Una sombra negra apareció en una de las puertas del aula y una ráfaga de fuego destelló de la punta de lo que parecía ser un rifle. Reyes sintió que una bala perforaba su brazo, desgarrando un pedazo de carne y hueso. Entonces, el tirador volteó hacia los niños.
Reyes estuvo tirado en un charco de su propia sangre durante lo que se sintió como una eternidad hasta que escuchó a policías reunirse en el pasillo justo afuera de la puerta del salón de clases. Sus estudiantes estaban callados, muertos o agonizantes; otros niños en un aula contigua todavía estaban vivos, pidiendo ayuda en una voz débil. El maestro se dijo a sí mismo que los agentes irrumpirían y los salvarían en cualquier momento. Sin embargo, los minutos pasaron y nadie vino al rescate.
Alrededor de media hora después, el tirador, sentado cerca de donde Reyes estaba tendido en el suelo, parecía burlarse de él. Colocó su arma en la espalda del educador y disparó de nuevo.
“Pienso en ello cada vez más. ¿Qué pudieron haber hecho diferente?”, mencionó Reyes en una entrevista en la que narró los hechos del 24 de mayo, cuando un tiroteo en el plantel causó la muerte de diecinueve estudiantes y dos maestras.
Reyes describió la agonía que las víctimas sintieron a medida que los policías que estaban reunidos en el pasillo posponían entrar a los salones de clases donde el tirador estaba escondido. Esperaron cerca de 78 minutos en una respuesta demorada que una investigación preliminar de las autoridades indica que se complicó debido a la búsqueda de una llave y la decisión de intentar proteger las vidas de los agentes en el lugar.
La agencia EFE compartió que el periódico The Austin American-Statesman publicó este martes partes de un video de cámaras de vigilancia que muestran a oficiales de policía replegándose y aguardando en el pasillo de la escuela. Las imágenes muestran al tirador, identificado posteriormente como Salvador Ramos, caminando sin oposición por el pasillo con un rifle semiautomático.
Puede verse a los oficiales -locales, estatales y federales, fuertemente armados y usando chalecos antibalas, cascos y en algunos casos escudos- retirarse corriendo ante los primeros disparos que parecen dirigidos en su contra. A continuación se les observa caminando hacia adelante y hacia atrás por el pasillo, algunos saliendo de cuadro y luego reapareciendo.
Otros apuntan sus armas al aula, hablando, haciendo llamadas con sus teléfonos móviles, enviando textos o mirando planos. Ninguno entra o intenta entrar al aula. Incluso después de escuchar los últimos disparos, 45 minutos después de la llegada de la policía, siguen esperando.
El video,, según EFE, fue dado a conocer por el rotativo mientras el comité legislativo de Texas que investiga el tiroteo planea mostrar el próximo domingo la grabación completa, de más de una hora, a los familiares de las víctimas y posteriormente al público en general.
Reyes relató: “Seguí esperando a que alguien llegara. Pero cuando no vi a nadie llegar, solo pensé que nadie vendría”.
El tirador entró primero al salón 112, el cual estaba conectado con el aula de Reyes mediante otra puerta. La policía señaló que el sujeto disparó de forma indiscriminada e hirió de manera fatal a dos maestras, Irma Garcia y Eva Mireles, así como a varios de sus alumnos.
Reyes se dirigió a sus estudiantes. Recuerda haberles dicho: “De acuerdo, ya hemos practicado esto. Métanse debajo de los pupitres, ¿está bien? Solo cierren los ojos y actúen como si estuvieran dormidos”.
“No quería que vieran nada”.
Reyes no recuerda si el tirador entró por la puerta que conecta las dos aulas o si regresó al pasillo. Sin embargo, su siguiente recuerdo es ver una figura fantasmagórica que vestía una chamarra con capucha negra sobre su cabeza y lo que se veía como una mascarilla quirúrgica negra que ocultaba la mitad de su rostro.
Reyes indicó: “Solo vi una sombra y sus ojos”.
Entonces, salieron dos destellos de un rifle, dirigidos a Reyes. El maestro afirmó: “Me disparó primero”. Relató que el impacto se sintió como un golpe ardiente en todo su brazo izquierdo, como lava caliente. Le arrancó una gran porción del antebrazo.
El agresor apuntó con rapidez su rifle hacia los estudiantes y comenzó una lluvia de fuego que fue tan veloz y despiadada que terminó casi tan pronto como empezó y no se escuchaba nada en el aula más que silencio. Reyes opinó: “Es probable que hayan muerto al instante”, aunque precisó que algunos podrían haber fallecido durante la larga espera. El educador aseguró que tal vez estaban en silencio porque “estaban conmocionados”.
Los primeros policías llegaron al exterior de la puerta del salón alrededor de tres minutos después de que el tirador ingresó a la escuela, según una cronología preliminar. Reyes comentó que después del ataque inicial podía escucharlos hablando entre ellos en el pasillo justo afuera del aula.
En un momento dado, Reyes escuchó a uno de los policías gritarle al asesino: “¡Sal, queremos hablar contigo!”. El hombre armado no respondió, aunque la policía dio a conocer que dos agentes sufrieron rozones de bala cuando el sujeto disparó una ráfaga contra la puerta del salón. La charla de los policías cesó. “Ya no se escuchaba nada más”, manifestó Reyes.
Cerca de treinta minutos después de haber ingresado al aula, al parecer sin la certidumbre de si Reyes todavía estaba con vida, el agresor le disparó una segunda vez, en esta ocasión en la espalda baja. El maestro confesó que en ese momento estaba seguro de que no sobreviviría. Se dijo a sí mismo: “No voy a lograrlo. Me voy a desangrar”.
Buscan respuestas
El domingo por la noche, Kimberly Rubio y su esposo, Felix, subieron al escenario de la Plaza Uvalde que está junto al ayuntamiento mostrando una fotografía de su hija muerta, Alexandria Aniyah Rubio, a quien le llamaban Lezi, y leyeron en voz alta parte de la declaración de objetivos del Departamento de Policía de Uvalde.
El departamento “se compromete a ofrecerle a la población un servicio policial de excelencia con el propósito de proteger su vida”, leyó Kimberly Rubio con la voz temblorosa. Recordó haber declarado ante el Congreso para suplicar que hubiera más medidas de control de armas después de la masacre que tuvo lugar en su ciudad.
Luego, levantó la mirada y su voz recobró la intensidad. “Nadie puede darme lo que quiero”, afirmó. “Yo quiero que me devuelvan a mi hija. Como no puedo tenerla; entonces, quienes no la protegieron nunca encontrarán la paz”.
En los días posteriores al tiroteo en la Escuela Primaria Robb, algunos padres como Rubio y otros familiares de las víctimas reaccionaron con consternación y duelo silencioso. Los residentes de esta comunidad, en su mayoría mexicoestadounidenses del sur de Texas, se retrajeron y alejaron a los forasteros mientras enterraban a sus muertos y se abrazaban unos a otros en reuniones familiares íntimas.
Pero con el paso del tiempo y la falta de explicaciones por parte de las autoridades sobre por qué los oficiales tardaron más de una hora en hacer frente al hombre armado que asesinó a diecinueve niños y dos maestras, la consternación se ha disipado y la rabia de un principio no ha hecho más que acrecentarse. En las últimas semanas, las familias han estado atacando verbalmente a sus funcionarios electos durante las reuniones del ayuntamiento y, el domingo, cientos de personas marcharon por la ciudad en su primera demanda colectiva de rendición de cuentas.
Este evento, denominado por los organizadores como la Manifestación de las Voces Ignoradas, comenzó en la escuela primaria que, después de más de un mes de la tragedia, seguía cubierta de flores y fotografías de las 21 personas fallecidas. Los manifestantes tuvieron que hacer frente a un calor asfixiante mientras llevaban carteles que decían: “No olviden sus nombres” y coreaban “¡Salven a nuestros hijos!”.
Una vez reunidos en la Plaza Uvalde, la cual se ha convertido en un sitio formal de reunión para los dolientes, los familiares de las víctimas se turnaron para leer en voz alta el nombre de sus seres queridos y recordar como sus sueños de convertirse en jugadores de béisbol y líderes comunitarios fueron destruidos. Entre los asistentes estaba Beto O’Rourke, el candidato de los demócratas para gobernador de Texas.
Javier Cazares, cuya hija de 9 años, Jackie, fue asesinada en la masacre, mencionó que la semilla para el mitin fue plantada el día en que, de pie ante su cuerpo, prometió que su muerte no sería en vano.
“Quiero que su nombre sea recordado”, señaló Cazares. “Le prometí que íbamos a luchar”.
Cazares explicó que las familias querían una explicación detallada de lo que ocurrió el 24 de mayo durante la respuesta de la policía y exigían a las autoridades que aquellos responsables rindan cuentas de sus acciones. El director de la Policía Estatal, Steven McCraw, ha dicho que la respuesta fue un “lamentable fracaso”.
Un funcionario informado sobre los trabajos internos del comité de investigación de la Cámara de Representantes de Texas señaló que los legisladores tenían pensado dar a conocer sus hallazgos en una reunión privada con los familiares dentro de una semana o diez días.
Muchas de las personas que se manifestaron también quieren algo más que justicia. Algunas familias están presionando para que haya leyes de control de armas más estrictas y verificaciones de antecedentes. Pero, según Cazares y algunas otras personas, en un condado principalmente rural y conservador en términos sociales donde la cultura de las armas se entrelaza con la vida cotidiana y donde mucha gente posee armas para protegerse y cazar, es posible que el control de armas sea un objetivo difícil de alcanzar.
Cazares afirmó que el recuerdo de Jackie, a quien describió como una niña “muy inquieta” que soñaba con visitar París, era lo que lo mantenía motivado para pedir una explicación completa y exigir que el distrito escolar de Uvalde refuerce sus medidas de seguridad antes de que inicie el próximo año escolar.
“Yo no temo decir lo que pienso y seguiré haciéndolo para que estas familias sepan que no están solas”, aseveró.