NoŽ Ramirez y su hijo Segio Ramirez. NoŽ se dedica a la reparaci—n y restauraci—n de relojes por m‡s de 30 a–os, y su hijo Sergio sigue sus pasos desde 2020. Su taller esta ubicado en zona 7. Reparan desde relojes de pŽndulo hasta de pulsera, de alta o baja gama. Fotograf’a Prensa Libre: Valeria Betancourt 19-02-2026

Guardianes del tiempo: quiénes son los maestros que aún reparan relojes en Guatemala

1 de marzo de 2026

Los maestros relojeros de Guatemala sostienen un arte de precisión un tanto exclusivo que la tecnología y el tiempo mismo amenazan con detener.

El tiempo no avanza en línea recta. Avanza en círculos: rueda sobre rueda, engranaje sobre engranaje, un volante que oscila miles de veces por hora para que el segundero dé su siguiente paso. Así funciona un reloj mecánico, con un mecanismo en que cada pieza depende de la anterior, donde nada ocurre por accidente, y si una parte deja de funcionar, ya nada funciona.

Antes de que los ojos se acostumbren a la peculiaridad del local, los oídos ya se empezaron a ubicar. Tic, tac, tic, tac. No es un solo reloj el que suena: son decenas, colocados en cada rincón. Unos más grandes que otros, todos encuentran un espacio en la relojería Oliva, en Centro Comercial Capitol, zona 1 de la Ciudad de Guatemala.

Cada reloj se mueve a su propio ritmo y con su propia voz, con sonidos diferentes, pero todos suenan al unísono al marcar la hora.

Las paredes están cubiertas de relojes. Las vitrinas, los estantes, los rincones que cualquier otro local usaría para otros productos: todo tiene un reloj encima, adentro o colgado, completo o en partes. Pero adonde los ojos se dirijan hay un reloj.

Cucús de madera tallada que despliegan sus pajaritos a cada hora, relojes de péndulo que oscilan con la solemnidad de algo que sabe que lleva décadas haciéndolo, relojes de pulso abiertos, con sus entrañas expuestas como un paciente en sala de operaciones. Algunos llevan años en silencio, a la espera de piezas que ya no se fabrican en ningún lugar del mundo. El tiempo, para estos relojes, se detuvo hace mucho.

En el centro de todo ese coro, las manos de César se mueven sobre un mecanismo del tamaño de una moneda de un quetzal. No hay apuro. El reloj no perdona la prisa: una pieza fuera de lugar, una gota de aceite de más, un eje torcido por un milímetro y todo el sistema falla.

César lo sabe, pues lleva más de tres décadas en el oficio de devolverles el tiempo a estos objetos que lo perdieron.

Pero algo más sucede entre esas paredes, algo que el propio relojero reconoce con la misma calma con que abre un mecanismo, y es que el oficio que practica está en la misma condición que muchos de los relojes que recibe. Funciona todavía, sí, pero con las piezas contadas y sin certeza de que alguien venga a darle cuerda cuando él ya no pueda hacerlo.

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En la zona 1 capitalina, donde antes había un relojero por cuadra, hoy sobreviven apenas unos cuantos talleres.

(Foto Prensa Libre: María Reneé Barrientos Gaytan)

El precio de aprender

No hubo escuela ni manual. César, como muchos otros relojeros del país, aprendió el arte de la relojería de la única manera en que se aprendía entonces, presentándose en un taller, ofreciendo su tiempo y aceptando lo que quisieran pagarle a cambio de conocimiento.

Su tío, joyero, fue quien lo acercó al mundo de la mecánica fina, aunque la joyería nunca lo atrapó con la misma fuerza. Lo que lo cautivó fue lo minúsculo del sistema, esas pequeñas ruedas, esos ejes que giran, según él, 36 mil 672 veces por hora, para que el segundero avance con la exactitud de siete décimas y tres por cada segundo.

Él aprendió “a la manera antigua. Lo llevaba uno a un lugar, se ofrecía y le pagaban lo que ellos quisieran; era el precio de aprender”, cuenta, mientras se pone los lentes, toma las pinzas y continúa con su trabajo.

Ese modelo de transmisión —de mano en mano, de taller en taller, de maestro a aprendiz— fue durante décadas el único engranaje que mantuvo vivo ese oficio en Guatemala. Y es también el primero que se rompió.

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El reloj mecánico funciona como un sistema interdependiente donde cada pieza determina la precisión del conjunto.

Foto Prensa Libre: María Reneé Barrientos Gaytan.

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El oficio relojero combina mecánica fina, paciencia extrema y conocimiento transmitido durante décadas.

Foto Prensa Libre: María Reneé Barrientos Gaytan.

La hora de la zona 1

Durante las últimas décadas del siglo pasado, casi en cada cuadra de la zona 1 de la Ciudad de Guatemala había un técnico relojero. Hoy, “se pueden contar con los dedos de una mano”, expresa César.

El relojero narra que la zona 1 de los años 1980 tenía, en materia de relojería, la densidad de un mecanismo bien montado: cada pieza en su lugar, cada función cubierta.

Había casas especializadas en repuestos, personeros que viajaban o gestionaban piezas desde el extranjero. Era un ecosistema con sus propias reglas, donde el conocimiento circulaba entre maestros que se conocían por nombre y se prestaban soluciones.

Hoy, este arte se ha vuelto exclusivo para un grupo selecto, debido a varios factores, y uno de ellos son los elevados costos.

La casa de Noé Ramírez, en la zona 7 capitalina, alberga su taller, el cual ha construido durante décadas de dedicarse a la relojería. En este espacio lo que más se conoce es la hora, pues varias habitaciones resguardan relojes; unos listos para ser devueltos a sus dueños, otros en espera de reparación y algunos más, a la espera de que alguien quiera adquirirlos.

Rodríguez llegó a la relojería desde otro camino, ya que fue árbitro de futbol profesional durante años, barbero por necesidad, al principio, y relojero por accidente, cuando un cliente de la barbería le abrió la puerta al oficio. “Yo le quitaba el pelo a un señor que se llamaba don Demetrio, y él tenía un hijo que era relojero”, recuerda Rodríguez, quien combinó su oficio de relojero junto a su profesión de árbitro, durante muchos años.

Lleva más de 40 años en el mismo mecanismo. Hoy trabaja junto a su hijo Sergio en el arte de la relojería y atienden a sus clientes en Design Center, zona 10.

Lo que quedó de aquel ecosistema de la zona 1 sobrevive ahora en locales dispersos, sin conexión entre sí, como ruedas sueltas que ya no encajan.

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En la zona 1 capitalina, donde antes había un relojero por cuadra, hoy sobreviven apenas unos cuantos talleres.

Foto Prensa Libre: María Reneé Barrientos Gaytan

El guardián de la hora

Entre los encargos que César recibe hay uno que ningún otro relojero en Guatemala podría reclamar: desde el 2007, son sus manos las que cuidan el reloj de la Catedral Metropolitana. Un mecanismo de más de un metro de largo, con cables, ruedas y grasa, expuesto al polvo que el aire arrastra constantemente. La limpieza periódica es lo que lo mantiene en hora. Sin ella, la suciedad se amasa entre los dientes de las ruedas y el tiempo, literalmente, se detiene.

“Para mí es un gusto y un honor hacer eso, porque cuánto relojero quisiera tener ese honor de poder ir ahí a reparar una máquina tan antigua”, comenta.

Una vez, según cuenta, unas palomas se enredaron en los cables durante un fin de semana y pararon el mecanismo. El relojero llegó el lunes y encontró el desorden. Lo resolvió solo, como resuelve casi todo lo que llega a su taller: sin prisa, sin promesas que no puede cumplir, con la conciencia de que los milagros no existen.

“Milagros no hago”, asegura. “Hago todo lo posible por reparar, pero con la salvedad de que no todo se puede reparar”, añade.

Esa frase no es modestia. Es el límite real del oficio, ya que hay relojes de 80 o 90 años cuyos repuestos ya no se fabrican en ningún lugar del mundo. César los busca en internet, espera a veces semanas, y cuando no aparece nada, acepta que ese reloj llegó al final de su tiempo útil y no hay manera de darle una vuelta más a la cuerda.

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Desde 2007, César mantiene en funcionamiento el mecanismo de la Catedral Metropolitana..


Foto Prensa Libre: María Reneé Barrientos Gaytan

Problema tecnológico

Un reloj mecánico tiene algo que ningún smartwatch podrá reproducir: la necesidad de atención. Si no se le da cuerda en 36 horas, se detiene; si no se le da mantenimiento cada cierto tiempo, las piezas se desgastan. Es un objeto que exige una relación, que no funciona solo, que, de alguna manera, requiere que alguien se acuerde de él.

Esa dependencia es, para muchos, el motivo para dejarlo en un cajón y pasarse a algo más cómodo. Pero para otros es exactamente lo que lo hace valioso. Un reloj que necesita cuidado es un reloj que importa. Y un reloj que importa, tarde o temprano termina en el taller de alguien como César, Noé o Sergio.

Martín Mathamba lo ha visto desde los dos lados del mostrador. Es amante de la relojería desde muy joven y administrador de la página de Facebook “Locos por los Relojes Guatemala”, que cuenta con casi 50 mil guatemaltecos aficionados a este arte.

Mathamba conoce el perfil de quienes entran a ese mundo y el de quienes lo sostienen, y reconoce la importancia del oficio de los relojeros.

“Si dejamos sin trabajo al maestro relojero, él va a cerrar y ya no vamos a tener en dónde reparar nuestros relojes. Los maestros relojeros cobran Q200 o Q300 por un servicio. A diferencia de otros lugares. Usted no va a pagar mil dólares por una reparación o mantenimiento de un reloj que quizás el valor del reloj mismo sea menor”, explica.

El argumento de Mathamba es el de un mecanismo interdependiente: si los maestros relojeros desaparecen, los relojes que no pueden pagarse una agencia de marca tampoco tendrán a dónde ir. Y si esos relojes no tienen a dónde ir, el círculo de personas que los valoran se cierra sobre sí mismo hasta desaparecer.

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Muchas piezas de relojes antiguos ya no se fabrican en ningún lugar del mundo, lo que condena a algunos mecanismos al silencio.

Foto Prensa Libre: Valeria Betancourt

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La modernización tecnológica transformó la relación cotidiana con el tiempo y desplazó al reloj tradicional.

Foto Prensa Libre: Valeria Betancourt

Las herencias

Hay un tipo de cliente que llega al taller con algo más que un reloj roto. Llega con un objeto que perteneció a alguien que ya no está y quiere que siga marcando el tiempo, aunque esa persona no pueda verlo. Son relojes que pasaron de abuelo a padre y de padre a hijo, que tienen rayones con historia y mecanismos que llevan décadas funcionando sin que nadie les haya cambiado una sola pieza.

“La mayoría de los casos es: este reloj me lo dejó mi abuelo, se lo dejó a mi papá y ahí me lo dejó a mí. Entonces ya son relojes de ciertas marcas, con dos generaciones o tres de tradición”.

Sergio Rodríguez reconoce ese mismo patrón en Design Center. A partir de los 30 años, cuenta, la gente empieza a buscar algo que el smartwatch no puede darle. No funciones ni notificaciones, sino algo que se quede; un objeto con el cual tomarse una foto en una graduación y que esté en la foto de la siguiente generación.

Cuando alguien llega con el reloj de su madre o de su padre, la reparación deja de ser un servicio técnico. Se convierte en un acto de conservación que va más allá del mecanismo: es mantener en movimiento algo que alguien puso a funcionar antes.

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Los relojes heredados de abuelos y padres llegan a los talleres como objetos cargados de memoria, no solo como máquinas averiadas.

Foto Prensa Libre: María Reneé Barrientos Gaytan

Arte exclusivo

Los tres entrevistados coinciden en el mismo diagnóstico sin haberse puesto de acuerdo. El teléfono celular eliminó la urgencia del reloj tradicional. El smartwatch llegó con más funciones que las que un mecánico puede ofrecer. Y los relojes de cuarzo de bajo costo instalaron una lógica que el oficio no puede combatir: si se rompe, se cambia. Si se cambia, no hay nada que reparar.

“La tecnología ha venido a desplazar un poco el trabajo artesanal, y ya los costos, la facilidad de tener uno de aquellos que van con el teléfono, que ya no hay que estarle dando cuerda ni nada”, explica Ramírez.

El resultado es visible en la geografía de la ciudad. Donde antes había talleres, ahora son quioscos en centros comerciales que cambian baterías e incluyen otro tipo de reparaciones, pero casi ninguno ofrece los servicios que los relojeros de antaño.

El negocio sobrevive, pero reducido a su expresión más básica. Lo que César, Noé y Sergio hacen —abrir un movimiento mecánico, limpiar sus engranajes, fabricar el repuesto que no existe, ajustar la frecuencia del volante— ya no lo hace ningún quiosco. Lo hacen manos formadas durante décadas, que no tienen reemplazo visible.

Según Mathamba, en la capital existen alrededor de 10 personas que pueden hacer trabajo técnico real sobre un reloj mecánico; en Quetzaltenango, unas tres o cuatro; en Mazatenango, uno; y en el resto del país el mapa está casi en blanco. Según su experiencia, la relojería “es un gusto extremadamente caro y un círculo un poco cerrado y elitista” que se limita solamente a aquellos que lo pueden pagar.

Esta decadencia no solo está afectando al país. En opinión de Mathamba, la relojería “es un arte que va a ir muriendo”. Según él, “Habrá muy pocas marcas dentro de la relojería que no van a sobrevivir el paso del tiempo”, y las que se conserven serán muy exclusivas y poco accesibles para todo público, como Rolex, Patek Philippe, Audemars Piguet, Omega, Cartier, TAG Heuer y Longines, por mencionar algunas.

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Mientras el tic tac persiste en algunos talleres dispersos, el oficio relojero en Guatemala enfrenta su momento más frágil en décadas.

Foto Prensa Libre: Valeria Betancourt

Piezas faltantes

César tomó una decisión que carga con él desde hace años: cuando sus hijos crecieron, no los llevó al taller. No fue descuido ni falta de tiempo, fue un cálculo frío, del que se hace cuando se conoce bien el mecanismo que se tiene enfrente. “Esto va a desaparecer. Entonces ya no vive uno de esto. Y ellos lo hubieran heredado, pero el tipo de trabajo que yo hago no hubiera sido conveniente”.

En toda Centroamérica no hay una escuela de relojería. Para formarse técnicamente en la región hay que salir a países como México, Colombia o Argentina. Sergio Rodríguez viajó a México hace unos años a tomar cursos, y, junto a su padre, tiene el proyecto de abrir la primera escuela relojera en Guatemala. Aunque todavía no tiene fecha, les entusiasma mucho mantener viva esta profesión.

Cada año que pasa sin esa escuela es un año más en que el conocimiento se concentra en menos manos. Cada maestro que deja de trabajar sin haber formado a nadie es una pieza que sale del mecanismo para siempre. Y, a diferencia de los relojes, esa pérdida no tiene solución: no hay repuesto que se pueda mandar a traer del extranjero ni solución de internet.

“El problema va a ser cuando se acabe esta generación de gente que le gusta”, lamenta César. Mientras eso pasa, estas reliquias seguirán sonando: cuatro veces a las y cuarto; ocho a las y media; 12 a las y cuarenta y cinco, y 16 a las en punto de cada hora.

El tictac seguirá llenando estos locales con una cadencia que parece no registrar el paso de los años. Afuera, el tiempo corre en otra dirección. Y la pregunta que ninguno de los tres puede responder todavía es cuántas vueltas le quedan a la cuerda.

ESCRITO POR:

Belinda S. Martínez

Periodista de Prensa Libre del área de bienestar y cultura.