El confinamiento también dejará secuelas en los niños y niñas

Los niños son las víctimas silenciosas de la pandemia, si bien la afectación del covid-19 es menor en la población infantil que en los adultos, las medidas tomadas por los países para contener al virus tienen un efecto indirecto en el bienestar de este grupo, que podría durar décadas y afectar al bien más preciado de un país, el capital humano.

En Guatemala el 33.4% de la población es menor de 14 años, la pandemia del covid-19 tiene efectos secundarios en este grupo y poco se ha hecho para protegerlo. (Foto Prensa Libre: Esbin García)
En Guatemala el 33.4% de la población es menor de 14 años, la pandemia del covid-19 tiene efectos secundarios en este grupo y poco se ha hecho para protegerlo. (Foto Prensa Libre: Esbin García)

Una encuesta realizada por World Vision Guatemala evidencia el impacto que la crisis tiene sobre los niños y es un guiño a la clara necesidad de colocarlos en el centro de las políticas públicas para encaminar al país hacia la nueva normalidad.

Tristes, aburridos, desesperados y hasta enojados, así expresaron sentirse cuatro de cada cinco niños que participaron en el sondeo, su reacción es porque se les ha privado de ir a la escuela, de convivir con sus pares y de jugar al aire libre, debido a las medidas adoptadas por el Gobierno para ralentizar el contagio del nuevo coronavirus en el territorio.

Esas emociones son parte de los efectos que tiene la pandemia en la población infantil, lo que se observa en el corto tiempo, pero expertos menciona que habrá secuelas a largo plazo sobre el bono demográfico del país, el más importante que ha tenido Guatemala hasta ahora. De acuerdo con el Censo Poblacional 2018, tres de cada 10 guatemaltecos son menores de 14 años.

La pandemia los alejó de su entorno normal y los ha confinado en sus casas, sin poder asistir a los centros de estudio, situación que Carlos Carrera, representante de Unicef en Guatemala, menciona que es preocupante, por el impacto que tiene en el aprendizaje de los niños, y el riesgo de un retroceso significativo al no haber clases presenciales, pero también abre la posibilidad del abandono escolar, un extremo que alarma cuando cerca de 2.5 millones de niños y niñas en edad escolar ya están fuera del sistema educativo.

“Lo más crítico para ellos ha sido no asistir a la escuela, porque era el espacio donde iban a aprender, allí también hay relacionamiento social cohesivo en término de los juegos, de los amigos, donde ellos afianzan esas relaciones sociales, al no tenerlas, eso les impactaba”, señala Miriam Haydee Hernández, especialista de Protección y Participación de World Visión Guatemala, quien participó en el análisis de los resultados de la encuesta, la cual analiza cómo los niños vivieron los primeros 23 días de cuarentena y el efecto que ha tenido en sus vidas.

 

Con este dibujo, Blanca Amarilis Bac Coc, de 13 años, originaria de San Juan Sacatepéquez, expresó su tristeza por el encierro y el aislamiento social que le ha tocado vivir en las últimas semanas. (Foto Prensa Libre: Cortesía de World Vision)

 

Sí bien los países, Guatemala entre ellos, están haciendo esfuerzos para mantener el proceso de aprendizaje a distancia, este depende del nivel del acceso que los estudiantes tengan a internet en casa -el 80% de la población no tiene el servicio-, lo que limita la posibilidad de que continúen con los estudios, más aquellos en situación de pobreza, condición que alcanza a ocho de cada diez niños en el país

“Esta crisis puede afianzar, enraizar, las desigualdades e inequidades que existen en el país… porque están separando más a las familias que tienen mayor capacidad y recurso de los que menos tienen”, señala Carlos Carrera, representante de Unicef en Guatemala.

Un efecto colateral que se suma al cierre de los centros educativos es el no recibir la alimentación escolar. El 9% de los niños encuestados manifestó que en casa no tienen acceso a los tres tiempos de comida.

En Olopa, Chiquimula, por ejemplo, hay familias que comen una vez al día y lo único que logran poner en el plato es güisquil cocido. “Eso nutricionalmente… no podemos esperar ningún desarrollo cognitivo, ni físico, ni habilidades sociales, con una ingesta de esa naturaleza”, refiere Hernández.

La escasez de alimento por la que atraviesan muchos hogares debido a la crisis económica y la falta de empleo en medio de la pandemia se ensaña con la niñez.

Prueba de ello son los casos de desnutrición aguda que se registraban hasta el 4 de julio 17 mil 304. En tanto que uno de cada dos infantes tiene desnutrición crónica, condición que los marca de por vida, pues afecta el coeficiente intelectual debido a la pérdida de hasta 40% de sus neuronas. El deterioro es irreversible.

En tres lustros estos niños serán la población adulta del país, que verán limitadas sus oportunidades de estudio y de empleo, verán truncada la posibilidad de ser un adulto productivo, es una condena para el capital humano y, por ende, para el desarrollo de cualquier país.

En agenda nacional

La pandemia ha generado una crisis económica, pero el impacto más profundo y perdurable será el daño que está ocasionando en la niñez, porque supone una pérdida del capital humano, de ese bono demográfico, que ya comienza a reducirse -se disminurá poco a poco hasta un 29.2% al llegar el año 2060-.

“Si esta generación sufre estos problemas en su infancia o primera infancia, que afectan todo su desarrollo como ser humano y su desarrollo en la edad adulta, por supuesto que habrá un impacto grave en el país, no solo económico sino también en estos niños que serán los padres y madres del mañana, los líderes políticos y sociales, líderes empresariales. Los que deberían de ser la gran esperanza del futuro van a perder oportunidades”, señala Carrera.

Ludim Rivas expresó en este dibujo sus emociones. Él es uno de los 177 niños y adolescentes, entre los 9 y 16 años, que participaron en la encuesta de World Vision. (Foto Prensa Libre: Cortesía World Vision)

 

Mitigar estos efectos se logrará con políticas públicas que tengan en el centro de la agenda a la niñez, además de mayor inversión en este sector de la población que ha permanecido invisible en la pandemia, reflexiona el sociólogo Otto Rivera.

No hay que esperar volver a la normalidad, es necesario crear medidas de educación alternativa para alcanzar a todos los niños, dar acompañamiento en las comunidades para que tengan una mejor salud mental, apoyarlos con el tema nutricional y programas de protección social a las familias para que puedan mantener el nivel básico de alimentación de los niños.

Para el representante de Unicef esta crisis debe verse como una oportunidad para cambiar el rumbo del país. “En las últimas décadas ha aumentado la pobreza no ha disminuido la desnutrición crónica, tampoco hubo crecimiento en la matrícula de educación, lo que nos dice es que las políticas que se están llevando no han resultado (…) tenemos que pensar en un modelo que supere a lo que había anteriormente, las cosas no cambiarán si seguimos haciendo lo mismo, hay que hacerlo diferentes”.

El lado psicosocial

La constante exposición a mensajes sobre el peligro que representa el coronavirus, sumado al confinamiento y a las limitaciones que pueda haber en el hogar causan estrés en los niños. “Ellos experimentan las mismas emociones y sensaciones que un adulto”, indica la psicóloga Eunice Parrilla, docente supervisora del área clínica de la Universidad Rafael Landívar.

Cuando son expuestos a condiciones muy complejas y estresantes, ellos no están libres de sufrir estrés tóxico, que compromete las conexiones cerebrales y, además, puede aumentar el riesgo de infecciones. Las implicaciones se extienden a la edad adulta con un deterioro en la salud, llegando a cardiopatías, diabetes y depresión. Tras el encierro no se descarta que las personas lleguen a manifestar claustrofobia.

En los efectos cercanos del confinamiento, Parrilla indica que al no tener contacto con sus pares, el niño puede tener dificultad para socializar, ya no les interese salir de casa, puede tener problemas de autoestima e, incluso, volverse dependientes de los padres.

Rivera indica que a cuatro meses de la llegada del covid-19 al país hay un agotamiento emocional en los niños, y el problema es que “si algo no ha trabajado Guatemala es en el tema del trauma”.

 

Los niños encuestados por World Vision son originarios de los departamentos de San Marcos, Huehuetenango, Totonicapán, Quetzaltenango, Sololá, Zacapa, Chiquimula y Jutiapa. Ellos manifestaron con dibujos su tristeza al no poder salir de casa e ir a la escuela. (Foto Prensa Libre: Cortesía World Vision)