Carolina Vásquez Araya
NOTAS DE Carolina Vásquez Araya
Las estrategias de intimidación contra quienes trabajan por avances tan importantes como el establecimiento de un mejor sistema de justicia y contra la impunidad, nunca han desaparecido.
La campaña de imagen contratada por el gobierno a una empresa extranjera es, en realidad, una medida desesperada para manejar la grave crisis de credibilidad de la actual administración. En apariencia, se trata de una estrategia para consolidar lazos entre el gobierno y las instancias legislativas estadounidenses, además de maquillar la desteñida imagen oficial, pero revela de manera tajante la incapacidad del equipo diplomático para cumplir con los requisitos mínimos exigidos para desempeñar tan importantes cargos, como es la consolidación de las relaciones con otros Estados sobre la base de un mejor posicionamiento del país en el plano internacional y un conocimiento profundo de los atajos para conseguirlo.
La semana pasada estuvo tormentosa. No solo por los aguaceros de la temporada sino por la abundancia de sucesos de impacto como la solicitud de extradición de la ex vice presidenta, la interminable cadena de asesinatos cuya constante ha llegado a anestesiar nuestra sensibilidad al punto de formar parte de la rutina, decomisos de droga y destrucción de enormes plantíos de amapola en el contexto de un estado de sitio.
Más de una vez me han criticado por exhibir y denunciar la violencia en mis redes sociales y más de una vez he visto cómo el afán de no saber, modera y neutraliza el impulso natural de las personas sumergiéndolas en una aceptación muda de lo inaceptable, en un silencio ominoso capaz de sepultar su instinto de supervivencia como si el horror del crimen impune fuera una maldición inevitable, impuesta por alguna fuerza superior.
Cuando recién llegada a Guatemala me invitaron a una cena, decidí que lo mejor para halagar a mis anfitriones sería lucir una exquisita prenda bordada por una mujer del altiplano, región en donde me había encandilado el derroche de color y delicadeza de los textiles indígenas. Craso error. Al recibirnos, la señora de la casa me miró de arriba abajo y con un tono condescendiente me dijo: “Querida, como eres extranjera, te voy a explicar que “eso” no se usa en nuestros círculos”. Dicho lo cual dio media vuelta y me guió hacia el salón en donde estaban las demás señoras. Las que no se mezclaban con los hombres porque la política no era cosa de mujeres. Eran los años 70, bajo el gobierno del general Carlos Arana Osorio.
No es necesario escarbar demasiado para ver las manifestaciones de esa fascinante estructura de instintos e impulsos, deseos y rechazos propios de nuestra naturaleza imperfecta. Estamos constituidos de odios y amores, dependencias y apetitos, girando en torno a un egoísmo difícilmente controlable. ¿Qué nos impide actuar como seres primitivos, sino el miedo a las consecuencias? El amplio panorama de la historia pasada y presente es un gran tratado sobre la violencia y el ansia de poder, pero especialmente sobre los mecanismos de represión —más o menos efectivos— sobre una Humanidad abandonada a sus deseos.
Cuando a la solidaridad y la empatía se anteponen al interés personal, la preeminencia de un sistema de creencias políticas o religiosas y la búsqueda del éxito —expresado fundamentalmente en términos materiales— resulta indefectible la pérdida de sensibilidad humana ante los otros, dado que la energía se enfoca en la consecución del bienestar individual por encima de todo. Esto no es algo propio de uno u otro territorio, sino un fenómeno presente en toda comunidad humana y en distintos grados, dependiendo de sus niveles culturales y educativos.
Cerca del Día de la Tierra, incendios devastadores acabaron con grandes extensiones de bosques peteneros. La dimensión del problema tomó por sorpresa a un Estado mal equipado y poco eficaz, por lo cual nada pudo evitar la inmensa pérdida de vida en ese hermoso territorio. Los incendios forestales son muchas veces eventos naturales y propician el crecimiento de nuevos bosques, en un ciclo de vida ya programado por la naturaleza. Pero no siempre es así, muchos de ellos —como los recientes en El Petén— son provocados por manos criminales con motivos ajenos al interés nacional y arrasan bosques nativos llenos de vida silvestre y especies en peligro de extinción, solo para explotación agrícola o crianza de ganado en grandes extensiones de áreas protegidas.
Escribir, pintar, cantar, tocar un instrumento musical o ejecutar un paso de danza son formas de comunicación esenciales para el ser humano de cualquier lugar, etnia o condición. Es simplemente una manera de crear, imaginar y disfrutar de la belleza como el camino más recto para ejercitar las distintas funciones del cerebro, especialmente durante las primeras fases del crecimiento en la infancia. La importancia del arte como forma de complementar otros aprendizajes prácticos tales como comer, caminar, hablar o desempeñar funciones básicas ha sido poco apreciada en los programas de enseñanza, y esa carencia se refleja en todas las manifestaciones sociales y culturales de una comunidad.
La decisión de poner bajo arresto domiciliario a los funcionarios señalados por el Ministerio Público por su responsabilidad en la muerte de las 41 niñas del Hogar Seguro Virgen de la Asunción, ha de resultar satisfactoria para una buena parte de la ciudadanía. Esta suposición —personal, claro— se basa en comentarios abundantes en medios digitales y redes sociales en donde se vierte toda clase de opiniones. Ese interesante escaparate provisto por las nuevas plataformas tecnológicas ha dejado ver, sin censura ni moderación, las más implacables manifestaciones de desprecio por la vida de las niñas y el papel de sus madres señaladas como únicas culpables por su triste destino.