César Castañeda: Ecología abarca a la gente

Puro zacapaneco. Lo dice con orgullo. Salió de su pueblo a los 11 años para cursar la primaria en Totonicapán. Se graduó de ingeniero agrónomo en la Usac, y en 1976 se fue a EE. UU. para estudiar Ecología Forestal.

CASTAÑEDA considera que hace falta   concienciación sobre los verdaderos efectos de la cultura sobre el  ambiente.
CASTAÑEDA considera que hace falta concienciación sobre los verdaderos efectos de la cultura sobre el ambiente.

A su retorno, volvió a sorprenderse con la riqueza de los distintos tipos de bosque guatemalteco. No sabe cómo ni desde cuándo se enamoró de la vegetación, que estudia y analiza desde distintas perspectivas. “La Ecología no es una ciencia alejada de la realidad. Integra todo: las plantas, los animales y las sociedades humanas, que también son seres vivos”, dice Castañeda, quien lamenta la poca importancia que los gobiernos han dado a la protección de las reservas forestales, pero también al desarrollo de las comunidades para que ya no tengan que depender tanto, por ejemplo, de la leña para cocinar. “Como le digo, es una interrelación estrecha en la que estamos”, agrega.

¿Qué planta guatemalteca le fascina más?

No es fácil decir. Cuando recién volví de los estudios en Rhode Island, estaba encantado con el pinabete (Abies guatemalensis). Pero también me gusta una especie de nogal guatemalteco (Juglans guatemalensis). Hay dos especies Motapino (Mimosa zacapana) y la Yuca cimarrona de Zacapa: (Manihot gualanensis), porque es de Gualán. Pero la planta que más me ha llamado la atención, por formar parte de los bosques donde habita el quetzal en Alta Verapaz, es la magnolia guatemalteca. Es una flor que me encanta.

¿Cómo surgió el romance con la naturaleza?

Cuando entré a estudiar Agronomía fue porque era una carrera con perspectiva laboral. Tuvimos un profesor que nos llevó a la selva petenera, cuando todo eso en verdad era recóndito. La carretera actual no existía, por lo que era un viaje muy largo y la exuberancia era simplemente avasalladora. Ahí me empezó a fascinar el funcionamiento de aquel sistema de vida, uno de tantos que tiene Guatemala.

¿Alguna vez lo han llamado ecohistérico?

Recién venido de EE. UU. nos dijeron alarmistas, por advertir que se debía tener cuidado con la destrucción de bosques. Eso sí, en la Universidad de San Carlos se impulsó fuertemente el estudio de la conservación boscosa, pero también tocó hacer notar que no habría sostenibilidad si a las personas no se les proveía de educación y desarrollo. Destrucción ecológica y falta de desarrollo van muy amarradas.

¿Cómo se siente ahora, décadas después, al ver la destrucción?

Podría decir que triste. Porque yo vi aquellas selvas que había al entrar en Izabal. Imponentes, magníficas. Recorrí el Usumacinta y pude ver venados, lagartos y otras especies ahí, a la orilla; algo que hoy es casi imposible. Pero soy un científico, y a la vez estudio los factores que se han combinado para el deterioro. Los poblados necesitan energía y recursos; la naturaleza los provee. En el rigor científico encuentro la manera de tomar las cosas con cierta frialdad… para evitar la tristeza. Porque es un ciclo que se puede explicar.

Si se tuviera que atender uno de los problemas ecológicos del país, ¿cuál debería ser?

El agua. Hace cien años, prácticamente todos los cuerpos de agua, corriente y estancada, estaban limpios. Hablo de ríos y lagos, lagunas, lagunetas. En tan corto período de tiempo, el 85 por ciento de estos han sido contaminados por la industria y los desagües de pueblos y ciudades. Yo recuerdo que todavía en 1976 íbamos al río Michatoya, que hoy sale verde del Lago de Amatitlán. Entonces todavía era limpio, pero vaya hoy y vea cómo más adelante varias fábricas echan sus aguas servidas sin tratar. Pero el mismo Lago de Amatitlán recibe los desagües de todo el sur del área metropolitana.

El Motagua es un río prácticamente muerto, porque recibe los desechos de casi el 75% de la capital. Antes esto ocurría, pero no eran tantos y a lo largo de su recorrido recibía otros afluentes que, digamos, lo limpiaban un poco. Hoy, en su desembocadura en el mar se pueden ver miles de bolsas plásticas y basura.

El problema es que a lo largo de la historia, los grandes centros de población y su desarrollo han estado íntimamente ligados a la disponibilidad de agua. Sin agua no hay nada. Y esto está basado en datos científicos, históricos y hasta arqueológicos.

Usted ha estudiado la relación entre cuerpos de agua y la civilización maya.

A eso iba. Mucho se habla del llamado colapso maya. Pero es que hacia el año 400 a. C. hubo un primer colapso, en la cuenca de Mirador. Yo he investigado allí, he ido muchas veces y, según la evidencia arqueológica y los estudios del suelo y la vegetación, queda claro que había varias ciudades, grandes, asentadas en zonas firmes rodeadas por aguadas y lagunas. En fotografías satelitales hemos visto los rastros de esos cuerpos acuáticos que hoy han desaparecido, aunque quedan algunas pequeñas. ¿Qué pasó? La hipótesis que sostengo es que aquellas grandes urbes tenían un fuerte consumo de agua, pero también muchos desechos. A lo largo de los siglos que duró la ocupación, hubo procesos de contaminación, sedimentación y eutrofización —enriquecimiento del agua con nutrientes que estimulan el crecimiento excesivo de plantas—. Justo lo que está pasando en Amatitlán, pero que también pasa en la laguna Chichoj, de San Cristóbal Verapaz, Alta Verapaz.

Dicen que quien no conoce la historia está condenado a repetirla.

Comparado con hace dos mil años, hay una diferencia: hoy hay más información científica, datos históricos. Los dirigentes del país deben tomar en cuenta la información científica que hay.

¿Qué opina de la gestión ambiental de los últimos gobiernos?

Quizás deberían proteger más el patrimonio natural y no los intereses de industrias, porque no puede haber desarrollo económico sostenible si no hay un lugar donde disfrutarlo ni recursos para mantenerlo.

TRAYECTORIA

César Castañeda es investigador ecológico.

Ingeniero agrónomo, graduado en la Usac en  1973.

Estudios de Maestría en Ecología Forestal, Universidad de Rhode Island, Estados Unidos (1974-1976).

Catedrático en  Agronomía en la Usac, 1973-1996, de cuya facultad fue decano de 1983 a 1987.

Director de Ingeniería Agroforestal,  Universidad del Valle, del 2000 al 2009.

Estudio de Vegetación en proyecto Mirador, 2005-2010.

Desde el 2010 es investigador del Instituto de Recursos Naturales y Agricultura  de la Universidad Rafael Landívar.

LECCIÓN DE LA HISTORIA
Civilización contaminó aguas

César Castañeda será uno de los disertantes en la Convención de Arqueología Maya que se efectuará del 14 al 16 de junio, en la Universidad Francisco Marroquín.

Aunque no es arqueólogo, presentará una ponencia acerca de sus investigaciones de la flora de la cuenca de Mirador, a partir de las cuales ha deducido que el decaimiento de esa región fue causado por la contaminación de las lagunas que  proveyeron de agua por siglos.
Afirma que hay evidencias arqueológicas y ambientales de la estrecha relación entre   las ciudades mayas del Preclásico y Clásico de Petén con el ambiente.

“En los sitios no hay lagunas, sino pequeñas aguadas o lagunetas naturales o artificiales; no hay ríos ni arroyos”, explica Castañeda, quien mediante fotos satelitales del tipo de vegetación deduce que alguna vez hubo un sistema de lagunas en todo el territorio petenero.

“La hipótesis fundamental es que sus fuentes de agua eran lagunas poco profundas, ubicadas en los actuales bajos.  La producción agrícola, residuos domésticos y cambio en el uso de la tierra, como deforestación y construcción, contaminó sus fuentes de agua y aceleró el proceso de sucesión ecológica”, explica el científico, que lleva  más de 20 expediciones a la región.

“Una vez me iba a picar una barba amarilla como de metro y medio. De suerte  llevaba botas, porque si no ya no lo cuento”, relata Castañeda sobre sus vivencias.

“Yo me bañé en el Motagua cuando era limpio, y también en el Lago de Amatitlán. Se hacían expediciones para ir a disfrutar de sus aguas, pero hoy la relación humana con el entorno ha cambiado todo eso. Es un desafío económico y social cambiarlo, no solo ambiental, para que no paguemos las consecuencias”, puntualiza.