En la aldea Quiakisuyal, más de 35 familias viven en ranchos de palos o cañas de carrizo, con piso de tierra; duermen en el suelo y, por la falta de recursos, cocinan en esos mismos ambientes, mientras carecen de lo esencial para alimentarse como granos, verduras y frutas.
Érick Villatoro, delegado de la PDH, lamentó que dos años después de haber monitoreado esa misma comunidad, la reducción de la brecha del subdesarrollo no avanza; por el contrario, las familias son más vulnerables.
Agregó que el Gobierno tiene la responsabilidad de brindar asistencia a los afectados. “Las autoridades deben garantizar la seguridad alimentaria, porque en estas familias se pudo comprobar que necesitan ayuda y deben ser incluidas en los programas de ayuda social”, dijo Villatoro.
Aseguró que les pedirán informes a los ministerios de Salud, Educación y Agricultura, para verificar la asistencia que brindaron a esta comunidad durante los últimos dos años.
El delegado de la PDH refirió que en caso de que no se tenga evidencia de apoyo, empezarán las acciones correspondientes, ya que ellos enviaron el reporte para que se determinara la cantidad de personas que viven en condiciones de extrema pobreza.
Villatoro destacó que de nuevo solicitarán un censo para identificar a los más afectados para darles alimentos e insumos, además de oportunidades de acceso a fertilizantes y herramientas.
Otras penurias
Pese a que la comunidad se encuentra a menos de dos horas de la cabecera, para llegar se debe cruzar el río Negro, sin puente. Marta Nolares, maestra de preprimaria de la escuela de esta comunidad, expresó: “Es penosa la forma en que viven estas familias, porque no tienen qué comer. Además carecen de los servicios esenciales y acceso a la salud”.
La vecina Rogelia Recancoj comentó que en esta y otras comunidades cercanas algunos niños son vendidos por cerca de Q10 mil y muchas niñas son abusadas por familiares, ya que no quedan a cargo de ningún adulto después de que los padres viajan a Estados Unidos, por falta de empleo.
Marta Ixcoy, quien sostiene a cuatro niños, padece artritis y le cuesta mucho caminar al centro de Salud. “Mi esposo, cansado de las limitaciones en que vivimos, decidió viajar hace un año a Estados Unidos, y a la fecha desconozco su paradero. Ojalá algún día se acuerde de nosotros”, dijo.
La pobladora Ana Tarax, de 60 años, del caserío El Naranjo, relató: “Tenemos algo de comida solo cuando mi esposo hace algún trabajo en propiedades ajenas”.