ALEPH – El río nunca será el mismo
El tiempo es algo que nadie logra ver, pero que preocupa a los hombres y mujeres de todo el mundo y de todas las culturas. No preocupa a los niños y niñas, porque ellos tienen la potestad de sentirse (y ser) eternos. Cuando, como persona adulta, se toma conciencia de la brevedad de la vida y de lo inevitable de la muerte, el tiempo se vuelve un tema trascendental. Tan trascendental, que cada civilización ha tenido su propia concepción del tiempo, y en consecuencia ha vivido. Esta ansiedad de los humanos por el tiempo llevó a alguien, en la antigüedad, a clavar una varilla en el piso, y a observar los cambios en la sombra que proyectaba. Esa varilla llamada gnomon permitió ver que esos cambios estaban determinados por el desplazamiento del Sol en su ciclo diario. Observando día tras día lo que sucedía, comprobaron que el Sol no salía siempre por el mismo lugar, así que fueron marcando con estacas la salida diaria del Sol. Luego de un tiempo, esas estacas mostraron que, después de 365 marcas, el Sol salía de nuevo por el mismo punto. Para entender quiénes eran, tuvieron que tratar de comprender primero qué era el tiempo. Tres mil años antes de Cristo, los mayas conocían exactamente la posición de los planetas y la periodicidad de los eclipses; tenían un calendario de 365 días. Dos mil 500 años a.C., el monumento megalítico de Stonehenge, en el sur de Inglaterra, se constituía en el mayor calendario del mundo. El conocimiento de la astronomía en China se remonta al siglo IX a.C., y su calendario lunar dividía el año en 12 partes. En Egipto, cuatro milenios a.C., se conocía el año solar de 365 días, con 12 meses de 30 días y cinco complementarios. Los griegos establecieron, en el año 776 a.C. un calendario luni-solar, que contaba con 12 meses de 29 y 30 días alternativamente. El calendario judío, también luni-solar, tiene su origen en la creación del mundo; el musulmán se basa en la Hégira, sucedida en el año 622 d.C., y también consta de 12 meses lunares de 29 y días alternativamente. No hay cultura sin tiempo. Creemos en la reencarnación, en el más allá, en la cirugía estética o en la vida eterna porque queremos ser inmortales y vencer al tiempo. Entre más años tenemos, más conciencia tomamos de lo que hemos hecho y dejado de hacer, porque sabemos que tenemos menos tiempo de vida, y nadie puede decir con certeza absoluta que la cosa siga luego en el más acá o en el más allá. En consecuencia, las religiones alivian el temor de ser apenas materia que se termina aquí y ahora. En la literatura, Goethe crea un Fausto que le vende su alma a Mefistófeles a cambio de revivir su pasado. Generación tras generación, tratamos de inventar la fuente de la eterna juventud, todo para intentar calmar la angustia de ser finitos. Ahora que termina un nuevo año calendario y comienza otro, viene bien la frase de Borges: “El tiempo es la sustancia de que estoy hecho, el tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; él es el tigre que me destroza, pero yo soy el tigre. Es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. [ ] es el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. cescobarsarti@gmail.com