La era del fauno

Árboles pequeños

Juan Carlos Lemus @juanlemus9

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Juan Carlos Lemus @juanlemus9
Juan Carlos Lemus @juanlemus9

Leo las siguientes palabras de Almudena Grandes, en su columna de esta semana, y me caen de golpe muchos recuerdos: “Desde la mesa miro mi olivo, que rescaté de la infame condición de bonsái y mide ya más de tres metros”. Qué maravilloso rescate. Los bonsáis no son obras de arte, son obras de la crueldad.

En un tiempo quise crear bonsáis. Me inscribí en un par de cursos, compré las pocas herramientas que se necesitan y al poco tiempo ya estaba preparando una fila de ellos. Tenía mangos, cipreses y jacarandas en camino de envejecimiento enano. Compulsivamente, en pocas semanas tenía un par de docenas y un montón de tierra en el patio de la casa.

Hoy no volvería a practicar esa infamia en contra de la naturaleza. Es una tortura china, tal como en algún momento truncaron el crecimiento de los pies de las mujeres para enfundarlos en zapatillas que tienen de largo unos siete centímetros. Lo que mide un cigarrillo. En un museo vi las cajas domadoras de pies. Desde muy pequeñas, a las niñas se los metían allí para evitar que les crecieran con normalidad. Se les agrandaban como enrollados. Y nadie me saca de la cabeza que los perros pekineses también fueron un experimento desarrollado a través de siglos hasta que alteraron su genética. Crearon perros enanos y entre otras consecuencias tienen problemas del corazón y respiratorios. La desproporción les dejó la nariz muy chata.

El enanismo puede ser intelectual. Ha habido presidentes de países con el cerebrito de este tamañito. Cualquier guatemalteco sabe a lo que me refiero. Así como los “artistas” del bonsái cortan las ramas y raíces secundarias a los árboles, los dejan en una maceta pequeña para evitar que sus raíces se expandan, así a las personas se les impide desarrollarse. En países como el nuestro, se da por educación apenas la alfabetización, cuando se tiene la fortuna, porque una mayoría no llega ni a eso. Encima, a los niños se les enseña el apego al “al casco urbano”, “al condominio”, “a su linda ciudad” como la totalidad. Allí se adquieren los “máximos valores universales” enseñados, casi siempre, por quienes traen sus propios patrones limitados.

Una manera de evitar el crecimiento de los cerebros es mantener una educación muy por debajo de la calidad mundial. Así llegan a funcionarios de gobierno, diputados, jefes de bloque, presidente del Congreso. Por eso, no debería extrañarnos que nos sintamos un país como un chiste, conducido por gente que no sabe qué hace o si lo sabe es adolescente con 50 años.

Amputar la naturaleza del crecimiento es un acto violento. Ciertamente, es emocionante ver cómo se van arrugando los árboles, sus raíces parecen patas de gallo petrificadas sobre algún montículo diminuto. Tales son los destrozos de la extraña complacencia humana. Si yo pudiera, haría lo que Almudena. Yo compraría no uno sino todos los bonsáis que pudiera y los sembraría en un espacio normal para verlos crecer. Mejor todavía, emularía un soneto de bonsáis. Por ahí está documentado lo que hizo un artista conceptual. Sembró un bosque de sonetos. Como es sabido, el soneto es una expresión poética con métrica de cuatro estrofas compuestas por endecasílabos. Las estrofas van de 4/4/3/3, donde cada número es la cantidad de líneas versuales, con sus respectivas rimas. Lo que hizo el artista fue que en lugar de escribir sembró filas de árboles. Son 14 filas por 11 árboles (en vez de sílabas), igual a 154 árboles creciendo en un soneto y armonía boscosos.

Dice el poeta Julio Fausto Aguilera que los árboles son los brazos de la tierra que salen de ella para abrazarnos.