Fútbol Internacional
Messi, Maradona y el final de una era: el Mundial 2026 puede cerrar cuatro décadas de historia
La final entre Argentina y España puede redefinir el legado de Lionel Messi. Pero, más allá del resultado, también puede cerrar la conversación que durante 40 años utilizó a Diego Maradona y al propio Messi como la medida definitiva de la grandeza en el fútbol.
Diego Armando Maradona entrega por primera vez la cinta de capitán a Lionel Messi, el 22 de junio de 2010, antes del partido contra Grecia en el Mundial de Sudáfrica. La FIFA publicó esta imagen en su sitio oficial, convertida con el tiempo en un símbolo del relevo entre dos generaciones que marcaron cuatro décadas del fútbol mundial. Foto Prensa Libre: FIFA.
Durante cuarenta años el fútbol tuvo un mismo punto de referencia. Primero fue Diego Armando Maradona. Después apareció Lionel Messi y la pregunta dejó de ser quién era el mejor del presente para convertirse en otra mucho más compleja: ¿algún día alguien podría ocupar el lugar que Diego había dejado en la memoria colectiva?
Esa discusión atravesó generaciones. Sobrevivió a campeonatos, Balones de Oro, récords de goles y finales perdidas. Se alimentó de estadísticas, emociones y nostalgias. Resistió incluso cuando Messi levantó la Copa del Mundo en Catar 2022. Porque nunca se trató únicamente de títulos. Se trató de dos maneras distintas de entender el fútbol y de una necesidad casi permanente de compararlas.
Por eso la final del Mundial de 2026 puede significar mucho más que la posibilidad de un nuevo campeonato para Argentina. Puede convertirse en el último capítulo de una conversación que acompañó al fútbol desde México 1986.
Hasta hoy, ambos llegaron a la cima como protagonistas de una Copa del Mundo. Maradona conquistó México 1986 y disputó otra final en Italia 1990. Messi levantó el trofeo en Catar 2022 y alcanzó una nueva final en Estados Unidos, México y Canadá 2026. Si consigue un segundo título mundial, romperá el único equilibrio que todavía sostiene una discusión abierta durante cuatro décadas.
Pero reducir el debate a los trofeos siempre fue insuficiente.
Maradona fue el héroe de la rebeldía. El futbolista que parecía jugar contra todos: contra los rivales, contra el poder, contra las convenciones e incluso contra sí mismo. Su carrera estuvo marcada por el exceso, la contradicción y una épica irrepetible.
Messi recorrió el camino contrario. Construyó una leyenda desde la disciplina, la continuidad y el silencio. Mientras Diego parecía incendiar cada escenario que pisaba, Lionel convirtió la excelencia en una rutina. Uno hizo del caos una forma de liderazgo; el otro encontró en la serenidad el camino hacia la grandeza.
Esa diferencia explica por qué la discusión nunca encontró un vencedor definitivo.
Como escribió Martín Caparrós, Maradona parecía vivir cada partido como si fuera el último. Messi, en cambio, hizo que lo extraordinario pareciera cotidiano. Dos maneras opuestas de llegar exactamente al mismo lugar.
La única ocasión en que esas dos historias coincidieron de manera oficial ocurrió en el Mundial de Sudáfrica 2010.
Diego dirigía a la selección argentina. Antes del partido contra Grecia, el 22 de junio, decidió dejar en el banco a Javier Mascherano y entregar por primera vez la cinta de capitán a Messi. Con 22 años y 363 días, el rosarino se convirtió en el capitán argentino más joven en una Copa del Mundo.
Argentina quedó eliminada en los cuartos de final frente a Alemania. Sin embargo, aquella fotografía terminó adquiriendo un significado que fue mucho más allá del resultado. Con el paso del tiempo dejó de ser una simple imagen de un partido de fase de grupos para convertirse en el símbolo del puente entre dos generaciones llamadas a compartir una misma conversación.
Quizá esa conversación dice tanto sobre los futbolistas como sobre quienes los vimos jugar.
Quienes descubrieron el fútbol en los años ochenta crecieron esperando cada cuatro años para volver a ver a Maradona. Sus mejores jugadas viajaban en cintas de video, resúmenes de televisión o relatos transmitidos de memoria. La escasez de imágenes convirtió muchos de aquellos recuerdos en una forma de mitología.
Las generaciones que crecieron con Messi vivieron exactamente lo contrario. Cada gol, cada asistencia y cada gambeta quedaron registrados desde múltiples ángulos, repetidos millones de veces y discutidos en tiempo real. Nunca un futbolista había sido observado con tanta precisión.
Cambió la tecnología. Cambió la velocidad de la información. Cambió la manera de consumir el deporte.
La comparación, sin embargo, permaneció intacta.
Juan Villoro ha sostenido que el fútbol conserva una rara condición democrática porque todavía permite que un jugador de baja estatura pueda dominar un deporte diseñado para gigantes. Maradona, con 1.65 metros, y Messi, con 1.70, demostraron que el talento también puede imponerse desde un centro de gravedad bajo, una conducción imposible y una inteligencia que ningún laboratorio puede fabricar.
Por eso durante cuarenta años cada nuevo talento argentino fue presentado como "el nuevo Maradona" y, más tarde, como "el nuevo Messi". Ninguno logró escapar de esa vara.
Ni siquiera Messi pudo hacerlo.
Durante buena parte de su carrera jugó bajo la sombra de una comparación que parecía imposible de resolver. Ganó ligas, Champions League, Balones de Oro y rompió casi todos los récords imaginables. Aun así, para muchos, seguía faltando un Mundial. Cuando finalmente lo conquistó en Catar, la conversación no desapareció. Simplemente cambió de argumentos.
Eso demuestra que nunca fue una discusión exclusivamente deportiva.
Fue una conversación sobre identidad. Sobre la forma en que Argentina aprendió a narrarse a sí misma a través de dos futbolistas.
Sobre cómo distintas generaciones eligieron a sus héroes. Y sobre la necesidad humana de medir el presente con los recuerdos más felices del pasado.
Por eso el partido del domingo puede significar algo que ningún marcador podrá explicar por sí solo.
No porque Messi necesite un segundo Mundial para convertirse en leyenda. Esa condición la alcanzó hace tiempo. Tampoco porque Maradona vaya a dejar de ocupar el lugar que conquistó en la historia del fútbol.
Lo que puede cambiar es el punto de referencia.
A partir del lunes comenzará una etapa distinta. Argentina seguirá produciendo futbolistas extraordinarios. España continuará alimentando una generación encabezada por Lamine Yamal. Brasil volverá a ofrecer candidatos al protagonismo. Francia, Inglaterra, Portugal y otras potencias seguirán formando jugadores capaces de dominar una época.
Pero, por primera vez desde México 1986, las nuevas generaciones ya no estarán obligadas a responder la misma pregunta.
No tendrán que demostrar si son el nuevo Maradona ni si pueden alcanzar a Messi. Tendrán que construir una historia que no dependa de ninguno de los dos.
Cuando llegue el Mundial de 2030, el fútbol volverá a discutir quién es el mejor del momento. Lo ha hecho siempre y seguirá haciéndolo.
Lo que probablemente deje de existir es esa comparación que durante cuarenta años condicionó cada conversación sobre la grandeza.
Porque el lunes seguirán existiendo los Mundiales, las finales y los grandes futbolistas. Lo que puede terminar este domingo es otra cosa: la comparación que durante cuatro décadas utilizó a Maradona y Messi como la medida definitiva del fútbol.
A partir de entonces, las nuevas generaciones ya no tendrán que parecerse a ninguno de los dos.
Tendrán que aprender a ser ellas mismas.

