CARA PARENS – La necesaria alegría
Cuando la alegría es impues-ta por chantaje emocional, consumismo, mala conciencia o pereza mental se convierte en una pesada carga que tarde o temprano pasa factura. En época de festividades, la búsqueda frenética de esparcimiento a veces se convierte en un búmeran. Tengo que estar alegre porque de lo contrario soy aburrido, aguafiestas, puritano, etc. En realidad, los festejos forzados son tan dañinos como su falta.Las fiestas constituyen fenómenos de doble cara. Por un lado, cumplen la función celebrativa ritual que todo individuo y sociedad necesitan como catarsis colectiva que rompe la rutina; establecen un sentido de identidad cultural por medio de calendarios festivos y rituales que dan cohesión al grupo; crean espacios afectivos indispensables para la convivencia. Sin embargo, cuando no se participa convencido, porque humanamente no hay deseos o son fechas donde los recuerdos lastiman, puede resultar una experiencia más bien perjudicial, pues queda la sensación de haberse perdido algo o de no haber estado a la altura de las expectativas propias y ajenas. Cuando además, como en Guatemala, el tejido social está tan tenso y sucio, uno no puede menos de preguntarse si valdrá la pena huir un rato de la realidad o inclusive si es moralmente justo. No obstante, quedarse empantanado en la miseria y la degradación circundantes no resuelve nada. Huir, tampoco. Así, la Navidad como escenario afectivo de encuentro y reencuentro, podría convertirse en un espacio idóneo para reflexionar sobre su sentido profundo. Y el Año Nuevo para formular los buenos propósitos –que no se queden en encomiables deseos- para imaginar y, hasta donde sea posible, realizar soluciones a corto y mediano plazo. Es utópico, sin duda, pero vale la pena intentarlo sustentándose en algo tan etéreo y tan sólido a la vez que se llama esperanza Acaso habría que adoptar algo parecido a la mirada inocente e imaginativa -no pueril- de los niños. La debería nacer de la realización personal accesible a todos o por lo menos a la mayoría, incluyendo por supuesto a los más vulnerables.Cuando se evapora el humo de los cohetes, se marchitan la manzanilla y el pino, los villancicos enmudecen, ya no se apetecen los turrones y los adornos dorados cansan, es cuando debería iniciar el nacimiento de una nueva manera de ser hacia uno mismo y los otros. Sin poses melodramáticas, sino como un compromiso cotidiano que requiere aprender a convivir con los demás y otorgarles credibilidad (al menos por los próximos doce meses). Construir la alegría requiere mucho esfuerzo. Muchísima determinación. Es sembrar contracorriente y sin garantías más que la fe, sea religiosa o laica. ¿Cómo? Con solidaridad, palabrita por cierto ya tan manoseada que suena hasta un poco falsa. El verdadero sentido de la Navidad es ese: la disponibilidad hacia y con los otros que se manifiesta no tanto con gestos grandilocuentes, sino con los pequeños: una frazada, un café, un abrazo.La actitud idónea es la compasión, es decir sentir y acompañar al otro, sin lástima, condescendencia y menos con superiorismo moral. La verdadera compasión no es edulcorada ni patética. No es un abaratamiento de los sentimientos porque no es sentimentaloide. Es un ejercicio consciente, silencioso y casi invisible de generosidad. No necesita manuales, amenazas o recompensas. Es gratuita, como el amor.