Y tienen algo de razón. La guerra de Putin asestó dos golpes al populismo, uno directo y otro indirecto. En primer lugar, está la vergüenza que supone para todos los líderes populistas, europeos o estadounidenses, que han ofrecido palabras amables para Putin o, al menos, lo han presentado como un adversario cuyo arte de gobernar supera a nuestras propias élites incompetentes. Ahora, esos coqueteos acabaron en su mayoría en retracciones y retrocesos, que obligaron a los populistas a elegir entre automarginarse o dar un giro desvergonzado. Es decir, que no les sorprenda que en 2024 Donald Trump acabe por convertirse en el mayor defensor de la guerra contra Rusia que jamás se haya visto.
Sin embargo, el golpe más perjudicial es el indirecto, el modo en que la invasión de Ucrania ha revelado lo inseguro y desorientado que se vuelve el instinto populista cuando se enfrenta a un adversario que no encaja a la perfección en su enfoque sobre la corrupción interna de Occidente, sus narrativas de perfidia y locura de las élites.
Esta incertidumbre no se reduce solo a los populistas de derecha; más bien, se ve entre las voces que se oponen a la clase dominante sea cual sea su inclinación política: los payasos de izquierda que no esperaban la invasión de Ucrania porque no esperaban que la inteligencia occidental hiciera algo bien; los críticos del poder estadounidense que no esperaban la resistencia ucraniana porque suponían que cualquier régimen respaldado por nuestras élites de política exterior sería demasiado desventurado para sobrevivir; las personalidades de los medios de comunicación que buscan narrativas que coincidan con las preconcepciones populistas porque el panorama general de la agresión putinista y la unidad occidental no lo hacen.
En medio de toda esta agitación, el Partido Republicano, el principal vehículo del populismo, parece estar volviendo a sus instintos anteriores a Trump. A lo largo de la presidencia de Trump hubo una incertidumbre básica sobre lo que representa el populismo en política exterior. ¿Replegarse y aislarse o una nueva guerra fría con China? ¿Abandonar la OTAN por completo o fortalecer la alianza obligando a sus miembros a pagar? ¿Luchar en menos guerras o quitarse los guantes? ¿Pat Buchanan o John Bolton?
Aunque ahora, si se observan las encuestas de los votantes republicanos o se escucha a los políticos del Partido Republicano, lo que se ve es sobre todo un retorno al halconismo descarado, a la opinión de que la Casa Blanca de Biden quizá no está siendo lo suficientemente combativa; es decir, el regreso a la postura que tenía el partido antes de que se produjera la rebelión de Trump.
Pero ese retorno también muestra una de las dificultades de suponer que si el populismo se tambalea, el liberalismo debe ser el beneficiario. Después de todo, Bolton dista de ser defensor del internacionalismo liberal, y el regreso del halconismo republicano es sobre todo un resurgimiento del anticuado nacionalismo estadounidense, que, esta vez, actúa contra el populismo en lugar de que las dos fuerzas vayan en la misma dirección.
Y lo que es cierto dentro del Partido Republicano es cierto en general. Los luchadores ucranianos que todo el mundo admira tanto sin duda luchan más por el nacionalismo que por el liberalismo, y algunos no luchan en absoluto por los ideales liberales. Es probable que el país europeo que más les ayude sea Polonia, hasta ayer era la oveja negra del liberalismo occidental por su gobierno nacionalista y socialmente conservador. El repentino sentimiento de unidad occidental parece muy occidental, por decir algo; no se trata de una coalición global que se enfrenta a Putin, sino más bien de una coalición euroamericana, impregnada de un poco de chauvinismo civilizatorio que el liberalismo aspira a superar.
También en los medios estadounidenses es el patrioterismo centrista, más que el cosmopolitismo liberal, lo que parece estar en boga en este momento: la ola de cancelaciones rusófobas; el repentino entusiasmo de “Estados Unidos: ámalo o déjalo” de las personalidades de la televisión diurna; el celo por la escalada militar, al margen del peligro nuclear, entre figuras supuestamente responsables que alguna vez lideraron la oposición al trumpismo.
Nada de esto debería sorprendernos: es bien sabido que sociedad liberal depende, para su unidad y vigor, de fuerzas que no son del todo liberales: la piedad religiosa, el orgullo nacionalista, un sentimiento de misión providencial, un cierto grado de solidaridad étnica y, por supuesto, el miedo a algún adversario de fuera. En sus mejores momentos, el liberalismo trabaja para guiar y canalizar estas fuerzas y, en los peores, oscila entre ignorarlas y verse superado por ellas.
Entre los liberales optimistas del momento actual, podemos ver cómo se produce esa desviación. “Una derrota rusa hará posible un ‘nuevo nacimiento de la libertad’”, escribió Francis Fukuyama la semana pasada, “y nos sacará de nuestra depresión sobre el estado decadente de la democracia global. El espíritu de 1989 seguirá vivo”. En una entrevista con Greg Sargent, de The Washington Post, Fukuyama definió el momento actual como una oportunidad para que los estadounidenses y otros occidentales opten de nuevo por el liberalismo, al reconocer que la alternativa nacionalista es “bastante espantosa”.
Sin embargo, una de las lecciones clave de los últimos años es que el espíritu de 1989 era en sí mismo un espíritu de nacionalismo revivido en Europa del Este, así como de liberalismo, lo cual constituye una de las razones por las que países como Polonia y Hungría han decepcionado a los liberales en su desarrollo posterior… hasta ahora, por supuesto, que, de repente, el nacionalismo polaco es un baluarte fundamental para el Occidente democrático y liberal.
Así pues, los liberales que observan el fracaso del populismo necesitan una comprensión equilibrada de su propia situación, de su dependencia en el nacionalismo y del particularismo e incluso del chovinismo, de su obligación de cribar esas fuerzas para que lo bueno (la admiración por el patriotismo de los ucranianos y la heroica masculinidad de Volodímir Zelenski) supere lo malo (el boicot a un prodigio del piano ruso, la carrera hacia la guerra nuclear).
Y también tienen que evitar el delirio de que la invasión malvada e incompetente de Putin significa que todas las quejas sobre los problemas internos de Occidente pueden descartarse con seguridad como algo vacío, falso u odio a uno mismo.
La semana pasada, por ejemplo, el experto en Rusia Stephen Kotkin dijo a David Remnick de The New Yorker que la invasión de Putin refuta “todas las tonterías sobre cómo Occidente es decadente, Occidente está acabado, Occidente está en declive, cómo es un mundo multipolar y el ascenso de China”. Con Occidente uniéndose a una Ucrania resistente, “todo eso resultó ser una tontería”.
Lo que era una tontería era la idea de que la Rusia de Putin representaba algún tipo de alternativa posliberal o tradicionalista eficiente a los problemas de Occidente, y que su ejército podía simplemente aplastar a Europa del Este. Pero todos esos problemas occidentales permanecen: el poderío estadounidense está en un declive relativo, el poderío de China ha aumentado de manera espectacular, y ninguno de los problemas que yo, como autoproclamado experto en la materia, clasificaría como clave de la decadencia estadounidense (el declive demográfico, la decepción y el estancamiento económicos, un tejido social cada vez más ensombrecido por las drogas y la depresión y el suicidio) han desaparecido de algún modo solo porque el ejército de Moscú esté fracasando fuera de Kiev.
Dado que estos problemas son cruciales para entender el origen del populismo, resulta imprudente que los liberales declaren la victoria basándose en los cambios en el orden internacional mientras se limitan a ignorar el descontento interno. La falta de adecuación del populismo a este momento concreto ha dado una oportunidad a sus enemigos y críticos. Pero la desaprovecharán si se convencen de que el desafío externo ha hecho desaparecer la crisis interna.