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Mi novio de cuarentena lo perdió todo (pero me encontró a mí)

Si esta fuera la vida real, lo habría terminado. Pero esta ya no era la vida real.

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Si esto fuera la vida real, lo habría terminado. Pero esto ya no era la vida real. (Foto Prensa Libre: The New York Times)

Si esto fuera la vida real, lo habría terminado. Pero esto ya no era la vida real. (Foto Prensa Libre: The New York Times)

Conocí a mi novio de cuarentena a principios de marzo, justo antes de que toda esta situación comenzara en la ciudad de Nueva York. O quizá lo conocí años antes cuando nuestros hijos asistieron al mismo prescolar, donde disfrutaban jugar cerca pero no el uno con el otro, como lo hacen los niños pequeños.

Cuando iba a recogerlo a veces me quedaba esperando con su entonces esposa para que los niños terminaran de hacer sus cosas. Ella y yo hablamos un poco, y me enteré de que, como yo, se casó a una edad más madura, tuvo un hijo casi de inmediato y estaba tratando de navegar una carrera bien establecida sin poder regresar a la oficina de tiempo completo.

“¿A qué se dedica tu esposo?”, pregunté.

“Es músico de giras”, respondió orgullosamente.

Yo había salido con algunos músicos cuando era joven y estaba agradecida de tener a un marido más convencional, pero asentí y sonreí.

Dos años después me topé con ella de nuevo en las clases de natación, donde su hijo pataleaba muy bien en la parte profunda mientras que el mío se quedaba plantado en el escalón superior de la piscina, aferrándose al barandal con ambas manos. Ella le decía palabras de apoyo mientras yo me preguntaba en voz alta cuánto dinero estaba perdiendo por minuto.

Creo haber visto alguna vez a mi novio de cuarentena con una chaqueta negra, pero quizá sea un recuerdo apócrifo. No recuerdo que nos presentaran formalmente, pero varios años y dos matrimonios fallidos después, estaba usando ociosamente una aplicación de citas cuando lo vi. Reconocí su nombre y su rostro no me resultaba totalmente desconocido, así que hice una pausa para observar su perfil. Parecía ser astuto y gracioso, así que le envié un mensaje.

Nuestra primera cita fue en una cafetería y duró menos de una hora. Él y yo hablamos mucho y tuvimos problemas para mirarnos continuamente a los ojos. Cuando le informé eso a mi amiga Rachel, dijo que era por los nervios y me sugirió que le diera otra oportunidad.

Me envió un mensaje de texto el día siguiente para preguntarme si quería salir de nuevo con él. Nos vimos para beber algo, y esta vez estaba más relajado. Me contó historias interesantes y me hizo reír, y en mi departamento me miró fijamente. Cuando el silencio se hizo demasiado largo, me acerqué a él.

“Se está haciendo tarde”, le dije. “No quiero robarte más tiempo. Pero a la vez sí quiero hacerlo”.

Él se sonrojó, y unos minutos después ya estábamos besándonos.

A lo largo del fin de semana nos enviamos pocos mensajes de texto, pero constantes, mientras él entretenía a su hijo y yo me preparaba para viajar al oeste del país. La gente en Nueva York estaba comenzando a enfermarse, pero todo aún seguía igual. Cuando aterrizó mi avión, encendí mi celular para ver un mensaje en el que me preguntaba cómo iba todo, aunque era la una de la mañana en su horario.

“¿Tuviste un buen día?”, le pregunté.

“En realidad no”, respondió. “Pero no tenemos que hablar de eso en este momento”.

Aún no había pasado un año tras su separación, y él aún estaba dolido y desconcertado. Seguía refiriéndose a él y a su expareja como “nosotros”. Y estaba muy enojado.

A lo largo de la semana, nos enviamos muchos mensajes de texto. Eran mensajes sensuales y divertidos, y también intercambiábamos información. En la segunda noche, estaba molesto con su exesposa y preguntó si podía llamarme. Hablamos durante casi una hora, y le ofrecí los consejos que pude, la mayoría de los cuales se resumían en decir que su situación no siempre sería así.

Al siguiente día me agradeció por escucharlo y dijo que era fácil hablar conmigo.

Nos enviábamos mensajes de texto, hablábamos e intercambiábamos anécdotas de nuestros hijos. El suyo se fue a Boston para escapar del virus, y yo regresé a casa un poco antes de lo planeado con el mío. Vi a mi novio de cuarentena de inmediato. Estábamos nerviosos por todos los mensajes de texto especulativos que nos enviamos, pero la vida real, como siempre, era más extraña.

Después nos quedamos acostados en silencio, y me dijo: “Vayamos a hacer algo”. Pasamos las siguientes siete horas caminando, hablando y disfrutando una encantadora comida italiana.

Y después se cerró toda la ciudad, y mi novio de cuarentena lo perdió todo.

Todo comenzó cuando su exesposa anunció que se quedaría en Boston hasta que sintiera que era seguro regresar. Él estaba frenético por ver a su hijo, pero no había nada que pudiera hacer; su abogado del divorcio dijo que ningún juez daría un fallo a favor de que el niño regresara al epicentro del brote. Después, todo su trabajo de grabación se pospuso, y se cancelaron sus trabajos de la primavera y el verano, y además quedó en duda una gran gira en otoño. Como muchos otros músicos, de pronto se encontró con demasiado tiempo libre y ningún ingreso ni posibilidades de ganar dinero.

Más allá de eso, mi novio de cuarentena ya no tenía permitido visitar a su madre, y su salud comenzó a flaquear. Un antiguo colega suyo tuvo fiebre y lo internaron en el hospital. Mi novio de cuarentena hizo predicciones lúgubres sobre perder a su madre y a su colega al mismo tiempo. Tenía problemas para ocuparse en algo. Vio cómo sus ahorros disminuían y le preocupaba perder su departamento. Anhelaba ver a su hijo y peleaba con su exesposa.

Como resultado de todo esto, mi novio no estaba preparado para ser un novio. Se encontraba abrumado y temeroso. Pero yo tenía una pequeña red de seguridad que incluía a mi hijo, a mi ex y a mi novio de cuarentena, y dos veces a la semana, siendo tan cuidadosa como podía, iba a su casa, donde nos sentábamos rodilla con rodilla en la mesa de la cocina para comer y beber. Casi siempre era él quien hablaba y yo quien escuchaba.

Tras algunas semanas, en una tarde particularmente miserable, me dijo que estaba consciente de sus limitaciones y que sentía no poder estar más emocionalmente disponible. Dijo que bajo circunstancias normales estaría listo para tener una relación, pero no podía permitirse hacerlo cuando todo era tan incierto y tenso.

“Si esta fuera la vida real, diría que estamos saliendo”, le dije. “No eres mi novio”.

Estuvo de acuerdo.

“Entonces estamos saliendo”, le dije. “Veamos qué ocurre. No tiene que ser tan dramático”.

En mi interior, fui menos racional, quizá incluso me sentí herida. Si esta fuera la vida real, habría terminado con él, o al menos habría comenzado a buscar a alguien más. Pero decidí intentar ser paciente y ver qué ocurría. Si este momento no tenía precedentes, yo también haría algo sin precedentes.

Mi novio de cuarentena y yo somos muy distintos. Él invierte su dinero en productos de calidad, y yo me conformo con una mezcla de antigüedades y un aglomerado. A él le gusta la comida y las bebidas finas, mientras que las galletitas de botana son un elemento esencial de mi dieta. Su casa está llena de tonos sutiles y platos blancos, y la mía es una combinación vertiginosa de colores y estampados. Él ve la televisión, y yo cedí la mía en el divorcio y no compré otra. Dejé de beber hace casi siete años, y él disfruta un coctel o dos todas las noches.

Pero nos hacemos reír. Él toca música y yo le presto libros. Le doy consejos culinarios y le compré unas tijeras de cocina decentes. Él trae bocadillos y me sirve un vaso tras otro de Perrier de sabor. Ambos somos padres firmes pero amorosos. Nos besamos mucho, y él rodea mi rostro con sus manos cuando lo hacemos. Dice que está agradecido de haberme conocido, que le gusto mucho y que lo hago feliz.

A pesar de que insiste en que tiene poco que dar, mi novio de cuarentena y yo nos hemos unido mucho. Aunque nada ha cambiado, está acostumbrándose a su circunstancia indeseable. Ya no se siente tan ansioso. Voy a su casa casi dos veces a la semana y nos sentamos rodilla con rodilla en la mesa de la cocina. Comemos, bebemos, hablamos y nos escuchamos. Nos besamos desde nuestros extremos de la mesa, y siento algo en el estómago. Después, toca algunos acordes mientras observo sus manos. Nuestras miradas se encuentran y sonreímos. Estamos comenzando a enamorarnos.

El mañana es incierto, y no tengo idea de qué ocurrirá a continuación. Jamás lo hice, pero la pandemia ha acabado con cualquier ilusión restante de control o estabilidad. Mi novio de cuarentena y yo quizá no duremos mucho más, o quizá nos separemos cuando el mundo vuelva a abrirse y podamos salir.

La logística podría volverse un problema en caso de que nuestro trabajo y nuestros horarios de padres no sean compatibles, pero quizá será mi novio más allá de esta crisis. Quizá él y yo podamos ser compañeros mientras dure, sin importar qué implique eso. Hay mucho que decir sobre las ventajas de compartir comida y bebida, besos y compañía, compasión y risas.

Quiero que mi novio de cuarentena tenga de regreso su vida o que pueda comenzar una desde cero. Se está haciendo tarde. No quiero robarle más tiempo. Pero a la vez sí quiero hacerlo.

Si esta fuera la vida real, lo habría terminado. Pero esta ya no era la vida real. (Brian Rea/The New York Times)