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La romántica feria de Jocotenango

Las ferias no son un mero invento hispánico, los mayas, siglos atrás, realizaban festivales y ceremonias de acuerdo a su calendario cultural y en diferentes épocas. 

Templo a Minerva y sus alrededores en 1905. (Foto: Hemeroteca PL)

Templo a Minerva y sus alrededores en 1905. (Foto: Hemeroteca PL)

Sin embargo, con la ocupación española de 1524 todo sufrió un giro. El pensamiento político-religioso del sistema colonial tomó en cuenta el santo del calendario religioso que marcaba la fecha de fundación para dar nombre a los pueblos, y el cual quedó unido al que originalmente ostentaban muchas poblaciones.

Así fue como bajo la advocación del santo patrón del lugar, cada año y con gran pompa en una mezcla de elementos regionales y los impuestos por España, se comenzó a celebrar en cada comunidad la feria titular, la cual hoy es la característica de Guatemala ya que a lo largo del año son celebrados los santos patronos, aunque con severos cambios se continúa practicando.

Una de estas celebraciones es la Feria de Jocotenango, la cual se celebra desde hace muchos años cada 15 de agosto, en lo que antes fue uno de los pueblos de indios que al abandonarse la otrora antigua capital del Reino de Guatemala, se anexó a la nueva Capital. 


¡Qué tiempos aquellos!

Esta es una de las frases que más pronuncian los abuelos que vivieron las antiguas ferias cuando quizá por costumbre o curiosidad asisten a las actuales.

Sin embargo, hay que reconocer que existen factores que determinan los cambios que se dan en las ferias. Entre éstos hay urbanísticos, demográficos, de aculturación, tecnológicos y otros que inciden directamente en su estructura y contexto original y los cuales son objeto de estudio preciso para determinar los parámetros evolutivos.

En este caso, el factor urbano es un ejemplo. En 1830, a 54 años de haberse asentado en este valle la Nueva Guatemala de la Asunción, José Cecilio del Valle dice, al referirse a Jocotenango, que junto con San Gaspar, San Pedrito y Ciudad Vieja, era uno de los 4 pueblecitos indígenas a poca distancia del casco de la ciudad, cuyos habitantes vivían en ranchos pajizos. Al respecto comenta: “La miseria al lado de la riqueza, la civilizacón en contacto con la ignorancia…”. 

Con el transcurso del tiempo éstos se incorporaron a la ciudad. Jocotenango era en 1890 uno de los 10 cantones que conformaban la capital del país y a la que según los escritos de Milla, “muchas personas de partes lejanas hacían viaje ex profeso para venir esos días a Jocotenango para emborracharse en la barahunda de la feria”. 

Básicamente, la estructura de la feria es siempre la misma, ya que se ha desarrollado en carácter religioso, comercial y de diversión, aunque como lo mencionamos, con variantes. 

Antiguamente el panorama religioso era de mucha importancia, pues el conservadurismo católico antiguo de los guatemaltecos era fuerte: no podían dejar de asistir a los sagrados actos religiosos en la modesta iglesia del poblado para efectuar sus transacciones comerciales de compra y venta de ganado en los potreros aledaños, o entregarse al jolgorio ya la diversión en medio del bullicio de la gente que se amontonaba comprando frutas, dulces, utensilios de barro y todo ese bagaje de elementos que los comerciantes, en alto porcentaje indígena, acarrean a estos centros de aglomeración y que ponen a la venta en las populares, chinamas, champas y también al aire libre.

José Martí en sus Viajes por Centroamérica de 1877, describe el capítulo Guatemala y sabrosamente lo hace con las diferentes ferias de la época. De la de Jocotenango dice: “Las fiestas tradicionales en que el pueblo toma parte activa son las religiosas, Semana Santa, la de Nuestra Señora del Carmen. La de Jocotenango, en donde se compra y vende ganado. Jocote quiere decir ciruela, y esa terminación, ango, lugar. Se va pues a comer ciruelas, ver los bueyes de Honduras, los caballos de México. Es a ese barrio aislado de la ciudad habitado por gentes pobres, donde las doncellas van en peregrinación todos los martes a pedir al Padre Dios el marido que en España se pide a Santa Rita, la celestial abogada de las cosas imposibles”. 

Continuaba Martí: “En los días de la feria, todo Guatemala está en Jocotenango. Se vive en las calles durante tres días. Los mozos montan sus mejores caballos. Las mujeres exhiben sus tesoros, se estrenan carruajes y se gasta locamente el dinero. Las familias ricas, para ver pasar sin molestarse a ese museo viviente, y para dejar o admirar sus trajes y joyas, alquilan las casas pobres de los dos lados de la calle (hoy avenida Simeón Cañas) y es allí junto a la puerta que se come el salcocho, se saborea el chojín, se destapa el espumoso Borgoña o el célebre Johnnisberg. Francia hace muy buenos negocios con esos vinos”. 

Desde los tiempos de Martí la feria cambió drásticamente, ya que por varios factores tomó otro carácter. Por ejemplo, la explosión demográfica hizo que se ocuparan los terrenos que antes servían para potreros; asimismo, en los últimos años del siglo XIX se construyó el hipódromo para las carreras de caballos, costumbre importada de Europa y al cual asistía la alta alcurnia del momento.

En tiempos de Estrada Cabrera se erigió el templo a Minerva con otros objetivos que, como anotamos, sistemáticamente hizo evolucionar la original feria, hasta convertirla en lo que el presente todos conocemos y cuyos cambios, sociales comerciales y urbanísticos, convirtieron lo que era un alejado poblado de indígenas en un barrio residencial en el cual hoy se lleva a cabo un pálido remedo de la feria de antaño.

Sin embargo, siempre hay elementos tan antiguos como la feria misma, resistiéndose a morir: los vendedores de dulces típicos, juguetes populares y otros, forman parte de ese bagaje indestructible. 

Así, del chojín yel Borgoña que menciona Martí para las clases altas de la época, pasamos hoy a la masificación de los hot dogs, las pizzas y gaseosas del presente siglo.

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