CARA PARENS – Compartir el banquete
Hacia finales de los años 80, cuando aún no concluía la historia fratricida y fatídica de Guatemala más reciente, la guerra de 36 años y 250 mil vidas perdidas, tuve el privilegio de participar de una ceremonia maya o toj, en un qalpul, en los cerros del cantón Xajaxac, en Sololá. Eran años difíciles, porque la violencia era un asunto lastimosamente cotidiano y continuaba su locura genocida en todo el país. Personas valientes y comprometidas como don Miguel, el ajq’ij que me invitó a participar en esta ceremonia, en día oxlajuj q’anil, para agradecer al Creador y Formador por los favores recibidos y la solicitud de otros para el bienestar de la comunidad y la Nación.La historia inicia y se sumerge entre la realidad guatemalteca que se establece en el contacto, a veces aparentemente temporal pero indiscutiblemente permanente, entre las cosmovisiones maya y occidental. Buscábamos con mi hermano, don Martín Chacach Cutzal (QEPD), sin saber con exactitud dónde localizar un sacerdote maya que nos permitiera conocer y documentar los diversos elementos y significados de la ceremonia. Queríamos compartirlos con jóvenes indígenas y no indígenas, en un intento pedagógico por superar estereotipos y ganar respeto y dignidad por lo diverso y distinto. Caminamos por un tiempo que pareció prolongado hasta que vislumbramos a una persona que estaba sentada debajo de un árbol, a medio cerro. Nos acercamos para preguntar. No nos dejó hablar, nos recibió con palabras de bienvenida y diciéndonos que don Miguel lo había enviado a recibirnos y conducirnos ante su presencia. Nadie sabía —ni nosotros— que andaríamos por ahí en ese día. Fue un cambio de realidades donde solo se me dijo: “¡Obsérvala, vívela y no la distraigas o alteres con tus esquemas!” ¿Realismo mágico? El mismo que se da todo el tiempo en Guatemala, si fuéramos capaces de verlo.Don Miguel y su comunidad, que vinieron de varios kilómetros a la redonda para participar de la ceremonia. Personas que sufrieron las desgracias de la guerra, que pagaron con las vidas de padres, madres, hijos, hermanos, y que llegaron al qalpul a agradecer. En alguna de las partes de su intervención, don Miguel pidió por el bienestar y la protección, pidió por la iluminación y la guía de Tzacol-Bitol, de Alom y Q’ajolom, de Avilix y Jakawitz, del Corazón del Cielo y de la Tierra, de Jun Raq’an, que son todos uno mismo, para que “bañaran” con su energía de sabiduría al presidente, a los diputados, a los soldados, los alcaldes, los patrulleros civiles y todos los ciudadanos para “compartir el banquete”. El “banquete” tiene como significado último y más profundo probablemente el hecho de saber gobernar y ser gobernados; es decir, propiciar las condiciones para que todos los ciudadanos, en funciones públicas o privadas, apliquen sus conocimientos y hagan sus trabajos en función del bienestar de la Nación. Así, cada ciudadano es muy importante en su aporte cuya dimensión es personal más no egoísta. Su función es amplia y fomenta ejemplaridad en su familia inmediata y en su sociedad. Es, de muchas maneras, la actitud y la valoración de promoción: promover es ayudar e impulsar a las personas para que se desarrollen de manera autonómica y así puedan “dar lo mejor de sí”; es decir, no que sean lo que yo quiero que sean, sino lo que cada quien debe ser. Al fin, compartir el banquete significa, especialmente en esta época navideña, el ver al prójimo con ojos de hermandad y dignificación. ¡Paz, concordia y sabiduría para todos!