Alfred Kaltschmitt

Licenciado en Periodismo, Ph.D. en Investigación Social. Ha sido columnista de Prensa Libre por 28 años. Ha dirigido varios medios radiales y televisivos. Decano fundador de la Universidad Panamericana.

NOTAS DE Alfred Kaltschmitt

Hubo aplausos, lágrimas y gritos de júbilo la semana pasada. El tribunal Federal Suizo de Ginebra anuló la sentencia de cadena perpetua emitida por un tribunal de segunda instancia contra Erwin Sperisen. Las 110 páginas que recogen el análisis y el dictamen del alto tribunal destilan cierta vergüenza y algún dejo de bochorno por la forma en que uno de los suyos condujo con tanta irresponsabilidad y cinismo este juicio.
A propósito de la Feria del Libro viviendo una transformación cultural mientras trata de volar entre las páginas de papel —y las impresiones etéreas binarias digitales electrónicas de Kindle y similares— no puedo dejar de percibir esa relación tan estrecha de interpretar nuestra realidad nacional bajo el prisma de ese movimiento literario, que le permitió Asturias, García Márquez y otros más, describir realidades políticas con elementos fantásticos y míticos.
Colombia, 26 de junio pasado. Ceremonia de “dejación” de armas. El presidente Santos y el ahora exguerrillero, exnarco terrorista y jefe máximo de las Farc, Rodrigo Londoño, alias Timochenko, sostienen un fusil AK-47 con el cañón convertido en una pala. El extraño objeto está bañado en oro. Hay simbología, rito y lenguaje ceremonial en la veintena de zonas donde se concentran miles de guerrilleros. En algunos liberan centenas de mariposas. En otro, una pareja de guerrilleros sostiene a su bebé, simbolizando el nuevo futuro.
El escándalo fue mayúsculo en México luego de que una investigación efectuada por Citizen Lab, una firma de Toronto, contratada por el New York Times, revelara los nombres de 14 destacadas personalidades, activistas y políticos, entre ellas Carmen Aristegui, cuyos teléfonos habían sido hackeados por medio de un software de espionaje de origen israelí llamado Pegasus, con una capacidad absoluta de acceder a data, llamadas telefónicas, micrófono, textos y fotos. Todos tenían un lazo en común: ser acérrimos críticos del gobierno de Peña Nieto. El escándalo sigue su curso.
Aún se evocan aquellas pequeñas, pero comunicacionalmente eficaces vallas, colocadas en cruces estratégicos con el rostro de un joven de pelo negro y mirada ingenua y un eslogan que decía “la fe mueve montañas”. Le siguió otra con un mensaje concebido con un olfato acertado justo en medio del descalabro Baldetti/PP/Pérez Molina y las manifestaciones de mayo protestando el cansancio chapín contra la clase politiquera. Y con el eslogan: “Ni corrupto, ni ladrón”, calando hondo, se monta encima de la ola antipolítica, la ola del hartazgo ciudadano, la ola de la cruz estampada sobre la mayoría de papeletas electorales señalando el rechazo a un sistema politiquero decadente y turbio. Y gana.
La frase tiene una connotación especial en esta aventura reciente de cuatro días entre los últimos vestigios de las selvas de Alta Verapaz, del Petén y sus ríos. Saldrá en discusiones con mis compañeros de travesía, mientras maniobramos sobre carreteras de cemento, asfalto y terracería. Cruzando ferris junto a largos contenedores apilados de ganado oliendo a estiércol de pasto de potreros de selva depredada; estará ahí en las travesías por lancha en la quietud del río La Pasión y en los rápidos y remolinos del Usumacinta; me acompañará bajo el mosquitero en el hotelito de don Julián Marion; y en los campamentos de arqueólogos y guardabosques en el sitio arqueológico Piedras Negras dentro del Parque Nacional Sierra de Lacandón, tres horas por lancha desde Bethel; y hasta deambulando entre los monumentos de los ancestros mayas con tanto destello de grandeza y a la vez humana vulnerabilidad. En todo momento la frase “rompiendo viento” servirá para ilustrar el enfoque de esta columna.
Llevo tantas columnas abordando el tema de la pobreza y sus comprobadas fórmulas para provocarla o eliminarla, que escribo con desgano. Como en el país de Gulliver, pasan los días y la mata anti-hidroeléctricas y minería crece. Se trepa encima de vallas legales y amparos frívolos; se enreda en furibundos discursos y tarimasos de amplificados megáfonos y luces disque pro derechos indígenas. Se enquista en algunos sacerdotes de la iglesia católica guatemalteca, y hasta se fertiliza con abonos oenegeros nórdicos.
¿Cuál Sócrates? Ni corteses, ni sabios, ni prudentes, ni imparciales, esa es la realidad de esa alta Corte, cada día más alejada de su norte verdadero y su legítima razón de ser constitucional. Caída bajo el control absoluto de la magistrada Gloria Porras, diletante malabarista de la justicia selectiva: “Todo el peso del garrote de la ley para mis enemigos y todas las zanahorias politiqueras para mis amigotes...”
Hace algunos años tres economistas: “Batra, Haufmann y Stone, realizaron un estudio en varios continentes para determinar lo que las empresas y sus dirigentes piensan sobre el marco institucional y las principales trabas para invertir en distintos países —ya que cada inversión que no se realiza es una oportunidad de crecimiento perdida.
Burradas, pifias, errores, llámeseles como se quiera, se cometen, es inevitable. Somos humanos. Aplica a todos, pero donde más se hacen visibles es en el ámbito político. Los presidentes por ejemplo. La lupa esta sobre ellos y el más mínimo movimiento, palabra, gesto, bostezo es observado a profundidad. Es natural. Hombres públicos que son, se mueven en arenas movedizas políticas, y teniendo tanto valor mediático, también son buenos para vender noticia.