Para algunos estadounidenses, las oleadas de niños centroamericanos cruzando su frontera son estrictamente un problema migratorio. Para otros, esta crisis nace de la violencia y la pobreza que empujan a incontables familias a tomar decisiones drásticas. Para la gente del Triángulo del Norte, este drama refleja una incógnita más fundamental: ¿Cuándo serán países donde vale la pena vivir? Hace 15 años, los colombianos nos hacíamos esa misma pregunta. La violencia, atizada por guerrillas y carteles, hacía difícil creer que saldríamos de esa espiral. Pero salimos adelante, en buena medida gracias al Plan Colombia, una iniciativa para reforzar nuestras instituciones, erradicar cultivos ilícitos y ampliar programas sociales.