PUNTO DE ENCUENTRO
A pesar de todo
El 8 de marzo nos encuentra a las mujeres —otra vez— con los peores indicadores en casi todos los ámbitos de la realidad. Probablemente el tema de la violencia sea al que mayor atención se le presta, por la brutalidad de los ataques, y porque los índices de violencia sexual siguen mostrando el predominio de una cultura machista y de relaciones desiguales de poder, en donde las niñas y las adolescentes siguen llevando la peor parte.
La inequidad está presente en la participación política, en el ingreso económico, en el acceso a la salud, a la educación y a las oportunidades de desarrollo. Las mujeres seguimos cargando con el peso de una cultura que nos considera seres humanos de segunda o tercera categoría, que reproduce los estereotipos y los roles asignados “exclusivamente” para las mujeres.
No voy a repetir en esta columna las cifras vergonzosas que hasta el cansancio se han publicado en espacios informativos y de opinión, y que Prensa Libre recogió el domingo en un reportaje dedicado al Día Internacional de la Mujer. Hoy me quiero referir a cómo, a pesar de los pesares y de las enormes dificultades, la mayoría de mujeres seguimos todos los días empeñadas en transformar este país.
Están las mujeres de la resistencia en las comunidades, que defienden sus territorios de manera pacífica ante el embate de las transnacionales. También las ecologistas —las de verdad— que intentan por todos los medios hacernos entender que este planeta es de todos y que hay que defender la vida. Las trabajadoras de casa particular organizadas sindicalmente para exigir el cumplimiento de elementales derechos laborales; las colegas de la publicación feminista La Cuerda y del programa radial Voces de Mujeres, que desde sus espacios mediáticos defienden sin descanso nuestros derechos y denuncian las arbitrariedades y las inequidades.
Las mujeres columnistas que no cejan en su empeño por analizar la realidad desde una perspectiva democrática, incluyente y plural. Las defensoras de derechos humanos que se arriesgan a ser criminalizadas y perseguidas, las mujeres que integran las organizaciones de seguridad y justicia que acompañan a las víctimas sobrevivientes de la violencia en todas sus manifestaciones. Las abogadas de los procesos por violencia sexual y graves violaciones a los derechos humanos, las campesinas que exigen el derecho a la tierra y el cese de la explotación en el campo; las mujeres que integran organizaciones de salud reproductiva y de participación política, las académicas. Las viudas de los pilotos de buses organizadas para exigir el cese de las muertes violentas en el transporte; las funcionarias públicas —por desgracia la minoría— que ejercen el poder desde una visión democrática, lejos del autoritarismo y la corrupción. Las trabajadoras de las maquilas que siguen exigiendo condiciones dignas de trabajo, las mujeres indígenas que luchan por terminar con la triple discriminación y el racismo. Las migrantes que desafían el peligro y la brutalidad, y que tantas veces son tratadas como delincuentes.
Y así podría seguir enumerando a esas heroínas de la cotidianidad que le dan contenido a cada 8 de marzo.