ALEPHHemos roto la promesa
Escucho decir cada año (y lo he dicho también), que la Navidad es para los niños y niñas. Otra de tantas verdades a medias, porque -coincidentemente- sólo la mitad de la niñez que habita este planeta vive más o menos con cierta dignidad. La otra mitad carece de alimentos, agua, salud, techo o educación, entre otros servicios básicos.
Y aún peor que carecer de estos servicios, millones de ellos carecen de la ternura y del afecto que les permitiría entrar con buen pie a la experiencia de la vida. Si tenemos que ponerlo en números, más de mil millones de niños y niñas en todo el mundo no disfrutan del desarrollo o de condiciones idóneas para crecer, y por lo tanto, ¿qué Navidad podrían disfrutar?
El último informe sobre el Estado Mundial de la Infancia de Unicef, intitulado La infancia amenazada, no es nada alentador en este sentido, porque la realidad de la niñez del mundo tampoco lo es. La pobreza, los conflictos armados y el VIH/SIDA tienen a millones de niños y niñas de todo el mundo viviendo miserablemente. Eso es lo que se esconde debajo de la superficie iluminada de una navidad que vive su expresión superlativa en el deseo de paz y amor para toda la humanidad.
Cifras que alimentan estadísticas, impersonales y fríos indicadores de realidades: 500 millones de niños y niñas de todo el planeta viven en condiciones poco higiénicas, 400 millones consumen agua que no es potable, 140 millones nunca han asistido a la escuela, existen 15 millones de huérfanos a causa de la pandemia del VIH/SIDA.
En 11 de los 15 países industrializados de los cuales se obtuvo datos, hay más niños y niñas viviendo en hogares de bajos ingresos que hace 10 años. Y casi la mitad de los 3.6 millones de personas que han muerto en conflictos armados en los últimos 15 años, han sido menores de 18 años.
Hemos roto la promesa. Los adultos hemos diseñado un perro mundo para millones de niños y niñas; los hemos armado de pistolas y desarmado de ternura; los hemos abandonado a su suerte, los hemos matado en las guerras, los hemos sacado a mendigar a las calles; los hemos golpeado, violado y prostituido, los hemos vendido; les hemos dicho que para ellos no hay comida, educación, techo, salud ni afecto.
La ironía es que en el mundo cristiano católico celebramos pomposamente el nacimiento de un niño que nació en un pobre pesebre, defendemos los dogmas religiosos hasta con la vida, pero no hemos sabido ser solidarios con la esperanza de millones de niños y niñas alrededor del mundo.
La pobreza ha sido el resultado de espíritus miserables que han gobernado los grandes y pequeños países, las guerras han sido producto de mentes enfermas que no sacian su ambición de poder, el VIH/SIDA se extiende sin control por el mundo porque no hemos hecho lo suficiente para impedir que esto suceda. Somos los adultos los que les hemos fallado a los niños, y no al revés. Hemos fracasado en establecer un pacto de humanidad entre generaciones, y podríamos comenzar por recuperarlo.
Pasar al lado de la pobreza, de la suciedad, del hambre y conmovernos sinceramente, es un buen inicio para revertir la obscena práctica cotidiana de ver el rostro niño de la miseria sin mirarlo.
Y es que restaurar la promesa no significa despojarnos de un suéter viejo un día al año o llevar un tamal en nochebuena; significa hacer lo poco o mucho que podamos para dejar este mundo mejor de lo que lo encontramos. Nada fácil.
Ciertamente, la Navidad y la niñez van de la mano, pero mientras haya millones de niños y niñas viviendo las más absolutas carencias emocionales, físicas y materiales, eso será una verdad a medias.
Hay una infancia amenazada, como lapidariamente consigna la realidad retratada en el informe de Unicef. Quizá la promesa se rompió porque muchos tienen un discurso maravilloso sobre amar a Dios, pero no han podido ni siquiera ser buenas personas con los niños y niñas de su vecindario.