DE MIS NOTASCuatro sepelios

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El sabado pasado falleció mi anciano padre después de haber vivido más de 95 años. Tuvimos la dicha de tenerlo casi hasta el final de su vida, lúcido, cuerdo y vivaracho. Lo velamos en Capillas Señoriales.

En nuestro caso, su muerte fue una celebración a la vida. En los otros tres velorios que se llevaban a cabo en el piso superior de la funeraria, la muerte les llegó como una tragedia no anunciada.

Habían sido asesinados por sicarios con una crueldad espantosa. Cientos de balas de armas de alto calibre cercenaron las vidas de tres guatemaltecos, empresarios y padres de familia de alta estima de nuestra sociedad.

Mi padre murió rodeado de sus hijos, nueras, yernos, nietos y bisnietos.

En paz, entre oraciones, lágrimas de gratitud a Dios y la resignación propia de la esperada transición por la cual todo ser humano tiene que atravesar.

Por el contrario, en el aposento alto de Capillas Señoriales había dolor y consternación porque Tomás Ayala, Jorge Schippers y Julio Estrada fueron asesinados en la plenitud de su vida.

Vidas segadas por manos satánicas que se ensañan contra la mejor simiente de nuestro país.

Dejaron viudas que no merecen enfrentar el dolor y la dificultad implícita en la pérdida de sus compañeros de vida. Hijos e hijas que no deben nada y pierden al padre, al guía y al sostenedor sus hogares para siempre. Qué precio tan alto y qué trágico que energúmenos de esa calaña puedan operar impunemente en este país llevando a cabo semejante aberración.

Tomas Ayala tenía un larga trayectoria de servicio a su país. Desde hacia algún tiempo nos manteníamos en contacto por correo electrónico.

Casi a diario me enviaba noticias y comentarios de trascendencia nacional.

También era un hombre de buen humor y me hacía reír incluyéndome un buen chiste. Yo también lo extrañaré.

Durante el velorio recibimos la visita en nuestra capilla de mi querido amigo Juanito Sánchez Botrán, hermano de la hoy viuda de Schippers y de su señor padre, mi querido amigo, Juan Sánchez.

Es la primera vez que recibo y doy un pésame simultáneamente. Qué triste.

Mientras transcurría la larga noche del velorio, subí a darle el pésame a mi estimada amiga, Fanny de Estrada, extraordinaria mujer que desde hace años ha venido realizado una valiosa labor en la AGEXPRONT.

A Fanny no pude sino darle un beso y un abrazo de solidaridad. Su esposo era un hombre honesto, intachable y dedicado a su familia y a sus negocios.

En el cementerio, mientras enterraban a nuestro padre, compartí algunas reflexiones que se suscitaron a raíz de esta experiencia.

Mi padre, dije, murió ?by the book?. Rodeado de sus seres queridos y en completa paz con su prójimo y con Dios.

Durante las vigilias anteriores a su muerte, toda la familia tomó conciencia de la importancia de no relegar la unidad por la agitación del diario vivir.

El más valioso recurso que todos tenemos, no es ni oro, ni plata, ni posesiones, ni títulos.

Es el tiempo. Ese obsequio divino tan fácil de desperdiciar con prioridades equivocadas y proyectos dispersos que en su ?hacer? nos alejan de ?ser?.

Tener tiempo para ver una luna llena; la manita de un hijo o un nieto tomando la mano de su héroe; una caricia a la esposa o la madre.

Un abrazo al amigo. Una palmadita de aliento al deprimido. Un oído presto al que anhela atención.

Una siesta en la playa. Caminar descalzo en la grama. Una meditación en Dios en la penumbra de tu aposento.

Bailar como si nadie te está viendo. Trabajar como si no tienes salario. Amar de la fuente como si adentro viviera el Creador.

Mientras sellaban la tumba, toqué el vientre de mi hija Jennifer. Una criatura pronto nacerá. Es la simiente perpetuándose. Uno muere, otro nace.

Descansa en paz, querido viejo.

ESCRITO POR:

Alfred Kaltschmitt

Licenciado en Periodismo, Ph.D. en Investigación Social. Ha sido columnista de Prensa Libre por 28 años. Ha dirigido varios medios radiales y televisivos. Decano fundador de la Universidad Panamericana.

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