gallo gallina que trae más dudas al proceso y no contribuye para darles elementos sólidos al pleno para tomar decisiones correctas.
El sentimiento es de hartazgo por el ruido de las redes y los continuos clacs de los medios. La polarización ha calado como nunca nuestra sociedad. Se es negro o blanco. A favor o en contra. No hay medios, no hay diálogos y los neutros son anatema. No se puede estar en contra de Don Iván y criticar una coma de su guion sin ser metidos en la red de los rebeldes anarquistas enemigos de la paz, socios de la corrupción y la impunidad. Da pena, pero es así. Tampoco hay espacio para eliminar los extremos y debatir en mesas de diálogo en centros serenos.
He tratado de escribir esta columna varias veces y los acontecimientos políticos con ínfulas de megacrisis van más aprisa que mis dedos. Me sorprenden los anuncios de inicios de antejuicio “cabalito” cuando el presidente estaba en Nueva York hablando con la ONU. Me afecta mi prurito ciudadano el enterarme que “un convenio que nunca fue conocido por la Asamblea de Naciones Unidas tenga ahora mayor validez que la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, la cual sí fue aprobada por los Estados a nivel mundial desde 1967. Esto, indiferente a la validez de si el comisionado debe o no permanecer en Guatemala después de ser declarado non grato.
Cavilando sobre las últimas tragedias de la semana pasada, la matanza del Hospital Roosevelt cala hondo porque aun cuando tapemos el hoyo negro de las carencias con todas las justificaciones de nuestras falencias sistémicas y estructurales, las muertes pudieron evitarse si se hubiesen seguido protocolos elementales de seguridad y el uso del más “poco común de los sentidos”  donde el desbarajuste estatal parece haberse confabulado para atraer hacia si todos los pecados y errores de las administraciones pasadas. Estamos pagando la factura porque nosotros mismos creamos al monstruo que hoy nos devora.
“La corrupción es efecto, no causa”, escribe el doctor Enrique Ghersi, especialista en el análisis económico del Derecho y en el Derecho Penal. Y asevera que la clave de la reforma política es introducir mecanismos competitivos para garantizar una mayor eficiencia en el manejo de la cosa pública y sobre todo una distribución del poder; habida cuenta de que la tentación del poder reside en su concentración.